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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Despedir a una madre

Ayer perdí a mi mamá. En un instante como suele suceder. Se fue mirándome a los ojos y tomada de mi mano. Siempre me dijeron mis hermanas y ella misma que yo era la luz de sus ojos. Y quiero contar algunas cosas porque son semillas que de algún modo me hicieron lo que soy y entonces también hacen a la Biblioteca. 
Mi mamá daba sus toques kitsch a lo que podía. Mis amigos siempre decían que algunos sectores de su casa parecían de película de Almodovar. La Nayda. Nayda Magdalena Silvert. Tenía 86 años. Fui su ultimo hijo, a los 45, luego de cuatro mujeres. En esta historia hay armarios y placares. Eramos muchos y los había grandes. Pero mamá nunca me empujó al armario, sino que me abría las puertas, desde muy niño. Y para mi eran un baúl de magias y diversiones. Había pelucas, botas tubo, polleras rarísimas, zapatos de taco... Y tenía permitido todo. Entonces, tal vez después de almorzar, me iba hasta uno de los roperos, ponía el cassette de Raffaella Carra y les regalaba de postre a un niño de 7 u 8 años con peluca y botas bailando Fiesta o En el amor todo es empezar. Otras veces era mas atrevido y las hacía a capella. Me aplaudían, se reían, y quiza comenzaba una fiesta donde cada uno se iba a buscar una peluca, un sombrero y nos disfrazábamos y mirábamos en los espejos. Y nos hacíamos caras. 
Mi mamá crió cinco hijos, cumpliendo todas la tareas del hogar, trabajando en el almacén, manteniéndolo y alimentando a la cantidad de animales de granja que teníamos. Mi papá era marino mercante y era poco el tiempo que pasaba en tierra. Mamá hacía el trabajo pesado. Como supo. Como pudo. Habiendo llegado solo hasta tercer grado porque perdió a su papá de niña y hubo que salir a trabajar. Con diez u once años, ya era niñera. Dejo su Roque Pérez natal. Y en Buenos Aires trabajó en alguna que otra casa de familia. Hasta que conoció a un italiano inmigrante, mi papá. En una de esas casas, había una adolescente que estudiaba danza. Uno de los sueños de mi mamá. Entonces, cuando se quedaba sola, se ponía las zapatillas de baile y danzaba. 
Mi mamá me dejó la risa infinita a pesar de los dolores y las tragedias. Y la buena mano en las plantas. Las mezcla entre objetos insólitos para generar algo. Y otras cosas que se trabajan en terapia, porque para eso fue mi madre. 
No encuentro nada en los velatorios. Por eso junté flores de su jardín, que esta primavera hizo renacer. Nacho, el hombre que me acompaña hace once años, se encargó de armar el ramo. Es mucho mas prolijo que yo. Escribí una nota "Todas las flores de tu jardín. Gracias por la risa. Pi y Nacho" Y la dejamos cerca de sus manos. Besé su frente. Me despedí. Y me fui. Ella ya no estaba allí. Sin embargo está en tantas otras cosas. Es que como decimos los maricos, ¡mi mamá era un escándalo! Y si que lo era. Cuando de adolescente conoció a mis primeras amigas trans, sacaba vestidos por de donde fuera para que se probaran uno y otro. Y compartió conmigo y mis hermanas recitales de Sandra y Celeste, de Marilina. 
La voy a extrañar mucho. Pero quiero dejarla ir.Y que sea con luz. Que se abrace a mi hermana que se fue hace dos años, y a su marido. Mi mamá me abrió la puerta de mundos femeninos, junto a mis tías, que me han nutrido y servido en muchos de mis textos y obras de teatro. Un imaginario al que a veces los hombres no tenemos acceso. 
Me acompañó por casi 41 años. 
Jugamos. Reímos. Bailamos. Nos disfrazamos. Fuimos vulgares. Procaces. Lloramos desesperadamente. Peleamos. Nos enojamos. Charlamos. Brindamos. Tomamos mate. Fue y será una gran experiencia haber tenido una madre como La Nayda.

Es la foto que elegí para mirar y recordarla. Tiene casi diez años. Una selfie de cámara digital que Pro algún motivo salió bien ya que uno no veía lo que sacaba. La imprimí y se la di en un portarretratos que ella pintó. Con esa luz me quedo y la dejo partir.


Pietro

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