SANDRO (1945-2010)





Blanco y negro y color
Por Eduardo Fabregat


Sandro es un recuerdo en blanco y negro: en los ’70, los domingos televisivos de alto rating incluían casi siempre alguna peli del Gitano, pelis que eran bebidas con emoción, con fruición, por madres y hermanas que morían por el cantante de labios gruesos y pelo en pecho. Playboy, Isidoro de carne y hueso, Sandro era cheronca, ganador, con su auto deportivo o haciendo de agente secreto. A veces las historias encerraban una extraña moralina para alguien con semejante perfil, loco despreocupado que de pronto tenía una enfermedad mortal y descubría que había tenido una vida disoluta, inútil. Pero la mayoría de las veces jugaba el papel que más le gustaba, y le sentaba bien. Las canciones de Sandro respondían a un calculado salto del origen rockero a la seducción de las masas a través del romanticismo más explícito.


Sandro es un recuerdo en color: la discoteca familiar abundaba en vinilos del Gitano. En una época de sobres únicos, antes de sumergirse en las tapas desplegables de Sgt. Pepper o The Dark Side of the Moon, uno se encontraba con ese Espectacular en rojo brillante que se abría y lo mostraba en foto gigante y pose desafiante, gesto recio y traje de cuero con el pecho abierto. No podía menos que reconocérsele la valentía. El problema eran las canciones: Sandro era un personaje ciertamente simpático, pero para los jóvenes en explosión hormonal y rockera no había manera de conectar con sus jadeos. Aunque tuviera un pasado rocker, Sandro era para las chicas amantes de lo meloso.

Ayer, Sandro se convirtió en recuerdo, recuerdo a secas. La saga de estos últimos días buscó contribuir a la leyenda, quiso que contra todo pronóstico, contra toda realidad médica, el Gitano iba a vencerlo todo, salir de Mendoza, protagonizar otro acto heroico. No pudo ser. Las nenas, las que iban al cine y veían las repeticiones en TV, las que agotaban sus discos y le tiraban bombachas en los shows, no pueden, no quieren creerlo. Sandro es blanco y negro y es color y, contra toda diferencia estilística que uno pueda tener con su arte, es aquello tan claro que no se discute: uno de esos ídolos populares cuya muerte detiene los relojes.

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