Boom Nº 19 Año 2, n° 19, marzo de 1970
Tapa: “El homosexual en Rosario”
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ros y redondos como cuentas, tan separados entre sí. Sus 56 kg de peso están vestidos con menor cuidado que el que pone un jovencito para trabajar bajo un auto. Una remera celeste de mangas cortas, cuello redondo, algo deformada, blue-jeans azul y zapatillas de básquetbol del mismo color. El pelo, cayendo sobre su cara, ondulado y desprolijo. Pero... Luis Alberto está cantando y los espectadores casi niños han olvidado sus chistes y risas para dejarse llevar por el sortilegio de los temas. Una música especial, personal, define al conjunto. La letra de las canciones no tiene anécdotas, son casi surrealistas, muchas veces ilógicas pero dibujan bellísimas imágenes transportadas por la música. Después de cada tema el público aplaude calurosamente de pie. Pero ante los primeros acordes de los instrumentos vuelven a sentarse apurados, para así, acurrucados en sus butacas, dentro de esas camisas de colores y camperas con flecos, beberse toda la melodía. ¿Qué significa en sus temas? Le preguntaría más tarde en un café a Spinetta. "Son letras contradictorias que no significan nada. Yo las definiría como humorísticas, porque tratan sobre el absurdo."
—¿En qué momentos las compone?
—No sé. Brotan espontáneas. Son formas libres, automáticas. Lo importante es que no les doy importancia. No me preocupo.
—O sea que necesita hacer las cosas sin que le importen para que sean importantes. Pero, ¿realmente cree, que son realmente importantes?
—¡Qué sé yo! Me es imposible contestar cosas concretas a hechos que para mí no son. No es posible percibir lo desconocido. No sé. No importa, ¿no?
No. No creo que demasiado. Luis Alberto tiene 19 años, Rodolfo García, baterista, 23, Emilio Del Guercio, 19 y Edelmiro Molinari 22; abandonaron la escuela de Bellas Artes, un taller de mecánica, la Facultad de veterinaria, el bachillerato, para intentar la buena música. Lo realmente importante es que lo han conseguido.
CRISTINA DE IRALA Fotos: Osvaldo Fernández Burgos
ADMIRADORAS: Un asedio constante. Luis Alberto firma autógrafos varios.
BATERISTA: Rodolfo, talento y ritmo. Cada presentación un éxito.
GUITARRA Y FLAUTA: Edelmiro, una de las maravillas del grupo. Ritmo.
CREADOR: Luis Alberto, 19 años, excelente compositor.
BAJO: A cargo de Emilio, usa vincha, le gusta la ropa rústica.
Plegaria para un niño dormido
quizás tenga flores en su ombligo
y además en sus dedos que se vuelven pan
LUIS ALBERTO SPINETTA
Muchacha ojos de papel
adónde vas, quédate hasta el alba
muchacha pequeños pies
no corras más, quédate hasta el alba
Sueño un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol
muchacha piel de rayón
no corras más, tu tiempo es hoy
y no hables más muchacha
corazón de tiza
cuando todo duerma
te robaré un color
muchacha voz de gorrión
adónde vas, quédate hasta el día
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...tetismo por desconocer entonces la verdad; aquella residencia solitaria tenía por fin permitir a James Dean tocar el tambor en sus noches de insomnio sin despertar quejas en los vecinos, y lo que es más, comentarios acerca de su peculiar evasión evidentemente teñida de infantilismo.
Entre tanto, nada hacía el actor por destruir la leyenda que se venía construyendo a su alrededor, ya que por el contrario se sentía cómodo con esa aureola de joven extraño que le permitía abandonarse a sus caprichos sin recibir el mínimo reproche.
Sin embargo, James Dean tuvo su oportunidad de ser auténtico. Fue cuando se enamoró perdidamente de Ana María Pierangeli, una candorosa italianita que acababa de llegar a Hollywood. Pero la madre de ella se opuso a todo proyecto de boda y Pierangeli terminó casándose con otro. Al conocer la noticia, James huyó de su casa en una motocicleta, desapareciendo durante una semana de todos los lugares conocidos.
