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16/6/26

#ArchivoPIETRO: Las Gambas Al Ajillo revelan las claves de humor en grupo "Somos felices cuando la gente se rie" (1989)


Las Gambas Al Ajillo revelan las claves de humor en grupo "Somos felices cuando la gente se rie"

Maria Jose Gabin / Laura Market  / Veronica Llinas  / Alejandra Flechner / Miguel Alonso Fernandez

Entrevista de Maria Esther Gilio 

Acceso a este archivo digital: bibliotecalgttb@gmail.com 




El Varón en Papel: Javier Caminotti el Adán cordobés (1991)

     El Varón en Papel

Archivos curados por Pietro Salemme Silvert

En algunos casos cuento con los archivos fisicos completos, disponibles para su venta o fotos sin marca de agua. Info: bibliotecalgttb@gmail.com 

Mira las actualizaciones de esta sección en https://bibliotecalgttb.blogspot.com/search/label/El%20Var%C3%B3n%20en%20Papel

Una sección dedicada a rastrear cómo la prensa gráfica construyó, exhibió y transformó la imagen masculina a través de las décadas. Fotografías de famosos, desconocidos, ídolos populares, figuras mediáticas y hombres anónimos conviven en este archivo visual donde el cuerpo, la pose, la moda, el gesto y la mirada revelan los modelos de masculinidad de cada época.

Entre revistas, diarios, policiales, espectáculos, deporte y cultura popular, El Varón en Papel propone leer la historia de los hombres no solo como fueron, sino como fueron mostrados.

Metodología: Las Fotos son tomadas de diversos archivos con los que trabajo. Algunos completos, otros incompletos. De alguno tengo fechas de otros no. El registro en digital puede ser a traves de scan o camara. En algunos casos uso IA para mejorar la calidad.

En esta entrega: Javier Caminotti (circa 1991/1992)


El romance comenzó tras un "flechazo" en una estación de servicio.
Mónica Guido se define como "puro fuego" y Javier dice que ella es "como el agua"; la nota plantea que los opuestos se atraen. Y que los muestra como Adan y Eva en el Paraíso Cordobés. 

A comienzos de los 90, en una Argentina que todavía conservaba muchos reflejos conservadores, una vedette que trabajaba en un programa infantil aparecía desnuda en una nota titulada, justamente con el nombre de ese programa: Brigada Cola. 

Pero lo más curioso no es Mónica Guido. Es él. A Monica como a tantas actrices la conocíamos desnuda. El desnudo masculino era mas extraño.

Javier Caminotti, rugbier, empresario e hijo de un ministro, es mostrado casi como un modelo. Recostado boca abajo sobre las piedras, semidesnudo, bronceado, exhibiendo un cuerpo trabajado más propio de una producción de moda. La revista parece tan interesada en contemplarlo a él como a ella.

Las sierras cordobesas aportan el escenario perfecto. Un paisaje asociado a la libertad, al aislamiento y también a una larga tradición de nudismo discreto que encuentra en esos rincones un refugio natural. Bajo la excusa de un romance heterosexual y bucólico, la cámara construye algo más ambiguo: un Adán cordobés ofrecido a la mirada del lector.

Vistas hoy, varias de las imágenes desprenden una energía homoerótica inesperada. No porque la nota la busque, sino porque el cuerpo masculino ocupa el centro de la escena con una intensidad poco habitual para la prensa argentina de la época. Entre piedras, sol y desnudez, el heredero de una familia poderosa termina convertido en objeto de observación tanto como la vedette que debía protagonizar la producción.

Pietro


Si te interesa la nota de donde se desprende la imagen elegida, podes consultar por la digitalización a bibliotecalgttb@gmail.com o adquirir el clipping físico



Archivos Incompletos: Nueva York durante el verano de 1985, en pleno estallido de la epidemia del SIDA

   ¿Qué son los ARCHIVOS INCOMPLETOS?

Cuando compro lotes, colecciones, etc, muchas veces me encuentro con que lo el dueño eligió recortar y guardar no es lo que yo hubiera elegido, y quiza, justo en una carilla del recorte aparece eso que yo si hubiera guardado. 
Notas incompletas, archivos fragmentados. Algo dicen.


Transcripción con Gemini IA
Ayudame a poder seguir compartiendo contenido de manera gratuita 
colaborando con el archivo. ¡Gracias!
de Clarin Revista, Julio 1990

Dominique Lapierre y el relato de la lucha contra el SIDA en manos de los más importantes investigadores, científicos, luchadores sociales, y hasta víctimas del mal.

El SIDA –la enfermedad del terror o la cólera de Dios entre otros nombres recibidos– se ha convertido en uno de los más dramáticos azotes sufridos por el hombre en su historia. La lucha contra esa plaga adquiere hoy la forma de una epopeya. Fragilidad y fortaleza, solidaridad y prejuicio, sabiduría y oscurantismo: muchas de las caras de la condición humana se concentran en esta batalla.

El escritor francés Dominique Lapierre –autor de Arde París, El quinto jinete, Oh, Jerusalén y La ciudad de la alegría, entre otros libros– investigó entre 1985 y 1990 cada uno de los pasos de esta decisiva aventura humana. Estuvo en la India, en Jerusalén, en París, en Nueva York, recogió más de un centenar de testimonios que incluyen a los principales científicos investigadores, a víctimas, a luchadores sociales. Y, entre todos, se recorta la figura de la Madre Teresa de Calcuta. Ella tuvo participación decisiva para abrir en Nueva York –al pie de los rascacielos– un refugio para víctimas de la enfermedad. El testimonio de ello está –entre otros– en Más grande que el amor, el libro de Lapierre que la editorial Planeta da a conocer en estos días en la Argentina. A esta obra, de lectura apasionante y conmovedora, pertenecen los fragmentos que aquí se incluyen.

