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revista CERDOS Y PECES


La revista Cerdos & Peces ha marcada a buena parte de una generación inquieta que buscaba un canal de expresión. Cuando la conocí estaban apareciendo los que serían sus últimos números. A través de una amiga logré hacerme fotocopias de algunos números. Durante años he buscado la colección considerando que debía formar parte de esta Biblioteca. Hace poco mas de una semana la ha comprado. Creo que solo faltan un par de números. Felíz entonces de sumar estos importantes ladrillos que siguen haciendo Historia.
Pietro


de la Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Cerdos_y_Peces Cerdos & Peces. La revista de este sitio inmundo fue una revista argentina creada en 1983 por Enrique Symns. Inicialmente era una sección cultural en la Revista el Porteño, fundada por el galerista de arte Gabriel Levinas.1 A partir del año 1983 comenzó a existir de manera independiente de El Porteño. La revista se publicó hasta 1998.2 En el 2004 se relanzó la revista pero no superó los dos números. La revista coincidió con el auge del destape democrático3 inaugurado en 1983 a partir de la asunción de Raúl Alfonsín y el fin del Proceso de Reorganización Nacional. El primer número, que contó con 16 páginas, se preguntaba: "¿Año 1?", se declaraba como el "Suplemento marginoliento de El Porteño" y el título de tapa fue "¿Legalizar la marihuana?", con introducción a notas sobre los gays, los anarquistas y la situación de los squater, personas que ocupaban y tomaban casas.4 Sus tapas generalmente eran tan polémicas como sus temas: en su número 18, por ejemplo, publican a una mujer en clara posición sexual, con la falda levantada y llevándose un cuchillo a sus partes íntimas. La revista publicó sobre todos aquellos temas considerados tabúes, tales como la homosexualidad, las drogas, el sexo explícito, la prostitución o la pedofilia. Además publicó numerosas entrevistas a actores de la escena -por aquel entonces- marginal del rock nacional, como Fito Páez o Los Redondos, entrevistas a escritores de culto como William Burroughs y otras de carácter inverosímil, tal como una nota publicada en su número siete, del año 1986, donde le realizaban una entrevista a Joaquín Lastra: Confesiones de un extraterrestre, un médico internado en un Hospital de Psiquiatría de Barcelona. Una sección conocida de la revista fue la llamada Barrio chino miscelánea, sobre rock y drogas.
La revista también cuestionó diversos órdenes de la vida cotidiana, tales como el sistema judicial, la autoridad de la ciencia o la veracidad del SIDA. Utilizó como recursos estilísticos fundamentales la ironía, el humor y la honestidad total (es decir, sin tapujos) en el modo y la forma de encarar sus temas. Las temáticas propuestas y el enfoque que planteaban Symns y sus colaboradores le valió a la revista ser clausurada en por lo menos tres oportunidades diferentes,5 aún en el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, o en su defecto, comparecer ante tribunales en más de una oportunidad.6 Tuvo entre sus colaboradores al periodista policial Ricardo Ragendorfer, al cantante de Los Redondos, el Indio Solari (que escribía bajo seudónimo), al periodista Tom Lupo, a Pipo Lernoud, Osvaldo Baigorria, Lalo Mir, Alfredo Rosso, entre otros.
Cerdos & Peces fue en muchos aspectos precursora del formato periodístico de la Revista Barcelona de Argentina. Con el tiempo, esta revista se convirtió en un símbolo de la contracultura en Argentina y sus números pasaron a ser objeto de colección.
[editar]Referencias

↑ Ulanovsky, Carlos. (2005) Paren las Rotativas II 1970 - 2000. Buenos Aires: EmecéISBN 950-04-2726-5
↑ Territorio Digital. Entrevista a Enrique Symns: "No hay un solo rockero que no sea una rata". Territorio Digital, 24 de noviembre de 2008.
↑ Pablo Corso. Barcelona y el fin de los límites. Medios, política y sociedad (2003 - 2007). Tesina de grado. Facultad de Ciencias Sociales y Comunicación, Universidad de Buenos Aires, 2008.
↑ Cerdos & Peces, Número 1, Año 1. 1983.
↑ Ulanovsky, Carlos. (2005) Paren las Rotativas II 1970 - 2000. Buenos Aires: EmecéISBN 950-04-2726-5
↑ Revista Rolling Stone. Enrique Symns, El hombre de los venenos. 2004.