Cuando volvió a aparecer, encerrado como nunca en sí mismo, se había acentuado su misantropía. Y permaneció indiferente a los encantos de mujeres tan atractivas como Ursula Andress, entonces oscura debutante, Natalie Wood e incluso la bellísima Liz Taylor, que, enamorada a su vez del actor, vanamente procuró arrancarlo de su tristeza.
Ahora el oscuro muchacho, que marchara tantas cuadras a pie por las indiferentes calles neoyorkinas, se sentaba frente al volante de potentes automóviles, obsesionado por la fiebre de la velocidad. Correr era lo único que le importaba y el día que venció en una carrera de aficionados se confesó feliz, admitiendo que la velocidad era para él una suerte de droga que ya no podría abandonar.
Más preocupados por su fuente de ingresos que por la suerte personal del actor, los productores que lo contrataron para interpretar "Gigante", su tercer film, lo obligaron a comprometerse por escrito a no participar en ninguna carrera automovilística durante la filmación.
James aceptó la cláusula a regañadientes, pero apenas concluyó las últimas escenas de la película se dispuso a regresar a las pistas. Y después de comprar una poderosa "Porsche Spyder" último modelo se inscribió en una carrera que debía desarrollarse el 2 de octubre en Salinas, California.
Era el 30 de setiembre de 1955. Quinientos kilómetros separaban Los Angeles de Salinas y, acompañado por su mecánico alemán Rolf Wueterich, el actor decidió recorrerlos guiando su nuevo automóvil.
Un tigre en acecho parecía rugir en el motor de su poderosa máquina mientras James marchaba a regular velocidad, preguntando el estremecimiento del vértigo. Pero en la ruta estatal 466 y con una imprudente maniobra, un conductor poco hábil se le cruzó imprevistamente en el camino. James Dean giró el volante para esquivarlo y su máquina chocó fuertemente contra un árbol, con el motor destrozado en el impacto. Así murió James Dean. Tenía 24 años y era un ferviente enamorado de la velocidad. Pero su vida no se extinguió en una pista de carreras como él quizá hubiera querido, sino en la imprevista trampa fatal de una ruta campestre frecuentada por pocos y parsimoniosos automovilistas.
Se llamaba James Dean. Su generación agitó su nombre como una bandera de rebeldía. Pero a poco más de diez años de su muerte, en la solitaria tumba de Fairmount, Indiana, ni siquiera una flor recuerda su breve paso por la tierra.
Epígrafes de las imágenes:
Izquierda: James Dean: glorificación de la violencia y la iracundia juvenil, el ídolo de una rebeldía con causa y sin ella.
Derecha: Frenesí e inconformismo: el meteórico talento de Dean encarnó un nuevo estilo de vida juvenil. Dialéctica de golpes, lirismo de estridencias.
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Dedicarse con absoluta concentración a interpretar las diferentes precisiones del libreto es una de las muchas exigencias de la dirección cinematográfica.
En la política, en el arte, en la literatura, en las carreras liberales, la mujer se destaca con contornos propios. Ya no existen limitaciones para su evolución intelectual, para su capacidad creadora.
Uno de los últimos campos en que han incursionado las mujeres es el de la dirección cinematográfica. Y por cierto que en tal terreno han logrado verdaderos aciertos que las colocan a la par de sus colegas masculinos.
Veamos algunos casos. En sets escandinavos por ejemplo encontramos a la sueca Mai Zetterling dirigiendo un tema de Hjalman Soderberg, uno de los clásicos de la literatura nórdica. Secundada por su esposo, el escritor y guionista británico David Hughes, la ex actriz dirige "Doctor Glass", un libro basado en violentos conflictos pasionales que pese a haber sido escrito hace sesenta años, enfoca problemas cuya actualidad no parece caducar.
El rodaje de la película se cumple en variados escenarios. El tranquilo pueblecito de Birkend, en Dinamarca, la tradicional Universidad de Upsala, en Suecia, una casa de baños finlandeses en Estocolmo y los jardines botánicos de Copenhague, son los sucesivos lugares adonde es trasladada la acción de "Doctor Glass". Señalemos aquí una coincidencia curiosa. El papel principal de este film es jugado por el aplomado actor Per Oscarsson que allá por el año 1945 protagonizó junto con Mai, ahora su directora, "The Serious Game", otra película basada en una novela del mismo Soderberg.