Nueva York, USA – Verano de 1985. Un “moridero” al pie de los rascacielos

Desde su amplio despacho de la zona baja de Manhattan, el alcalde de Nueva York contemplaba su ciudad con ternura y melancolía. En ocho años de mandato, Edward I. Koch había logrado una gran hazaña. Había frenado la carrera hacia el abismo de las finanzas municipales, hecho disminuir el éxodo masivo de las grandes empresas, restaurado la confianza de los inversores, mejorado las condiciones de vida y de limpieza, aumentado la seguridad de las personas y de los bienes y reducido la criminalidad. Pero aquel audaz soltero de cráneo calvo no se hacía grandes ilusiones. Su orgullosa ciudad abrigaba todavía horribles islotes de miseria y de violencia. Cada día se veía obligado a buscar solución a alguna desgracia o a alguna flagrante injusticia. Más de un millón de parados y de menesterosos dependían de la única ayuda de los servicios sociales. En algunos barrios, centenares de miles de negros y de portorriqueños se amontonaban en alucinantes guetos sin agua ni electricidad, donde se tenía apenas una posibilidad de entre veinte de morir de muerte natural. Las calles más “calientes” de Nueva York albergaban a la mitad de los drogados de los Estados Unidos. Las comisarías de policía registraban una llamada urgente cada segundo, un robo cada tres minutos, un atraco a mano armada cada cuarto de hora, dos violaciones y un asesinato cada cinco horas, un suicidio o un fallecimiento por sobredosis cada siete horas.

Y en aquel verano de 1985, se agregaba al sombrío cuadro una nueva y terrible plaga. El boletín del CDC de Atlanta revelaba que en Nueva York vivía la cuarta parte de las víctimas norteamericanas del SIDA. La epidemia afectaba a 2.140 personas, es decir, dos veces más que el año anterior. A pesar de su formidable infraestructura hospitalaria, que contaba con un centenar de hospitales y con cinco centros de investigación médica, la ciudad no podía hacer frente a aquella situación. Un buen número de esos establecimientos se negaban aún a acoger a los enfermos. Cuando se resignaban a hacerlo, era para aislarlos como a apestados o, lo que era peor, para diseminarlos por diferentes servicios, lo que les exponía a una gran cantidad de infecciones suplementarias. Solamente algunos, como el viejo hospital Saint-Clare, disponían de unidades especializadas en las que el SIDA no era considerado como un mal vergonzoso. Pero tales servicios tenían muy pocas camas y no podían satisfacer las crecientes necesidades. El ostracismo suscitado por esa enfermedad, su rápida propagación entre los toxicómanos negros o hispánicos sin recursos creaban, por otra parte, unas situaciones sin salida. Al carecer de una familia o de una estructura de asilo, numerosos enfermos cuyo estado no justificaba la hospitalización se veían condenados a la calle. Ante la urgencia de esta situación, Ed Koch decidió dar la batalla y buscar un lugar apto para albergar a algunos de aquellos desventurados. En el barrio de Queens descubrió el ala desocupada de un asilo municipal para ancianos, pero su proyecto desencadenó en los alrededores tal ola de protestas que tuvo que renunciar a él. Desanimado, recurrió al único que él creía que podía ayudarle. Un prelado católico quizá podría, mejor que él mismo, un político judío, llegar al corazón de sus electores.

El cardenal arzobispo John O’Connor reinaba sobre los cuatro millones de feligreses de la archidiócesis de Nueva York. Aquel quincuagenario de contextura atlética era tan sensible como el alcalde a las injusticias y a las desgracias de la Big Apple, su querida “gran manzana” como la habían apodado sus habitantes. Fue este antiguo capellán almirante de la marina norteamericana el que había creado la unidad especial para el tratamiento del SIDA en el hospital Saint-Clare; y su divisa, grabada en la entrada de su despacho, en el último piso de su cuartel general de la Primera Avenida, proclamaba: “No puede haber amor sin justicia”. Es cierto que sus actitudes intransigentes sobre el aborto y sobre los derechos cívicos de los homosexuales le habían hecho perder a veces apoyos a su cruzada en favor de los pobres y de los sin hogar. Pero todos los neoyorquinos rendían homenaje a su compromiso con la caridad. Su organización le convertía en uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Estaba al frente de numerosos hospitales, de una escuela de medicina, de guarderías infantiles, de hogares para jóvenes y para ancianos, de establecimientos de enseñanza superior y de decenas de escuelas primarias y secundarias, a veces implantadas, como la escuela Saint-Simon, en pleno centro de las peores selvas urbanas. Un presupuesto de varios centenares de millones de dólares, alimentado por los donativos de los fieles y por las subvenciones municipales, cubría las necesidades de aquella formidable red de asistencia médica, social y educativa.

El SOS del alcalde movilizó en el acto al prelado. Su estado mayor no tardó mucho en descubrir en lo alto de Manhattan un viejo edificio abandonado perteneciente al convento del Santo Nombre de Jesús. Su situación, en los confines de Harlem, parecía ideal. El arzobispo ordenó enseguida las obras de acondicionamiento. Pero al igual que había sucedido en Queens, el proyecto desató la ira de los habitantes del barrio. Alborotaron los periódicos, organizaron mitines, enviaron peticiones, amenazaron con impedir por la fuerza la entrada de los enfermos e inundaron al prelado con un diluvio de peticiones y de protestas. Ni las reuniones de información, ni las octavillas, ni las proclamas por la radio, ni sus intervenciones personales pudieron acallar el descontento popular. Con la rabia en el alma, monseñor O’Connor tuvo que capitular.