Roberta Cowell / Robert Cowell

(de la contratapa del libro) Robert Cowell, fue hasta 1951 un hombre. En mayo de ese año, luego de una serie de intervenciones quirúrgicas, cambió de sexo. hasta ese entonces su vida como había sido perfectamente normal, desempeñándose como piloto de la R.A.F. (Fuerza Aérea Británica). Corredor de automóviles en carreras de pista y era casado y padre de dos hijos...
Mas info en Wikipedia (ingles) http://en.wikipedia.org/wiki/Roberta_Cowell

Material disponible en Biblioteca LGTBI de Roberta Cowell
Libros:
Yo fui hombre
(Mi transformación de Hombre a Mujer)
Editorial Freeland - Argentina - 1954










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Paul Auster


Escritor estadounidense, Paul Auster está considerado como uno de los más grandes autores norteamericanos contemporáneos, destacando por obras tan conocidas como La trilogía de Nueva York.

Auster estudió en Columbia y tras licenciarse en literatura se instaló en París, donde trabajó como traductor hasta su vuelta a Estados Unidos en 1974. Establecido en Brooklyn desde entonces, Auster se dedicó a la literatura tras el éxito conseguido por sus novelas Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. 

Auster combina temas cercanos a la filosofía y al existencialismo con tramas en ocasiones cercanas al realismo mágico con resultados que le han llevado a conseguir numerosos éxitos, como El país de las últimas cosas, El palacio de la luna o Leviatán, entre otros. 

Además, Auster siempre ha sentido una especial predilección por el mundo del cine, siendo el autor de guiones como La música del azar, Smoke, Blue in the Face, Lulu en el puente o La vida interior de Martin Frost, entre otros, algunos de los cuales ha llegado a dirigir.

A lo largo de su carrera literaria, Paul Auster ha recibido numerosos galardones, entre los que habría que destacar el Premio Médicis, la Orden de las Artes y las Letras de Francia o el Príncipe de Asturias de las Letras. (Fuente)

Material disponible en Biblioteca LGTBI de Paul Auster
Libros:

-Leviatan
Anagrama para Pagina/12 - Argentina - 2013


Todo comienza con un muerto anónimo: en una carretera de Wisconsin, un día de 1990, a un hombre le estalla la bomba en la mano y vuela en mil pedazos. Pero alguien sabe quién era, y con el FBI pisándole los talones, Peter Aaron decide contar su historia, dar su versión de los hechos y del personaje, antes de que la historia y las mitologías oficiales establezcan para siempre sus falsedades -o verdades a medias- como la verdad.
Y así, Peter Aaron escribirá Leviatán, la biografía de Benjamín Sachs, el muerto, también escritor y objetor de conciencia encarcelado durante la guerra de Vietnam, desaparecido desde 1986, autor de una novela de juventud que le convirtió fugazmente en un escritor de culto, acaso un asesino, y angustiado agonista de un dilema contemporáneo: ¿Literatura o compromiso político? ¿Realidad o ficción?



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Homenaje a Humberto Rivas


Edu, 1996

"Si tuviera que ser mas claro diría que estoy en la búsqueda del hombre, 
porque incluso en aquellas fotos donde no hay personas, se nota su ausencia"
Humbero Rivas