La trágica condición del personaje Glass apasiona a la realizadora, quien considera que sus conflictos no solo no han perdido actualidad sino que por el contrario, constituyen constantes de la sociedad moderna.
Esta no es la primera película dirigida por Mai Zetterling, que en el festival de Venecia de 1966 presentó un osado trabajo titulado "Juegos nocturnos", largamente discutido. Algunos especialistas la acusaron de barroca, de carecer de estilo propio y de haber leído a Freud demasiado tarde. Otros críticos vieron en ella a la autora de una obra maestra digna del "León de Oro", distinción máxima del festival. Pero la película no fue premiada, tal vez en razón de la audacia de un tema que obligó a presentarla en pri...
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CANAL TV estuvo toda una semana con Arnaldo André y llegó a esta conclusión: no sólo no es pobre ni diablo sino que es una persona con muchas cosas interesantes para conocer. Una de ellas es su familia; su madre y su sobrino, con quienes estuvo CANAL TV. Además CANAL TV estuvo en las grabaciones de “Pobre diabla”, salió de compras con él y se enteró de todo lo que pasaría si le adjudicaran un romance con Soledad Silveyra. Toda una semana sirvió para conocer a fondo a un Arnaldo André que pocos conocen. Si usted quiere conocerlo lo encontrará en CANAL TV.
Cuatro periodistas y cuatro primicias: Alejandro Rosseglione, César Mascetti, Raúl Urtizberea y Enrique Llamas de Madariaga, cuatro periodistas de televisión muy vinculados al quehacer político nacional, contestaron —cada uno a su estilo— ocho preguntas sobre la candente actualidad política. Además, ante la proximidad de otro histórico 25 de Mayo, cada uno de ellos adelanta una primicia al respecto. Realmente algo para no perdérselo. ¿Dónde está? En Revista CANAL TV, por supuesto.
Andrea del Boca y sus dos papás: Suena raro, ¿no es cierto? Sin embargo así es. Andrea habla de su padre verdadero —Nicolás del Boca— y de su padre en la ficción —Norberto Suárez—. Los compara y los define perfecta y abiertamente. Además dice con cuál de los dos se quedaría y por qué razones. Otra muestra de madurez de alguien que no se cansa de sorprendernos. Esta semana en revista CANAL TV.
Y hay mucho más. El retorno, después de dos años de ausencia, de Mecha Ortiz a la televisión. Hace uno de sus papeles favoritos —una mujer fatal— en “Rolando Rivas, taxista”. Además —en una entrevista exclusiva— cuenta sus amores pasados y sus amores presentes. Algo para leer y releer.
DE LA PROGRAMACION NO HABLAMOS MAS. SI USTED YA LA VIO SABE QUE ES LA MEJOR. SI AUN NO LA VIO ES PORQUE NO TIENE TELEVISION. O PORQUE SOLO BUSCA LOS HORARIOS Y LOS CANALES. SI USTED QUIERE LA MAS COMPLETA Y DETALLADA DE LAS PROGRAMACIONES, SOLO LA ENCONTRARA EN CANAL TV.
Canal TV La TVerdad. De Editorial Atlántida para usted.
#ArchivoPIETRO
—¿De modo que usted no acepta que “todo es igual, nada es mejor...”, “que el mundo fue y será una porquería”?
—No, no creo en eso. A propósito, me llamó mucho la atención algo que vi el otro día en el programa donde Horangel entrevista a Tita Merello. Allí se planteó eso de si “el mundo fue y será una porquería”. Todos coincidieron en que sí, que la frase es cierta. Yo no creo, desde luego, que todo sea rosado, maravilloso, pero me pregunto: ¿por qué necesariamente el mundo tiene que seguir siendo una porquería? Detrás de ese verso hay algo que me indigna...
—Específicamente, ¿qué la indigna?
—Que Discépolo parece decir: “todo es una porquería... menos yo”, que los malos son los otros, los demás.
—¿Usted piensa que Discépolo se engolosinó con el desastre o directamente lo vio así y se niega a endulzarlo mentirosamente?
