SUSANA CAMPOS, 37 AÑOS, DOS HIJOS, ACTRIZ.
RUDY CARRIE, 33 AÑOS, UN HIJO, ACTOR.
LA SIMPLE HISTORIA DE DOS QUE SE QUIEREN
(circa 1971)
DESPUES DE TRES AÑOS DE ALTIBAJOS, LA PAREJA PARECE HABERSE AFIANZADO DEFINITIVAMENTE. ELLA PASO YA POR DOS EXPERIENCIAS MATRIMONIALES, Y DICE QUE POR PRIMERA VEZ ENCONTRO AL LADO DE RUDY LA SEGURIDAD. EL, CONDENADO A SER IDENTIFICADO ETERNAMENTE CON SUS PERSONAJES, HABLA DE SUS DOLORES, SUS RESENTIMIENTOS, SUS FRUSTRACIONES. SON AUTENTICOS, SON SINCEROS. SON ASI. AQUI ESTAN.
[Columna 1]
El niño, de 11 años, es el único habitante de la playa a esta hora. Él también, como nosotros, espera. Sentado en la punta del espigón, con las piernas colgando y la caña de pescar muy fuerte entre las manos, explica: "...Y, a esta hora no hay gente. Entonces los pescados no se asustan... y vienen". A esta hora son las 9 de la mañana, y no son los peces los únicos que vienen. Como siempre, ellos también vienen. Cuando el niño los ve, deja la caña y salta. "Eh, rata, rata... buen día... buen día, cretinún". Rudy Carrié, de la mano de Susana Campos, sonríe y acaricia la cabeza del niño. Después seguirá su camino, silencioso como siempre, o de frente, como siempre. Sin embargo, algo de satisfacción y de ternura se le escapó por las manos cuando acarició al niño. Porque el niño lo llamó por el nombre del personaje que más popularidad le dio últimamente, el "rata" de "Así en la villa como en el cielo". Sin embargo, Rudy Carrié tiene muy poco que ver —o nada que ver— con el personaje vil, negativo, cobarde de esa obra. Tampoco tiene mucho que ver con el muchacho bueno, blando, anodino y sin personalidad de "MIS HIJOS Y YO", otro de sus éxitos. Tiene muy poco que ver con todo lo que no sea Francisco Rodolfo Cortabarria, el muchacho nacido en Luján hace 33 años, que transitó por diversos trabajos antes de ser actor, pero que cuando se decidió, hace ya 17 años, conoció la cara más dura y más ingrata de esta profesión. Porque en esos 17 años, Rudy Carrié no se permitió un solo día de pausa, un solo mes de descanso. Sin embargo, tampoco se le dio en esos años la gran oportunidad. De esas oportunidades que hacen que un actor que parecía condenado eternamente a un segundo plano, pase a ser primerísima figura, o galán, o a encabezar un elenco. O quizá también a aparecer en la tapa de alguna revista especializada. ¿Dolorido por esto? ¿Quizá resentido? Eso es lo que tratábamos de averiguar esa mañana, en que lo esperábamos en la playa donde el
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[Columna 2]
único habitante era un niño de 11 años que pescaba. No sé si resentido o dolorido. Pero sí franco, sincero, auténtico. Quizá un poco triste, tal vez algo incrédulo.
—¿Una nota...? ¿Una nota a mí...?
—Sí, una nota a usted.
No es buen mozo, no es demasiado alto, tiene breve barba y bigotes. Pero su mirada es fuerte, es directa, por momentos dulce. Quizá el personaje ideal para él sea el de amigo. Porque inspira confianza. Y seguridad. Y lealtad.
—Entonces tomemos un café. Porque vale la pena.
El niño vuelve a su caña, porque a él no le interesa nada más que el "rata". Susana Campos se quita la salida en procura del débil sol de esa hora. Rudy Carrié se sienta conmigo en una roca, y trata de que el vaso de cartón donde segundos antes depositaron café, no lo queme.
—No lo puedo negar. Es decir, no puedo negar el éxito del "rata" y la popularidad que me dio. Pero el personaje no me gusta. Porque es un ser vil, taimado, negativo. No tiene ni pizca de valentía, y jamás se juega de frente. Es una especie de antihéroe. Sólo que un antihéroe que se granjeó la simpatía popular.
—¿Por qué? Es decir, ¿por qué cree que gustó a la gente?
—Creo, en primer lugar, que el personaje estuvo bien compuesto. Por lo menos eso es lo que dijeron todos. Después puede ser porque el "rata" es un rebelde, aunque un rebelde negativo. Después no me pregunte más. Porque no sé, realmente no sé qué está pasando en una sociedad que tiende a idealizar a un gangster.
—Esa sociedad, Rudy Carrié, ¿cómo cree que lo imagina a usted?
—Creo que inspiro ternura. Creo que soy, para la gente, lo más parecido a un ser humano. Por eso me gustaría hacer esos papeles. No creo que pueda ser un galán, porque no creo ser lindo ni estar dotado de sex-appeal. Pero si me dan el papel, lo puedo hacer. En realidad tuve que hacer diferentes y opuestos papeles a lo
[Columna 3]
largo de estos 17 años. Sin embargo, sólo dos quedaron. La gente me identificó, durante siete años y medio, con el muchacho bueno e inofensivo de "MIS HIJOS Y YO". Después hice otras cosas, hasta que me tocó hacer del "rata". Y otra vez se dio la identificación total. La gente me para por la calle, o me llama con el nombre del personaje. No me molesta demasiado, claro. Quizá me entristece un poco, pero de una forma muy silenciosa, casi imperceptible. Sí, soy triste, y me gusta mi tristeza. Me llevo bien con ella.
—¿Qué le faltó o qué le sobró en estos 17 años?
—Me faltó un golpe de suerte, la gran oportunidad. Nunca me faltó trabajo, ni un solo día. Desde 1957, en que entré en "Las dos carátulas", y donde empecé a tener contacto con el buen teatro, pero el teatro por radio, nunca me faltaron ofertas. Tuve también ciclos que me marcaron, que me hicieron sentir bien, como "Historias de una gran ciudad", por televisión, con Hugo Moser. Pero siempre fueron cosas sin mayor trascendencia, sin primerísima importancia. Hace muy poco, cuando estaba con un productor discutiendo un problema laboral, éste me dijo de pronto: "¡¿Qué te quejás?! ¿Alguna vez viste vos en la tapa de alguna revista?". Uno no tiene muchas respuestas a semejante afirmación. Uno tiene que callarse y rumiar su furia, su impotencia, su resentimiento. Pero confirma también que toda la insatisfacción, el disconformismo y la frustración no son vanos. Están justificados. También desde ese día —y a raíz de la anécdota que te conté— descubrí algo importante. La anécdota no me hizo sonreír, todavía la recuerdo con dolor. Y si me duele tanto aún es porque ese resentimiento que sentía desde hace tanto tiempo contra las circunstancias y las oportunidades, se está empezando a convertir en resentimiento contra mí mismo. Uno se fija metas, y comprueba que nunca puede cumplirlas.