Violeta la Burra, 

Violeta la Burra y su madre, 1979
Lourdes, 1980
Marcial, 1979

Fotografías tomadas del archivo HUMBERTO RIVAS

Bienvenido a casa, Oscar Hermes Villordo

De nuestro muro Facebook del 15 de Marzo de 2013

Esta mañana les comenté que hoy sería un día histórico para la Biblioteca. Son muchas las palabras que me nacen, y se atropellan unas contra otras. Siento una gran emoción y una sensación de profundo agradecimiento. Las cajas que fueron apiladas groseramente para que entraran en la foto guardan desde hace décadas papeles, manuscritos, recortes, fotos, cartas y no se cuantas cosas mas (porque solo me he asomado a dos de ellas) de Oscar Hermes Hermes Villordo. No se si al Negro le gustaban los gatos, pero apenas acomodé las cajas, Escándalo se tiro a su lado. Hay dos personas que creyeron que esta Biblioteca era la indicada para conservar este tesoro, que incluso es mas que eso. En todos estos años de trabajo en la Biblioteca he escuchado muchas historias de papeles y bibliotecas de escritorxs que al morir, son quemados, tirados a la basura o vendidos. Por eso, que estas cajas se hayan conservado, no es un milagro, tiene mas que ver con el amor y con el respeto hacia el otro, hacía la memoria del otro y hacía la propia memoria. MI agradecimiento a Natu Poblet que desde el comienzo de este proyecto me dio su apoyo y a Ángeles Miarnau (que aunque suene cursi, honró su nombre, custodiando este mundo de papeles) Hay una larga tarea por delante. Pero por ahora, es como estar en carne viva. La Biblioteca "Oscar Hermes Villordo" hoy a sido honrada, todo se ha llenado de corazón. Espero darle el mejor lugar a toda esa intimidad de creador y así descubrir y redescubrir a ese Hombre que fue Oscar Hermes Villordo. / En un gran libro de actas su letra pequeña parece mas pequeña aún. Tachados. Subrayados. Notas al margen... Textos de su último libro. / GRACIAS. MUCHAS GRACIAS. Y BIENVENIDO A CASA. 
Pietro Salemme

Jose Maria Borghello

José María Borghello, héroe secreto por Marcelo Gioffré
José María Borghello: Escritor y dramaturgo, nació en Buenos Aires y vivió muchos años en Mendoza. Autor de “Que los niños huyan de mí”, “Las razones del lobo” y “Plaza de los lirios”, más otras obras de gran calidad hoy escasamente reconocidas. Gestos, momentos, secuencias de vida de un gran autor olvidado.


La nota de José María Borghello sobre Antonio Di Benedetto, que presentamos, estuvo destinada a El Mirador, una revista de cultura, y por ende secreta, casi clandestina, que yo dirigía en los años ’90, y que llevó a la ruina a su editor después de diez números míticos. 

Allí escribía una comitiva de amigos, parecida a esos grupos mexicanos tan disparatados como fabulosos que menta Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Un gang literario en el que, además de Borghello, estaban Juan José Hernández, María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kiefer, Orlando Barone (a quien me une el arte y me separa el kirchnerismo), Luis Alberto Romero, Julio Costa y María Esther Vázquez. 

Borghello fue quien llevó justamente a Juanjo Hernández a esa cofradía, pues en esa época eran grandes amigos, a pesar de que ya había ocurrido la anécdota con Di Benedetto, que determinó entre ellos un primer hiato de discordia. Estaban en la casa de Poldy Bird (editora de Borghello) y comenzaron en la mesa a hablar de la beca Guggenheim, que ambos habían recibido. 

Hernández mencionó, quizás para indicar que lo mimaban como a un rey privilegiado, que los norteamericanos no le habían requerido ningún trabajo especial, ante lo cual Di Benedetto replicó que a él sí le habían exigido ciertas tareas y, con la consabida ironía punzante que menciona Borghello en su nota, agregó que quizás los norteamericanos hacían diferencias según las propensiones sexuales. 

Fue el momento en que Juanjo Hernández estalló, se paró para irse e hizo tambalear la mesa, ante lo cual la dueña de casa comenzó a hacer sonar desesperadamente la campanilla con la que llamaba a sus servidores. 

Esa noche Hernández se retiró anticipadamente, ofendido, y Borghello no lo siguió, traición que Juanjo no le perdonaba y que siempre recordaba con rencor, pues consideraba que José María debería haberse solidarizado con él y no lo hizo por un respeto reverencial y desmedido hacia Di Benedetto. 

Y la mención que Borghello hace a cartas que Di Benedetto enviaba después de ocurrido algún incidente queda homologada por el hecho de que una vez Hernández me llamó a mi escritorio y me pidió que fuera a su casa a ver algo: había encontrado una carta de Di Benedetto, enviada a los pocos días del hecho relatado, en la que le pedía disculpas. 

Hernández la exhibió ante mí como quien muestra una alhaja, un trofeo indiscutible. 

Se reconciliaron Borghello y Juanjo y durante años mantuvieron una amistad intensa, aunque no exenta de recíprocas maledicencias. Se leían lo que estaban escribiendo. Iban al cine. Recuerdo, por ejemplo, lo fascinados que ambos salieron de ver Felices juntos, un film rodado en la Argentina por un japonés, en el que se muestra la violenta relación homosexual de dos hombres en los bordes de Buenos Aires. Pero sobre todo eran dos grandes bebedores. 