Pero lejos de hacerle renunciar, este fracaso lo espoleó. Después de unas semanas de prospección, su equipo le comunicó la existencia de un presbiterio de cinco pisos cerca de la iglesia de Santa Verónica, una parroquia antaño floreciente, pero hoy casi sin fieles. Sólo vivían allí dos ancianos sacerdotes. Sería fácil alojarlos en otra parte y adaptar su residencia para acoger a una veintena de enfermos afectados por el SIDA. Con el fin de celebrar dignamente el feliz descubrimiento, el alcalde invitó al arzobispo y a sus colaboradores al Peking Duck, su restaurante preferido

Obsesión por la vida

El profesor Sam Broder, nombrado en 1989 director del Instituto Nacional Americano del Cáncer por el presidente de los Estados Unidos, coordina hoy el esfuerzo más vasto realizado hasta ahora a escala mundial para prevenir y curar the dread disease (la enfermedad terror). Esta responsabilidad no lo ha alejado del laboratorio en el que, en 1985, fue el primero en demostrar, con sus dos colaboradores, Hiroaki Mitsuya y Bob Yarchoan, la eficacia del AZT in vitro, antes de emprender los primeros experimentos en el hombre. Sam Broder y su equipo han pasado después decenas de sustancias por el tamiz de sus tubos de ensayo y diseñado todo un abanico de estrategias terapéuticas. Actualmente, ocho protocolos antisida son objeto de sus experimentos. En el transcurso de los seis últimos años, Sam Broder ha publicado más de cien informes y artículos científicos en las más prestigiosas revistas especializadas internacionales. La casi totalidad de sus trabajos reflejan la obsesión que mueve ahora más que nunca a este polaco superviviente de los campos de exterminio nazis: salvar vidas.


#ArchivoPIETRO: Juan Carlos Mesa Con el apellido bien puesto (1990)

 

Trasncripcion de texto con Gemini IA

Juan Carlos Mesa

Con el apellido bien puesto (Revista Clarin, Julio 1990)


El autor y protagonista de “El Trompa” esconde tras su figura voluminosa una contracara sensible y nostalgiosa. Capaz de llorar en el cine o de inspirarse en mitos de la pantalla, reconoce que es en la mesa –en la buena mesa– donde nace la llama de la vida.

Vaya manía la de Juan Carlos Mesa. U obsesión: esa de hurgar constantemente en el porqué de los interrogantes que efectúa su interlocutor. A los 58 años, progenitor de 3 hijos y abuelo de un varón, el perspicaz y astuto trompa televisivo, desgrana una verborragia solo limitada ante otra pregunta y ante su voluminosa osamenta que no encuentra paz en la mínima silla del bar.

Nacido en la Alta Córdoba, municipio situado a 15 km de la capital mediterránea, le fascina refrescar imágenes de sus primeros años, de sus comienzos.

—¿Sabe lo que me pasa? Vea, mire. Hoy día se me pone la piel de gallina cuando recuerdo esa esquina de la panadería donde había un altoparlante y, entre tema y tema de Alfredo de Angelis o Feliciano Brunelli, yo decía unas palabrejas.

—¿Qué palabras?

—Avisos, eran avisos de los comerciantes de los alrededores... Por supuesto que al panadero no le cobraba, pero luego, cuando, en la adolescencia, formalicé mi empresita Propalación Select y di la vuelta del perro dentro de un furgón con dos altavoces en el techo, bueno, allí cobrábamos a todos la difusión de las mercaderías.

—¿Luego se trasladó a la ciudad?

—No, antes de venir probé en mi provincia todos mis argumentos para ganarme la vida. De la furgoneta pasé a ser glosista de orquestas; versificaba todo lo que se me pasaba por delante, era el poeta de las barriadas del Alto. Empecé a conducir programas de radio basados en guiones propios...

—¿Ya había integrado el humor a esta multiplicidad de roles?

—Vagamente. Aunque el hecho humorístico estaba integrado a mi vida durante todo el día. Mi padre era un comerciante andaluz muy gracioso y repentista y mamá era una verdadera jota, la del baile ¿eh? Una cordobesa muy movediza y ocurrente, dueña de un nombre hermoso: Deidamia, que en griego significa “elegida de los dioses”. Y realmente lo era.

—¿Y su apellido?

—Paz. Ella era Paz de Mesa.

—¿De qué manera resuenan sus apellidos en usted?

—Bueno, yo soy muy gregario y creo en “la paz de la mesa”.

—Hurgando en los laberintos del inconsciente, ¿reconoce hasta dónde valora ese mueble de cuatro patas?

—Y, para mí es fundamental, porque como todo buen gordito, me desespera la comida. Pero, por sobre todas las cosas, la comida compartida con la familia y con los amigos, aunque, en realidad me gusta recibir en mi mesa.

—¿Se inclina por algún estilo en particular?

—Y sí, diría que por la mesa rústica, muy grande, tipo campestre.

—¿Por qué?

—Porque las vacaciones más felices las pasé durante mi infancia, en Río Segundo en el campo de mi tío José Paz, un tipazo que forjaba el hierro y hacía sulkys.

—De la mesa ¿cuál es el aspecto más relevante?

—¡La sobremesa! Esos diálogos interminables, el estilo confesional con la panza llena, rasguear una guitarra, acordarse de algún chiste o de un poema mientras van pasando las masitas, las tisanas, el café, los licores y las horas ¡Eso es lo mejor de la vida! Y lo aprendí junto a mi tío José quien, además, regenteaba el cine del pueblo.

