Rodolfo Araoz Alfaro

Villa Del Totoral (Córdoba/Argentina).
Foto: Alma Toranzo
Un anfitrión militante y exquisito
Por Jorge Camarassa (Fuente)
No hay cruces en la tumba de Rodolfo Aráoz Alfaro en el cementerio de Villa del Totoral. Apenas una lápida horizontal de granito, bajo una tipa que le da sombra, en la que un picapedrero prolijo ha grabado su nombre y una fecha: 3 de noviembre de 1968.

Aunque hace casi 40 años que Aráoz Alfaro murió, su sola mención todavía desanuda pasiones en el pueblo. En el interior de las casonas frescas y en las mesas del bar frente a la plaza, se discute sobre sus ideas y sobre sus mujeres mientras la villa, 80 kilómetros al norte de Córdoba por la ruta 9, no acaba de despertar de una siesta comatosa que la asfixia.

Hoy en Totoral ya casi no hay indicios materiales de la presencia de ese hombre. Sólo quedan la que fue su casa y las fotos y las cartas que guarda su amigo Felipe Crespo. Pero campean, en cambio, su memoria y el recuerdo de las visitas que recibió: Pablo Neruda, Rafael Alberti y María Teresa León, David Alfaro Siqueiros, León Felipe, Joan Miró...

Rodolfo Aráoz Alfaro, ese anfitrión exquisito, tuvo una vida novelesca. Había nacido en Tucumán en 1901, con un sello de cuna: era el único hijo varón de Gregorio Aráoz Alfaro, médico eminente, fundador de la pediatría y tisiólogo, y aquella condición hubiera debido marcarlo.

Con el tiempo, sin embargo, el joven comenzaría a establecer sus diferencias: el hijo de tisiólogo se enfermaría de tuberculosis, el hijo de médico se recibiría de abogado, y al final se haría marxista leninista en una familia de devotos de Mitre.

A la muerte de su padre, en 1955, le quedarían en herencia la María Celina, una estancia de 3.300 hectáreas cerca de Villa del Totoral, y una casona inmensa en las afueras del pueblo.

Sería allí, entre las anchas paredes de esa casa, donde iba a despuntar las tres pasiones que le consumirían la vida: las mujeres, la militancia y la caza mayor. En ese orden.

Mujeriego empedernido y comunista practicante, en las décadas del ’40 y el ’50, Rodolfo Aráoz Alfaro era el apoderado general del Partido Comunista argentino, un cargo que le valía el dudoso privilegio de ser detenido siempre antes que los demás. 

Había llegado al marxismo desde el socialismo romántico de Alfredo Palacios, donde había comenzado a militar, y su fe de agnóstico se había templado en las oscuras cárceles del peronismo, que más tarde lo empujaría al exilio en Uruguay.

Culto a la europea, refinado, bon vivant, Aráoz era un comunista sui generis. Dictaba cursos de materialismo histórico y dialéctico en las escuelas del partido, pero vivía en un piso de la avenida Quintana, en La Recoleta porteña, y hasta su muerte iba a conservar la estancia y la casa de El Totoral, por donde pasaría buena parte de los exiliados culturales que en esos años de guerras llegaban a la Argentina.

En 1940, huyendo tras la derrota de la República española y atormentado por el fusilamiento de su amigo García Lorca, iba a inaugurar la serie Rafael Alberti. El poeta había llegado a Buenos Aires indocumentado y con su mujer de entonces, María Teresa León, y los siguientes cuatro años los viviría en la casa de Aráoz Alfaro.

Para el autor de Marinero en tierra y La cantata de los héroes, esa etapa del exilio no sería una más: en Totoral iba a nacer Aitana, su única hija, y allí escribiría Entre el clavel y la espada, un libro de poemas que incluye el famoso Se equivocó la paloma.

La coartada de un poeta

De su tránsito por aquella casa, Alberti recordará en sus memorias: “Estuve escondido en este lugar con el silencio cómplice de la gente del pueblo. Un día me llevaron a la comisaría. Cuando me pidieron documentos, dije que no tenía. Me preguntaron por mi profesión y les respondí que era poeta. Se miraron, y como los poetas somos medio locos, me dejaron ir”.

“En esa época en que Alberti estaba en la casa, la mujer de Aráoz Alfaro era María del Carmen Portela, una señora muy bien”, recuerda ahora su amigo Felipe Crespo.

María del Carmen era grabadora y escultora. Aunque tenía paciencia para piedras y cinceles, no le quedaba resto para su esposo, y se separaría de él a mediados de los años ’40. En el pueblo dicen que estaba harta de las escapadas amatorias del marido y de sus frecuentes estadías en la cárcel, y que para resarcirse pergeñó una venganza terrible: antes de irse para siempre de Totoral, hizo tapar con pintura un inmenso fresco con una escena de caza que estaba frente a la chimenea, y que algunos atribuyen al mejicano Siqueiros y otros a Joan Miró, también visitantes del lugar cada vez que llegaban a la Argentina.

En 1945, tras ser detenido en Buenos Aires durante las redadas contra quienes festejaban la caída del nazismo, Aráoz Alfaro salió de Villa Devoto estrenando pareja. Su segunda mujer era Amelia Lamazou, la secretaria del estudio jurídico que tenía en Cangallo 466 de la Capital Federal, y aunque la relación no iba a durar mucho, había llegado en un momento providencial.

Amelia se había mantenido incondicional y fiel a Rodolfo, y cuando María del Carmen lo había abandonado a su suerte, ella había estado yendo todos los días al pabellón de homosexuales y violadores del penal, donde lo tenían encarcelado, y habían terminado enamorándose.

