Norma Morandini

Periodista, escritora. Cambié la pluma por la tribuna. Convertí la vocación pública de la periodista  por la participación política. Ingresé como candidata independiente en el Frente Cívico de Córdoba, fui diputada, ahora soy senadora. Como no puedo despojarme de esa doble condición de cronista y legisladora pretendo integrar en esta página a la funcionaria que tiene la obligación de hacer pública sus funciones con la cronista que puede narrar el quehacer parlamentario como periodista. Pretendo una página-diario que elija lo importante sobre lo interesante: lo que el periodismo perdió desde que se convirtió en espectáculo.


Historia de vida

La difícil tarea de contar quiénes somos, mezcla de invención, deseo y descubrimiento que nos lleva la vida.

Hice de la escritura mi profesión. Escribo como cronista todo lo que vivo como protagonista. Sin embargo, no puedo vencer la sensación de estar colgada en un muro cuando se trata de exponer trabajos o ideas en la red. Tal vez, porque me deja perpleja la odiosidad que corre suelta cuando se escuda detrás del anónimo de una pantalla.

Prefiero el encuentro franco de los que pueden mirarse de frente. Pero disfruto, también, de esa comunicación de ideas, sentimientos a los que propende la red, sin las distracciones que, a veces, provoca el frente a frente.
Encontrarán aquí todo lo que escribo, publico, y sobre todo, lo que estoy obligada: mi trabajo como legislativa.

Soy periodista, escritora, una cronista del tiempo que me tocó vivir. Tiempos de oscuridad, en la feliz expresión del poema de Bertold Brecht a los hombres del futuro. Porque tuve veinte años en los setenta, siento que pertenezco a una generación que al igual que los alemanes del nazismo deben pedir clemencia a las generaciones venideras por el desquicio que dejamos como país. Pero, también, deben ser clementes si piensan del tiempo que se salvaron. Tiempos de miedo que convierte lo humano en un remedo de humanidad.

Soy rebelde y curiosa. Si la rebeldía fue un impulso en la juventud, hoy ambiciono mantener la curiosidad sobre lo que me sigue conmoviendo, las cuestiones humanas.

Pertenezco a la gran familia del dolor: Dos hermanos desaparecidos y una madre que transformó ese dolor, creció sobre ella misma, y con su pañuelo blanco construyó para todos espacios de justicia y libertad.

Paradójicamente el exilio, que es un despojo, me dió lo que tengo, la jerarquía como periodista. Yo que había salido de Argentina sin nombre porque las mujeres entonces no podíamos firmar, regresé como corresponsal de la revista española Cambio 16, una de las mas emblemáticas de la transición española.

Si primero debí reconstruir el pasado de terror, luego me pasé varios años indagándome sobre las razones de lo que nos pasó, ahora, creo que los argentinos de manera colectiva debemos decidir qué queremos hacer con esa tragedia colectiva que fue la dictadura. Si permanecer en la venganza y los desencuentros o en base a la verdad y la justicia restituir lo que fue violado, la convivencia democrática.

Vivo como una inmolación la muerte de mis hermanos como la de todos los que fueron víctimas de ese tiempo en el que una muerte se vengaba con otro cadáver: ellos murieron para que los argentinos entendiéramos la importancia de vivir en democracia. Ese es mi compromiso. 

Fuente: Pagina Oficial de Norma Morandini http://normamorandini.com.ar/

Material disponible en Biblioteca LGTBI de Norma Morandini
Libros:

Catamarca
Planeta - Argentina - 1990


Recuerdo que hace mas o menos diez años atrás solía verla en la tele, en su programa PARADOJAS. Me gustaba escucharla. Su discurso a favor del Matrimonio Igualitario fue uno de los mas conmovedores. Por eso, hace unos días, cuando en una librería me encontré con este libro de Norma Morandini, quise traerlo para la Biblioteca. Y porque en el narra un triste episodio de nuestra Historia. 
                                                                                             Pietro Salemme 

Tomado de su pagina web: Este libro nació como un reportaje. Terminó como un ensayo. No me siento escritora, apenas una cronista que busca trasponer la inevitable superficialidad a la que nos condena el trabajo periodístico. Definidos por su fugacidad, los diarios encierran una extraña paradoja: un día después son inútiles, cien años más tarde, un documento- ¿O acaso, existe algo más inservible que un diario viejo? Se utilizan para envolver huevos, rellenar carteras vacías o proteger delicadas piezas de una mudanza. Archivados, en cambio, se tornan poderosos, mitifican la historia.

Tal vez, por eso, los periodistas, en general, no escribimos libros. Contamos historias diarias, condenadas a la fugacidad. Porque ese es el destino de los diarios, definidos precisamente por esa velocidad. Los que sobreviven se decoloran en los archivos a la espera del investigador que inmortalice aquel origen efímero. Entonces, aquella historia aparentemente banal, superficializada por la urgencia del trabajo diario, regresará jerarquizada en un libro, no ya de la mano de un periodista, sino de la del escritor o ensayista que elaboró sus escritos sobre la base de los archivos periodísticos.

Enviciados, también, por esa respuesta igualmente veloz a la que nos condena la información cotidiana, nunca resta tiempo para la reflexión o la indagación profunda de los procesos que describimos. No es usual que seamos nosotros, los periodistas, quienes nos detengamos en la interpretación de aquellas historias, desentrañando lo oculto: miedos y prejuicios, sentimientos de esperanza o resentimientos escondidos en los comportamientos colectivos.

“Cuando el tirano cae, su poder termina. Cuando la víctima muere su poder empieza”.
Esta frase corona el libro Catamarca, una crónica-ensayo sobre un feudo de provincias, dominado por el nepotismo y puesto al desnudo por el crimen de María Soledad Morales, una casi adolescente asesinada por los hijos de las familias del poder que se convirtió en la metáfora mas odiosa del país, la que de alguna manera anticipó esa lacra contemporánea, el tráfico de personas, esas jovencitas seducidas y engañadas por el primer cretino que les ofrece fama o dinero. El libro reconstruye no sólo la tragedia de María Soledad si no esa conmovedora expresión popular de las marchas del silencio, que terminaron con el gobierno familiar de los Saadi. Una saga de mujeres, liderada por la monja Marta Pelloni, directora del Colegio del Carmen y las compañeras de María Soledad.



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