—Como en el filme “Cinema Paradiso”.

—Claro, porque durante los veranos yo trabajaba en la sala a su lado. ¡Cómo lloré con esa película! Me recordó esos días felices. Yo siempre cuento en broma, claro, que, en el verano, hacía tanto calor que, una vez proyectaron La guerra y la paz y los actores trabajaron con la mano afuera.

—El cine ¿lo ayudó para configurar prototipos humanos?

—Al principio sí, pero es la vida la que me devuelve constantemente los “pequeños héroes” que necesito para trasladar a la televisión o la radio. Yo soy un eterno curioso, un “chusma” de nivel, un buceador y fotógrafo que transporta imágenes al papel. Creo que, sobre todo, sé junar.

—Su provincia ostenta el nombre original de Córdoba de la Nueva Andalucía ¿Acepta que por esa posibilidad pasa el particular sentido de humor de los cordobeses?

—Puede ser un buen motor... pero ese don también tiene que ver con una geografía, con un tempo, con la siesta que, finalmente, delinean a un ser con tiempo para todo, para el amor, para el trabajo, para la familia y las charlas con los amigos, en esa relajación está el nudo del humor.

—Su figura corporal se semeja, como totalidad, a la de Oliver Hardy.

—Es que la imagen del “gordo” del famoso dúo me empujó mucho. Yo no podría decir hasta dónde no me hice este cuerpito gentil a imagen y semejanza de Oliver Hardy, ¿Sabe? Yo me devoraba sus películas, “El Gordo y El Flaco” eran mis ídolos. Mas, creo que accedo al gag visual viéndolos y copiándolos a ellos dos. Cuando vi por primera vez el filme Quesos y besos sentí en mi cuerpo que por allí pasaba mi vocación. $\square$

Zully Pinto

Foto: Alejandro Cherniavsky



#ArchivoPIETRO: Adios, punks, adios (1990)


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NOSTALGIAS

Adiós, Punks, adiós (Clarin Revista, Julio, 1990)

Aparecieron en la década de los 70, ferozmente enfrentados a la sociedad contemporánea. Su protesta sin esperanza se metió en la música, en la moda, en las costumbres, en el lenguaje. Amenazaban con destruir todo. Pasaron algo menos de veinte años. ¿Qué son hoy los punks: curiosidad, vigencia, nostalgia?

Estaremos viviendo una ola de nostalgia por el movimiento punk? –se pregunta el periodista norteamericano J. D. Considine, de The Baltimore Sun–; en principio, la idea suena a una contradicción en sí misma: ¿cómo puede ser evocado con nostalgia el movimiento más inconformista, más destructor del pasado que produjo el rock? Sin embargo algunos hechos parecen irrefutables.”

Los “hechos” a que se refiere el comentarista musical norteamericano son el resurgimiento, el año pasado, del conjunto Buzzococks; el renacimiento de los Damned (la banda que realizó, en la década del '70, el primer registro punk), y la reaparición de los Sex Pistols. Además –subraya Considine–, por todas las disquerías están apareciendo reediciones de viejos álbumes de los Killing Joke, de los Stiff Little Fingers, y de Richard Hell and the Voidoids. Sin hablar de ediciones retrospectivas de los Ramones, The Clash y Wire. “Y más –agrega el crítico–: la nueva industria del video está lanzando viejas filmaciones de todas esas polémicas bandas.”

EMPEZAR DE NUEVO

Ante el hecho indiscutible, solo cabe preguntarse: ¿por qué este resurgimiento de una corriente que, más allá de sus teatrales “poses” revolucionarias, no parece haber aportado demasiado a la música popular de la nueva juventud cosmopolita? ¿En qué se basa su irresistible y recurrente atracción que, como la del viejo anarquismo, seduce periódicamente a importantes fracciones de la juventud rebelde?

“¡Nada de Elvis, los Beatles o los Rolling Stones! –exclama el hombre joven que ya ronda los 30 y exhibe todos los distintivos exteriores del movimiento punk–; lo nuestro ha sido siempre la revalorización de lo más puro que produjo el rock. Nos interesa el movimiento, no sus estrellas”, y subraya despectivamente la última palabra.

En una de las disquerías del Village, el barrio intelectual y rebelde de Nueva York, algunos adolescentes que evidentemente no conocieron de cerca el movimiento punk se mezclan con estos jóvenes mayores, que mantienen vivo el espíritu de rebeldía de los '70. “El movimiento punk jamás abandonó sus ideales de revolución –sigue diciendo quien parece ser el jefe del grupo–; incluso algunas famosas bandas aceptaron nuestro desafío y resultaron beneficiadas en el proceso revulsivo provocado por nosotros: tal el caso de Who, en 'Who are you'; o de los Rolling Stones, con 'Some girls'.”

Con su camiseta andrajosa, sus pelos parados y sus zapatillas llenas de flecos, Tony (se niega a declarar apellido) parece resumir todo el orgullo altivo de una generación que rechazó los éxitos comerciales en nombre de sus principios de pureza; esto, en una sociedad (la norteamericana) donde todo empuja al individuo hacia el logro de los bienes materiales.

“Durante un momento nuestro movimiento funcionó –masculla Tony con cierto dejo de amargura–; parecía que nuestros valores: más fuerte, más rápido, más simple, iban a lograr imponerse sobre el virtuosismo de los conjuntos más sofisticados. Pensábamos que el entusiasmo y la sinceridad de nuestra juventud rebelde –subraya– iban a poner de rodillas a todo el establishment del rock. Sin embargo, el punk no cambió nada en definitiva. No importa. Siempre estamos listos para empezar de nuevo”.