—Creo que en Discépolo hay una especie de regodeo en lo negativo. No creo que todo tenga que ser rosa, no, pero yo me niego a entrar en el club de Discépolo, en la ins-ti-tu-cio-na-li-za-ción de la mufa... Qué palabra terrible es ins-ti-tu-tu-cio-na-li-za-ción. Lo que le habrá costado decirla a Lanusse, lo compadezco...
¿Y la gata qué se habrá hecho? Ah, sí, por ahí anda. Todavía indecisa, temerosa de los visitantes que hablan “intelectualmente” de ella. Como ahora:
—En verdad, María Elena, usted ha enumerado nada más que virtudes de los gatos. Dijo que no era “racista”. ¿Por qué no trata de decir ahora cuáles son las virtudes de los perros?
—Las virtudes de los perros... ¿Las virtudes de los perros?
—Eso, las virtudes de los perros.
—Y... yo no puedo saberlo... ¡Yo no tengo perro!
—No se escape, haga un esfuerzo y trate de reconocer alguna virtud a los perros.
—Yo no tengo nada contra los perros ni los perreros, no hagamos confusión... Lo que sí tengo bien claro es que los gateros no somos antiperros, pero los perros sí son antigatos.
La gata ahora se queda, pero quieta. Es como si no estuviera. Por eso recuperamos, por tercera o cuarta vez, el otro hilo de la conversación:
—¿Cuando usted está en el escenario, siente, digamos, las ondas de esa mufa colectiva?
—La mufa no es colectiva, es individual... Si la colectivizamos la vamos a ir perdiendo, sería una lástima.
—Bueno, le reitero la pregunta y en vez de “colectiva” le digo “generalizada”.
—Sí, generalizada es un término más justo.
—Volviendo a la pregunta: ¿cuando usted está sobre el escenario siente las ondas de esa mufa generalizada?
—No, lo que el público me transmite es alegría, afecto, afecto palpable. Es que el público del teatro es..., tiene una raíz antimufa. Donde suele emerger la mufa es en el público de café-concert; allí la actitud, el ánimo que se traduce, es otro.
—¿Se anima a definir al café-concert?
—Un café-concert es un lugar chico... donde se bebe y se paga muy caro.
—Algunos piensan que el café-concert es una propuesta a la vagancia del espectador, una forma de incentivar el menor esfuerzo, la superficialidad. ¿Qué piensa usted sobre eso?
—Pienso que el teatro es más cálido, que mucha gente va al café-concert para tomar una copa y no seguir conversando. Creo que ésa no es una buena forma de estar con los amigos. A mí me pasó una vez...
—¿Qué le pasó?
—Que fui a parar con unos amigos a un café-concert... Prefiero mil veces volver a casa con los amigos y ponernos a charlar hasta las cinco de la mañana, tratando de arreglar el mundo. La verdad es que con esas charlas lo dejamos al mundo perfectamente refaccionado, perfectamente pintado.
—¿Cree, en definitiva, que la proliferación de los café-concert se debe a una especie de plaga?
—Si son una especie de plaga bastante particular con la que se pretende culturizar y hacer la revolución desde la plataforma de lo snob, con un público duro pintado, que traduce su mufa.
—¿Y a qué se debe la plaga?
—No sé.
—Dejemos los café-concert de lado. ¿Cómo anda su “stock” de miedos?
—He superado una punta de miedos. No en vano tengo seis años de análisis. Me queda un miedo bastante original, original de origen quiero decir: es el miedo a dejar de expresarme correctamente, a no poder escribir. Este es un miedo crónico. Precisamente Françoise Sagan —para seguir con los franceses— cuenta en su último libro sobre las vueltas infinitas, los pretextos que se inventa para no sentarse a escribir, precisando alguien que la encierre. También dice otra cosa muy hermosa, que no viene al caso pero que la digo lo mismo: “Y no me olvido —escribe— de la poesía: es lo que me importa más en la vida y lo único que nunca supe hacer”.
—¿Y cómo es su forma de trabajo, de creación?
—A mí me pasa igual. Me invento mil estratagemas para no trabajar; creo que trabajo cuando ya no puedo evitarlo. Entonces recién escribo.