Aunque ambos se horrorizaban de lo que tomaba el "Teuco" Castilla, quien después de varios vasos de vino iniciaba el camino de los whiskys en vasos de trago largo y, para poder seguir tomando, llegado un punto de la noche, hacía una mezcla con hojas de coca que se colocaba a un costado de la boca, momento a partir del cual ya casi ni se le entendía lo que hablaba; ellos solían medir sus noches en cantidad de botellas. 

A Borghello le habían prohibido las bebidas blancas, pero a veces transgredía esa veda con el vodka; en cambio Juanjo Hernández era un fervoroso adicto al vino tinto, no se conformaba con una botellita en la mesa, había que tomar una por comensal, y salidos ya del restaurante donde se había comido, y tras algunas vacilaciones, Hernández proponía ir a tomar otro café, pero era sólo una coartada: una vez sentados a la mesa de un bar, por ejemplo el de Pueyrredón y Santa Fe, pedía una botella chica de tinto, pero entonces Borghello siempre observaba que las botellas "de medio" tienen poca salida y, por ende, vienen siempre picadas, con lo cual había acuerdo para pedir otra botella grande.

Era el instante en que a Hernández también empezaba a no entendérsele lo que decía, y Borghello, que -como él mismo señala- fluctuaba entre la pesadumbre y la exaltación, iniciaba confesiones tan terribles como aquella según la cual, al acercarse a la cama de moribundo de su padre y notar que éste le quería pedir perdón por haberle hecho aplicar electroshocks, de joven, intentando disuadir sus inclinaciones homosexuales por consejo de un psiquiatra mendocino, él se había apartado para no darle ocasión al agonizante de obtener esa póstuma redención. 

Borghello, cuyo libro Plaza de los Lirios (plagado de nombres de guerra, como Inmaculada o Ángel azul, y de obscenidades, al mejor estilo Osvaldo Lamborghini) fue un hito, junto con Asfalto, de Renato Pellegrini, de la llamada literatura gay, y cuyos cuentos excepcionales eran reconocidos por todo el ambiente intelectual, admiraba las poesía, los cuentos y los ensayos de Juanjo Hernández. Sostenía que era muy lúcido, pero al mismo tiempo criticaba su habilidad para relacionarse con quien pudiera ayudarlo y lograr una circulación de su nombre. 

"Manipula, maneja", decía. Es que en eso Borghello era todo lo contrario: no sólo no se relacionaba sino que deliberadamente se alejaba de cualquier posibilidad de vínculo favorable. 

Pero no sólo esa observación apuntaba a la conquista de relaciones literarias, sino que se extendía a detalles tan nimios como objetar que Juanjo, en una cena o una fiesta, se acercara a un comensal que tenía automóvil calculando que después lo podría llevar hasta su casa. 

De ese tipo de maledicencias recíprocas estaba hecha la relación de estos dos grandes, pero Juanjo también criticaba a Borghello justamente por ser tan celoso, estar siempre atento a ese tipo de sutilezas y sembrar cizaña por tonterías. 

Así fue que terminaron malquistados y Hernández no concurrió al velatorio de Borghello pues hacía casi un año que no se hablaban. Una noche Juanjo dio una conferencia en el Congreso Nacional, sobre Pepe Bianco, de quien había sido amigo y legatario. Borghello estaba allí, al fondo de la sala. 

Al terminar la charla, mucha gente se arremolinó sobre el estrado, con lo cual todo se demoró unos minutos. Borghello se quedó atrás, solo, ansioso. Juanjo le hizo una seña, pidiéndole que lo esperara, que en breve estaría liberado, pero Borghello sintió que Hernández le prestaba más atención a todos esos desconocidos que a él, que era su amigo, y se fue enojado. Se fue y nunca se volvieron a ver ni a hablar. Así eran de recelosos y complejos. 

El 17 de octubre siguiente, día del cumpleaños de Juanjo, José María marcó el número de teléfono del departamento de la avenida Pueyrredón, donde Hernández vivía, dejó correr varios rings y antes de que atendiera se arrepintió y colgó. Se extrañaron mucho en ese último año. 
Borghello siempre decía que iba a médicos, para curarse de una enfermedad que nunca quedaba claro qué era, como en una obra de Kafka. Yo descreía de que estuviera enfermo, era escéptico o candoroso, o pensaba que José María era inmortal. 