LA NOSTALGIA DE LO NO VIVIDO

Algunos de los adolescentes, casi niños, que rodean a Tony prácticamente no habían nacido cuando estalló en el mundo el movimiento punk. Sin embargo, parecen haberlo incorporado ya a sus vivencias más íntimas.

“El punk no es solo formas exteriores –interviene David, un rubiecito desteñido a quien apenas le está apuntando el bozo–; no es solamente borceguíes, símbolos y pelos teñidos. Como dice Tony, lo nuestro es, en definitiva, la reinvención del mundo. Y aunque estemos aprendiendo mucho de ustedes, tu generación no significa nada para nosotros –dice mirando muy seriamente a su maestro–; somos nosotros los que ahora ocupamos el centro del mundo”.

A pesar de la insistencia en querer diferenciarse, hay una evidente búsqueda de modelos en la actitud de estos niños que añoran con todas sus fuerzas lo que jamás conocieron. Parecería ser la recuperación de la fuerza primordial de la vida, sincera actitud vital que estos adolescentes de los '90 solo reconocen en algunas pocas generaciones que los precedieron, como el movimiento punk de los '70 o –mucho antes– la generación beat del escritor Jack Kerouac.

Al menos, este parece ser el enfoque que le da al problema el crítico Considine.

Resulta contradictorio, para el crítico norteamericano, el hecho de que una música tan llena de esperanzas en las posibilidades de cada aficionado sea, al mismo tiempo, un movimiento tan definitivamente desesperanzado en todos los valores hasta ahora aceptados por la humanidad. “No future, no future for you: Para ti no hay futuro alguno”, repite como una cantilena el eslogan acuñado por los Sex Pistols. “Esto coincide con la insistencia de Richard Hell al hablar de una Blank generation, una 'generación vacía' –agrega–; es como si la destrucción de todos los valores consagrados y aceptados hasta ahora fuera el prerrequisito necesario para que finalmente aflorara la verdad. Es –subraya– como si el movimiento punk hubiera hecho suya la apocalíptica consigna de Malatesta, el célebre pensador anarquista: 'Destruyamos, destruyamos, hasta que quede lo indestructible'.”

Para Considine, sin embargo, aun cuando la ideología transmitida por el movimiento punk expresa un tremendo descreimiento en los valores habitualmente aceptados por Occidente (recuerda, por ejemplo, el 'I'm so bored with the USA: Estoy tan aburrido de los Estados Unidos', por The Clash, y la famosa burla de los Sex Pistols al himno 'God save the Queen' de la monarquía inglesa), el movimiento renovador de los años '70 transmitía, al mismo tiempo, una inmensa fe en la fuerza galvanizadora y transformadora de la música y, particularmente, del primitivo rock'n roll.



"Por eso es una música que se presenta siempre tan arrolladoramente omnipotente –subraya–; por eso aparece tan sinceramente airada, tan inconteniblemente justiciera."

EN LA COSTA OESTE
San Francisco, el centro cultural y contestatario de la Costa Oeste de los Estados Unidos, es otro lugar propicio para el renacimiento de la sorprendente vitalidad punk.

"Sí, muchos elefantes blancos del rock salieron beneficiados con nuestra revolución –responde George, un cuarentón que toca el bajo eléctrico en un sótano lleno de humo, a pocas cuadras del puerto de San Francisco–; los Rolling y los Who salieron fortalecidos, mientras nuestros grupos tuvieron que desbandarse. Por eso, aunque aparentemente sarcástica, Poly Styrene expresó nuestra verdad cuando gritó hace unos años: 'Ya no soy más que un cliché'."

Sheila, la amiga de George, se acerca para terciar en la polémica. "Pero eso no significa que el movimiento punk haya estado equivocado en todo lo que defendió, o que el espíritu del '77 deba ser olvidado –afirma–; queda, como testimonio, la increíble fuerza de todo lo grabado en esos años. Y queda sobre todo el renacimiento del punk en las nuevas generaciones, que retoman las viejas banderas como verdades que siempre merecen ser revitalizadas."

Parece comprobado, de costa a costa, el renacimiento del viejo punk. Una pregunta flota, todavía. ¿Merece este renacimiento ser catalogado como nostalgia?

¡NO GRACIAS!
Tanto los viejos como los nuevos punks se niegan a aceptar la romántica denominación. "Más que evocar nostálgicamente los viejos logros del movimiento –responde David, el imberbe rubiecito neoyorquino–, de lo que se trata es de retomar en nuestras manos las banderas renovadoras que el espíritu del '77 levantó bien alto. Recordar qué quiso ser; qué pudo haber llegado a ser aquel movimiento que desafió a los valores comercialmente consagrados en nombre de la vitalidad más sincera. No somos simplemente destructores de todo lo pasado –subraya–; lo que queremos destruir son los falsos ídolos, los valores aceptados sin análisis, la reverencia por la reverencia misma. Para que brote, con toda sinceridad, el espíritu de la música que todos llevamos dentro."

David, sentado frente a su batería, se dispone a acompañar a Tony, que ya empuña su guitarra eléctrica. Junto a ellos una adolescente de inconfundibles rasgos latinos, una esbelta Joan Báez que evidentemente no ha cumplido todavía los 18, empieza a marcar en el bajo un ritmo monocorde. "No se trata de tirar a la basura toda la música anterior a nosotros –sintetiza Tony–; simplemente, se trata de empezar de nuevo". □


La eterna vuelta a la simpleza
J. D. Considine trata de explicar la esencial vitalidad del movimiento punk, que lo lleva a convertirse en la recurrente pasión que arrastra a cada nueva generación insatisfecha que aparece en el panorama musical de los pueblos de habla inglesa.