—¿Le preocupa mucho el juicio de los demás?
—Cada vez menos. Además no leo revistas.
—Hace bien. A los gustos hay que dárselos en vida.
La gata vuelve a los brazos de su dueña. No hay caso, no ha entrado en confianza. Muy simpáticos no le hemos caído.
Dos días después, el lunes a las once de la noche, acompañamos a María Elena Walsh al Maipo, a su primera actuación sin público.
Una especie de ansiedad, de nerviosismo, mezclados a la alegría, se le ven en la cara.
Le advierten de entrada que lo más difícil del Maipo es bajar al foso sin golpearse la cabeza. María Elena Walsh baja. Y se pega en la cabeza. Ya ha debutado. A continuación, en el foso, en ese rectángulo lleno de cierta imprescindible historia, empieza el primer ensayo con un pianista y un baterista.
El pianista dice: “¡Un, dos, tres, cual!” Y arrancan. María Elena canta una canción sobre el viejo varieté que dice: “...PASARON GUERRAS Y REVOLUCIONES. PERDIMOS UNAS CUANTAS REVOLUCIONES... TUVIMOS PADRES QUE NOS CASTIGARON, TUVIMOS HIJOS QUE NOS CRITICARON”.
Los músicos se entusiasman. María Elena les pide que no “corran tanto”. Varias veces vuelven sobre lo mismo. Varias veces el pianista dice: “Un, dos, tres, cual” Y la canción se redondea: ENCIENDANSE LAS NUEVAS LUCES DEL VIEJO VARIETE... NO SE SUSPENDE LA FUNCION. ¡A ESCENA LOS ARTISTAS MIENTRAS EL MUNDO EXISTA!”
El Maipo, sin gente, tiene en la penumbra varios rostros que atienden. Está por ahí Luis César Amadori. En la fila siete, mordiéndose las uñas, muy sola, escucha Susana Brunetti. En la fila uno María Herminia Avellaneda pide una y otra vez la “canción de la murga”, una canción que no puede faltar y dice, entre otras cosas: “...LINDA ES LA VIDA CON USTEDES, MIS COMPAÑERAS Y AMIGOS... EN ESTA MURGA SE LAS DIGO APROVECHANDO LA OCASION... NO AMARRETEEN LA ALEGRIA, ABRAN Y ABRANSE CAMINOS SIN SER LOS CANES DEL VECINO NI LOS FORZADOS DEL MANDON... PROHIBIDO PROHIBIR. ¡DEJEN VIVIR! ¡MA SI!”
Aunque no lo diga, cuando termina la noche se nota algo bastante parecido a la felicidad en la cara de María Elena Walsh. Dice:
—Una cosa que quiero es hacer cantar a la gente en el Maipo; lo voy a intentar sin ordenárselo. Puede suceder o no, pero creo que sí, que va a suceder.
Sin que nada lo haga prever, ya en la vereda ahora mojada por la lluvia que quedó pendiente desde el sábado, agrega como si continuara una conversación no suspendida:
—Además, hay algo más en favor de los gatos. Prevert lo dijo: No hay gatos policías, y perros sí, advierto.
—Muchos afirman que los gatos son calculadores, falsos, hipócritas.
—Prejuicios, ¡puros prejuicios! Ese es uno de los tantos prejuicios que los gatos deben soportar. No sé a qué se deberá, pero los pobres son víctimas de la opinión de que son desleales, coquetos. Pero eso forma parte del folklore, del repertorio de prejuicios que padecemos también las mujeres... Y sí, somos todas esas cosas las mujeres, ¡pero los hombres también!
Podemos seguir la discusión hasta el fin del siglo. Pero ésa no es la cuestión: la cuestión es que María Elena Walsh canta en el Maipo.
¿Y por qué no?
Quien tenga algún reparo que recapacite y, como diría María Elena, que no sea prejuicioso, que aprenda de los gatos.
RODOLFO E. BRACELI Fotos: JUAN J. PEREZ y JUAN MESTICHELLI
Texto del epígrafe de la foto: “SI, SOY GATERA. Los gateros no le tienen miedo al misterio...”.