Cuando a principios de enero de 2000 me fui a España ni se me cruzó por la cabeza que no lo volvería a ver, aunque unos días antes había visto, en la clínica de la calle Sánchez de Bustamante donde estuvo internado por un tiempo, un bidón transparente con su orina completamente oscura, que indicaba que no sólo la hepatitis y la cirrosis estaban en una fase avanzada sino que se habían convertido en un grave tumor al hígado, que finalmente lo mató. 

El último 20 de enero se cumplieron diez años de la muerte de José María Borghello, aunque, como diría Juanjo Hernández, tendemos a hablar de los muertos en términos de tiempo cuando en realidad esa dimensión les es ajena: ellos están en una especie de eternidad sin demarcación, sin años, ni meses, ni horas. Es que esa terca humanización de nuestros amigos fallecidos es una manera de mitigar el dolor de su ausencia, un escapismo para no aceptar que ya no están. 

Cuando me comunicaron su deceso, las palabras sonaron como escándalos: José María está muerto. Tal era el previsible dolor que ni siquiera me lo dijeron en castellano, me lo dijeron en inglés porque era una forma de establecer una distancia entre la noticia y el receptor, una mediación cautelosa entre la muerte y su conocimiento. 

En castellano hubiera sido demasiado directo, demasiado grave, en inglés en cambio el golpe llegaba amortiguado por preparatorios escalones mentales. Recuerdo que no moví la cabeza, seguí mirando el techo, quieto, cristalizado, y las lágrimas se empezaron a derramar por las mejillas hacia los costados, como piedras que se despeñaran por laderas volcánicas. 

Ahora tampoco está Juanjo, con quien nos consolábamos, recordándolo. Ojalá resuciten. En tal caso, seguro que se reconciliarán, quizás disfrazados de Inmaculada y Ángel azul, y se contarán todo lo que haya pasado.

Fuente: http://www.losandes.com.ar/notas/2005/2/5/cultura-143160.asp


Material disponible en Biblioteca LGTBI de Jose Maria Borghello
Libros:


-Que los niños huyan de mi
Orion - Argentina - 1974

-Plaza de los lirios
Galerna - Argentina - 1985


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Martin Amis

Martin Amis (1949) estudió en Oxford y colabora en revistas literarias y de carácter general. Debutó brillantemente como novelista con El libro de Rachel, galardonada en 1973 con el Premio Somerset Maugham, publicada en España por Anagrama, al igual que Niños muertos, Dinero, Campos de Londres, La flecha del tiempo, La información, Tren nocturno, Mar gruesa, Perro callejero y La casa de los Encuentros, así como los libros de ensayos y artículos Visitando a Mrs. Nabokov y La guerra contra el cliché, y los volúmenes autobiográficos Experiencia y Koba el Temible.

Material disponible en Biblioteca LGTBI de Martín Amis
Libros:

Tren nocturno
Anagrama para Pagina/12 - Argentina - 2013

Mike Hoolihan tiene nombre de hombre, voz profunda y modales que nadie definiría como femeninos, pero es mujer y le gustan los hombres, aunque siempre ha elegido a los que menos le convenían. Y luego ha tenido que ahogar sus tribulaciones en torrentes de alcohol. Pero en la actualidad está en dique seco, pues su hígado ya no puede soportar una sola gota más de consuelo. Y como Mike también es detective en el cuerpo de policía de una ciudad americana, tiene que enfrentarse ahora al peor caso de su vida sin nada que suavice un poco los atroces bordes de la realidad. Aunque, como ella misma dice, tras haber investigado cientos de crímenes, «peor» es un concepto muy elástico, que siempre puede dar cabida a algo más. La muerta, como decía Martin Amis en "Campos de Londres", «siempre hay una muerta», es la bellísima Jennifer Rockwell, hija del jefe de Mike, que tenía veintisiete años, era científica su área de trabajo era la astrofísica, y vivía desde hacía años con Trader Faulkner, un joven profesor de filosofía. Al parecer, eran la pareja perfecta y no había nada que hiciera dudar de su felicidad. Hasta que un día Jennifer, diez minutos después de que Trader se marchara del apartamento para dirigirse a su estudio, se suicidó de tres tiros en la cabeza. El padre de la joven perfecta, que ahora es una perfecta difunta, no puede creer que su hija se haya suicidado, y apremia a la detective para que investigue y encuentre al culpable que, según él, no puede ser sino Trader, el compañero de su hija. Y Mike seguirá paso a paso las señales que Jennifer, tal vez intencionadamente, ha ido dejando, y que conducen a un agujero negro tan insondable como los que estudiaba la joven científica?


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