"La simplicidad es lo que permanece –subraya–; si ahora escuchamos, por ejemplo, un registro como 'Holidays in the sun', realizado por los Sex Pistols en 1977, observamos que lo que entonces nos parecía un audaz ataque rítmico hoy se nos presenta como un acompañamiento totalmente común, hasta casi mediocre. Pero es la economía de medios lo que caracterizó a la revolución punk –insiste–; con combinaciones rítmicas y armónicas que cualquiera puede tocar, el punk logró una música que arrastró a multitudes con una suerte de rock primitivo que, al rechazar la ornamentación y la elaboración excesivas, democratizó esta música precisamente nacida para ser vivida por todos. Esto, y no solamente su rechazo de los privilegios y las desigualdades generados por el poder político y económico, es lo que permite comparar al punk con el anarquismo, otro viejo movimiento que renace cada vez que una nueva generación reinicia la búsqueda de las verdades de siempre."

Como el anarquismo, también el punk intentó acortar distancias, borrar las fronteras que siempre separaron al espontáneo aficionado de la gran estrella; en definitiva –compara audazmente el crítico musical– al hombre de Dios. "Por eso –explica– algunos viejos registros punk suenan como la revolución que el mundo conoció inmediatamente antes de los Beatles, como algunos de los más espirituales reggae que nos hizo escuchar Ravi Shankar antes que los muchachos de Liverpool los transformaran en el 'Sargento Pepper'."


#ArchivoPIETRO: TAMARA una pasión porteña (1990)

 

Transcripción de texto con Gemini IA

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TAMARA una pasión porteña

Una mansión ubicada en el barrio de San Telmo es el escenario de un acontecimiento singular: allí se representa la historia de amor entre Tamara de Lempicka y Gabriel D'Annunzio. Ella (pintora de gran fama y talento, musa del art decó) fue una mujer de vida fogosa y belleza devastadora, que cobra insospechada vigencia. Su única nieta vive en Buenos Aires y contribuye a reconstruir la historia de la artista.

(Pie de foto): Cira Caggiano caracterizada como Tamara de Lempicka —a quien representa en la obra recientemente estrenada en Buenos Aires— junto a Victoria Foxhall de Doporto, nieta de Tamara, quien ayudó a reconstruir la historia de la artista.

Columna 1

Cuando quiso representarse a sí misma lo hizo a bordo de un rutilante Bugatti verde, ceñido el pelo rubio por un casco y más audaz que nunca la mirada de sus ojos también verdes. Ese claro símbolo de apelación a la libertad, la arrogancia y la audacia, sintetiza la parábola vital de Tamara de Lempicka, una pintora de los años veinte que se convirtió por entonces en el ídolo de París. Su vida fue rica, tumultuosa, transgresora. Nacida en Varsovia entre fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte, sus biógrafos nunca se pusieron del todo de acuerdo sobre su edad exacta (nació en 1898 o en 1902). "Siendo yo muy chica, Tamara se enojaba cada vez que le preguntaban cuántos años tenía", rememora ahora Victoria Foxhall de Doporto, nieta de la artista.

Pero más que la precisión cronológica importan los hechos puntuales. "Mi abuela fue una gran pintora, no una pintorcitas de moda", reivindica Victoria, quien vive en Buenos Aires.

El tiempo le ha dado la razón. Los cuadros de Tamara se encuentran representados en los más importantes museos del mundo —el Museo de Orleáns, el Petit Palais de Génova, el Museo Pompidou de París, entre otros— y una de sus obras acaba de alcanzar precios récords en Sotheby's de Nueva York, en cotizaciones que ya rozan el millón de dólares. Una vista de la reproducción de algunas de sus piezas permite vislumbrar los valores esenciales: los ricos volúmenes, la influencia cubista convenientemente decantada, el manierismo que cultivó durante sus largas estadas en Italia. Son notables los contrastes entre las actitudes de sus modelos (que parecen esculturas) y los accesorios exteriores que confirman el clima de lujo y voluptuosidad de la época. "Los hombres muestran trajes bien cortados, elegantes esmoquin, brillantes uniformes —señala el crítico Giancarlo Marmori—, mientras que las mujeres exhiben enormes escotes, guantes de gala, románticos sombreros." Tamara llega todavía más lejos e incluye toques geométricos que son la inevitable concesión al art decó, que habría de reconocerla como su máxima sacerdotisa. Pero además de una obra que fue trascendente, la muchacha nacida en Varsovia construyó otro personaje fundamental: ella misma. No dejó que nada la apartara de sus proyectos. A los quince años conoció a un aristócrata ruso: Tadeusz Lempicki, de quien se enamoró a primera vista. "Creo que fue el único hombre que realmente amó en su vida", asegura su nieta. El romance de Tamara Gorska (su apellido de soltera) y el capitán del ejército del zar terminó en boda. Se casaron en 1916 en plena guerra mundial y en 1917, al estallar la revolución rusa, Tadeusz cayó prisionero. Tras peripecias de todo tipo, su mujer consiguió su liberación. "Ella ayudó a ponerlo en libertad", comenta Victoria. "Después fueron parte de la gran comunidad de emigrados rusos y polacos que vivían en París, pero mi abuelo nunca se adaptó al medio ni consiguió insertarse en la sociedad de aquel tiempo."

El ruso nostálgico y derrotado poco tenía que ver con la personalidad enérgica de Tamara, que decidió seguir adelante con su propia vida. Estimulada por su hermana Adrianne, brillante arquitecta, empezó sus estudios de pintura con André Lothe y Maurice Denis. Representante número uno del art decó, que realizó su obra en la primera mitad del siglo, Tamara "se coloca fuera del tiempo a través de su arte", según considera Germain Bazin, ex curador de la Sección Pintura del Museo del Louvre (París). Pero esa obra "fuera del tiempo" incluye inmediatas referencias a los gustos de la época que explican su éxito. La gran trascendencia de Tamara abarca un período relativamente breve: la década que va entre los años 1925 y 1935, la de los años locos, la del furor del art decó que reemplaza con su geometría a los blandos diseños florales que fueran las características del art nouveau, su inmediato antecesor.

Amor en vivo y en directo

La residencia Bullrich, una mansión finisecular del barrio de San Telmo, fue el lugar elegido para reconstruir Il Vittoriale degli Italiani, que fuera el lujoso lugar de confinamiento del poeta D'Annunzio. La ambientación, a cargo del arquitecto Eduardo Morea, reconstruye el lujo barroco, a tono con la obra del escritor y pobló el lugar con preciosos muebles de maderas frutales y metros de telas suntuosas como rasos, brocados y terciopelos. En ese escenario rutilante tuvo lugar el galanteo de D'Annunzio hacia la bella artista que ella alternativamente estimuló y rechazó, aunque en cartas posteriores al poeta le hablaba de su amor y de la pasión que la hacía "arder" al recordarlo. En la obra de teatro, una aproximada reconstrucción, se desarrolla el episodio del encuentro entre D'Annunzio y Tamara de Lempicka con el trasfondo de otros hombres y otras mujeres enlazadas al mundo erótico-sentimental de D'Annunzio.

La obra, que se dio por primera vez en un Festival de Teatro en Canadá, no se sujeta al ritmo tradicional. La acción se va desarrollando en distintos cuartos de la casa y el público va siguiendo a su personaje o personajes preferidos en los distintos ambientes, lo que presupone distintas lecturas. O sea que cada persona tiene una visión distinta, según sea el protagonista elegido.

FIN Y PRINCIPIO

La relación con su marido está definitivamente rota y Tadeusz la dejará finalmente por otra mujer. Durante el intervalo, que duró hasta su segundo matrimonio con el barón Kuffner, la artista anudó infinitos amores. "Sin embargo —opone su nieta— pienso que esas historias de amor deben haber sido bastante insignificantes. Para ella el trabajo era la meta principal de su vida, pienso que debe de haber cerrado un poco la puerta al amor."

Fue su magnífico retrato del doctor Boucard (inventor del lacteol, una suerte de leche en polvo) el que la eleva definitivamente a la fama. El "Tout París" quiere ser retratado por Tamara, comienzan a desfilar por su estudio los personajes más prominentes de la época. La belleza y la elegancia de la artista pasan a ser proverbiales, alrededor de ella las personalidades "evolucionan como planetas alrededor del sol", según describió un crítico de la época. Sus vestidos, sus ojos, sus joyas, sus largas manos terminadas en larguísimas uñas rojas, impactan por igual a hombres y mujeres.

En plena gloria viaja a Italia. Quería vincularse con el conde Emmanuel Castelbarco, dueño de la Galería Bottegia di Poesía de Milán. Empieza a exponer, la sociedad italiana sucumbe ante su encanto, los aristócratas piden ser retratados por ella. Cuando la conoce el famoso escritor Gabriel D'Annunzio, el flechazo es instantáneo. Compra todos sus cuadros y le pide se traslade al Palacio del Vittoriale, un suntuoso refugio al que lo confinara Benito Mussolini, para ser también pintado por ella.

LA HISTORIA DE UN AMOR

Allí empieza una historia de amor, de atracciones y rechazos, que sirve de base a la pieza Tamara, que ahora se está presentando en Buenos Aires.

"La obra —dicen Carlos Furnaro y Pablo Sodor, productores de la puesta argentina— se dio por primera vez en Canadá. Fue escrita por John Krizanc, que tomó la visita que Tamara hizo a D'Annunzio en su palacio Vittoriale para urdir una atractiva trama.

Las contingencias de la relación entre la pintora y el escritor, ya decadente, admiten varias lecturas. La actriz Cira Caggiano, que encarna a Tamara, se atreve a conjeturar que aquella pudo haber sido una historia de encuentros y desencuentros. "Claro que para Tamara debe haber sido importante sentirse cortejada por D'Annunzio,



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era un escritor famoso, amado por las mujeres más importantes de la época. Pero también hubo un rechazo, ella era una mujer fuerte y no quería ser destruida por él como le había sucedido a tantas otras.” Tamara quiere demostrar que es capaz de resistirse a un hombre como D’Annunzio. Y huye del Vittoriale sin pintar su retrato. Pero el sentimiento persiste. Desde París le escribe cartas apasionadas. “Usted dice: yo sé que pensar en mí la hace arder. En efecto, ardo, ardo, ardo.” Pero agrega también. “Por el momento no pienso ir al Vittoriale.” El amor no lle-ga a consumarse y Tamara admite muchos años más tarde: “No debía haberme negado”.

No vuelven a verse. En 1933 Tamara de Lempicka contrae matrimonio con el barón Raoul de Kauffner, dueño de ricas posesiones en Austria y Hungría. En uno de sus rasgos de carácter y audacia, persuade a su esposo que venda sus bienes y deposite el dinero en Suiza y en los Estados Unidos. La decisión es sabia: cuando el nazismo empieza a levantarse en Alemania, los Kauffner ya están instalados en los Estados Unidos, a salvo de los 

zarpazos del terror. Viven un tiempo en Hollywood, donde compran una casa que había pertenecido al director King Vidor, se relacionan con las estrellas de la época como Dolores del Río, Tyrone Power, Greta Garbo. A pesar de su conocida frivolidad, en los años cuarenta Tamara ofrece uno de sus cuadros a la Asociación Freedom Speak, de luchadores por la libertad. El mismo año organiza una fiesta de beneficencia para la British American Ambulance Corps. Pero el drama no era su estilo. Prefería más las fiestas fastuosas y extravagantes, los vestidos firmados por los grandes de la época y disfrutar de todo lo que ofrecía la vida.


PALIDO FINAL

El art decó dejó de interesar y la gloria de pintora de Tamara empalideció. Siguió siendo audaz, extravagante, todavía bella. Cuando su marido murió, en 1962, el golpe fue muy rudo para ella. En busca de afecto visitó a su hija Kizette, perpetuada en tantos cuadros. Entabló una buena relación con su nieta Victoria. “Lo nuestro iba más allá del vínculo familiar. Para mí, una chica que vivía en Texas, un lugar casi provinciano, la abuela era una imagen llegada de otro mundo. Me llevó a Europa, me hizo conocer los museos.”

Los años transcurren, implacables. Tamara intenta volver a pintar los viejos temas, pero ya no le responden la vista ni las manos, que inician un leve temblor. Siempre maquillada y enjoyada, conoció al escultor mexicano Víctor Manuel Contreras, cuarenta años más joven que ella, quien se convirtió en su última compañía. Él asegura que siguió tomando champaña hasta casi el último minuto de su vida, cuando era ya casi una caricatura de sí misma. Pidió que sus cenizas fueran esparcidas sobre el volcán Popocatepetl como en un misterioso rito azteca. Fue Contreras el encargado de cumplir su última voluntad.

En la obra teatral que la evoca, Tamara de Lempicka vuelve a estar misteriosamente viva. Queda para siempre en el misterio, el juego de atracciones y rechazos que la unió y la separó de D’Annunzio. Mientras las sombras caen sobre el luminoso piso de Belgrano donde entre recortes y fotografías Victoria Foxhall de Doporto acaba de evocar al querible fantasma de su abuela, dice casi para sí misma: “Él la llamó la ‘Donna d’oro’; creo que es un misterio el sentimiento que D’Annunzio despertó en ella. Pero sé que la prenda de amor que él le regaló –un anillo pesado de plata y topacio para ser usado por una mujer fuerte–, permaneció en la mano de Tamara hasta el mismo día de su muerte. Ella tenía muchas joyas, pero me atrevería a decir que fue la alhaja que más quiso. Siempre elogiaba el gesto más romántico de él: cuando al mando de una pequeña escuadrilla que había montado voló sobre el Fiume y la Venecia Giulia arrojando volantes en los que reclamaba que esas regiones volvieran a anexarse a Italia”.

Durante largos años, las sombras envolvieron la figura de Tamara de Lempicka. Había que llegar a 1972 para que la Galería de Luxemburgo organizara en París una retrospectiva de la obra de la artista para que la atención del mundo se volcara otra vez sobre ella. Empezaron a revalorizarla libros y piezas de teatro y el mundo supo, otra vez, que Tamara de Lempicka existía. Hoy vive en Buenos Aires. $\square$

Diana Castelar

Fotos: Alejandro Cherniavsky



#ArchivoPIETRO: Villordo cuenta la vida de "Manucho" con afecto, admiración y tacto para decir lo más escabroso (1990)

 

Transcripción de texto con Gemini IA

LIBROS

Amigos del alma

Villordo cuenta la vida de "Manucho" con afecto, admiración y tacto para decir lo más escabroso (1990)

Por VICTORIA VERLICHAK

Le hubiera gustado vivir bien en el Renacimiento pero a Manuel Mujica Lainez (1910-1984) le tocaron otros tiempos que igual supo disfrutar. Misteriosa Buenos Aires, La casa, Bomarzo, El laberinto, son algunos de los textos por los que el escritor será largamente recordado.

Oscar Hermes Villordo (63) abordó con cuidado y erudición la vida y obra del mundano y mordaz escritor en Manucho. Una vida de Manuel Mujica Lainez. Aunque fueron amigos, Villordo no es promiscuo pero tampoco adopta una distante frialdad.

"Es una crónica. Yo no quise estar adentro. Estuve investigando dos años y uno escribiendo. Conté con la generosidad de los amigos, que me permitió ver las cartas de Manucho, y pude asomarme a un álbum donde él anotaba sus impresiones y pegaba fotos", dijo a NOTICIAS el autor, y también periodista, antiguo colega de Mujica Lainez en La Nación.

El que retratara tan bien a la clase alta, quizá —según Villordo— "el último personaje literario de Buenos Aires", estaría contento con la semblanza que el cronista trazó. Por lo menos tanto como su hija Ana, quien se maravilló ante la fina percepción y la fidelidad a los hechos de parte del narrador.

La biografía arranca lenta y tiene un inicio poco feliz: la muerte, el funeral. Más adelante el texto se lee como el quién es quién del tout social y cultural (variante La Nación) de Buenos Aires y París. No es que Villordo quiera fatigar, son las tías, los parientes, los amigos, el ambiente y la actividad mundana del escritor desaparecido lo que abruma.

Las páginas dedicadas a su obra y la lectura crítica de sus libros más importantes son un valioso aporte a la aún escasa bibliografía consagrada a ese gran seductor y notable escritor que fue Manucho.





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