Por esos años, la vida de Rodolfo Aráoz Alfaro transcurría entre la militancia en Buenos Aires y las escapadas a Totoral, donde despuntaba una de las pasiones que lo absorbían: la caza de pumas y chanchos salvajes en los campos cercanos al pueblo.

Crespo, su amigo, era el más joven de los que integraban las partidas. “Rodolfo era un gran cazador, casi un cazador medieval –dice–, pero tenía sus dificultades. Aunque de joven había tenido tuberculosis, nunca había dejado de fumar y a veces, durante las interminables esperas de las presas, le agarraban incontenibles accesos de tos que espantaban a los animales”.

En la casa tenía un ciervo que había bautizado Abelardo y se movía con libertad, y una colección de armas que los sucesivos allanamientos policiales, robos incluidos, fueron mermando. Crespo recuerda una anécdota: “En 1951, el gobernador peronista, el brigadier Juan Ignacio San Martín, quiso participar de una de las partidas con Aráoz Alfaro. Un día llegó al campo en su auto y cuando empezó a bajar sus armas, Rodolfo reconoció una de las escopetas alemanas que le habían robado. ‘Brigadier –le dijo–, si esa escopeta tiene unas muescas en la culata, es mía. Las muescas son por cada uno de los chanchos que maté con ella’. El brigadier verificó las marcas y, avergonzado, tuvo que reconocer que el arma se la había regalado el jefe de Policía, y todos pudieron imaginar cómo él la había conseguido”.

La casa que fuera de Rodolfo Aráoz Alfaro es hoy de la familia Agrelo (el padre, Norberto, ex presidente del comité nacional de la Ucedé; el hijo, Rodrigo, ex secretario de Gobierno de la Municipalidad de Córdoba con Germán Kammerath), y está al 1500 de la calle San Martín, casi saliendo de la Villa y no lejos de la casa que fuera de Deodoro Roca.

La casa y Neruda

Como las demás casonas de Totoral, tiene las paredes recias y frías y el aire colonial y decadente de los viejos cascos de estancia. Un parque al costado le da un aire fresco, y una galería adosada la protege del sol de la tarde. La entrada principal es un pequeño palier flanqueado por dos columnas redondas que sostienen un arco. Dicen que las construyó Pablo Neruda, quien vivió allí tres meses, entre 1955 y 1956.

A finales de noviembre de 1955, cuando llegó a Totoral, el chileno venía dolido de amor. Acababa de separarse de su mujer argentina, Delia del Carril, y Aráoz Alfaro lo había invitado a Córdoba para restañar las heridas. 

Había una larga historia entre los dos, y anfitrión e invitado eran más que camaradas. El lazo se mantendría con los años y poco antes de su muerte, cuando recordara a sus amigos argentinos, el poeta diría: “Rodolfo Aráoz Alfaro fue uno de mis más queridos amigos, también mi compañero. Hasta me tocó ser detenido e ir preso con él, lo que es en realidad una aventura impresionante para uno, y además promueve un vínculo fraternal más estrecho aun”.

Durante su estadía en la casa, en el tiempo que la dejaban libre las excursiones a Ongamira, Cerro Colorado y Tulumba, Neruda escribiría las odas Al algarrobo muerto, Al albañil tranquilo y A las tormentas de Córdoba, entre otras. También, de tanto en tanto, se sumaba a las excursiones cazadoras de su anfitrión, de las que participaba agitado, incómodo y ridículamente calzado con mocasines.

La secretaria de Neruda por entonces era una joven chilena, Margarita Aguirre, que en los años siguientes iba a convertirse en su biógrafa y en la tercera mujer de Rodolfo Aráoz Alfaro. Al principio habían estado hablando por teléfono y escribiéndose para organizar los viajes de Neruda, y al final la mujer había decidido escapar de su casa y viajar a la Argentina para conocer al amigo del poeta.

Dicen que Neruda, cuando se enteró del romance, palmoteó contento y dijo a sus amigos que él era “el buen poeta casamentero”.

Margarita Aguirre fue la última mujer de Aráoz Alfaro y la madre de sus dos únicos hijos, un varón y una nena. Al nacer esta última, de ojos achinados, el abogado le comentaría a su amigo Crespo: “Felipe, me ha nacido una hija que se parece a Balbín...”.

La pareja pasaría largas temporadas en la casa de El Totoral, y seguirían recibiendo amigos que llegaban incesantemente: Ernesto Sábato, el novelista chileno José Donoso, Deodoro Roca, Raúl González Tuñón y dirigentes del Partido como Rodolfo Ghioldi o Dujovne Ortiz.

La Biblia y el calefón

La impronta de las visitas haría que en el pueblo a la casa se llamara “El Kremlin”, y a la residencia de enfrente, de Josefina Rusiñol de Novillo Saravia, donde pasaban largas temporadas obispos y cardenales, se la conociera como “El Vaticano”.

La leyenda pretende que también estuvieron por allí el entonces joven Ernesto Guevara y Dolores Ibarruri, la legendaria “Pasionaria” española que enfrentaba al franquismo desde la clandestinidad, y que en la casa de Totoral se hicieron las reuniones fundacionales de los Tupamaros uruguayos.

Ninguna de estas cosas es cierta, y el hecho no esmerila la personalidad controvertida y fascinante de Rodolfo Aráoz Alfaro, quien viajaría a Villa del Totoral para morir de insuficiencia pulmonar en 1968. Para entonces, Margarita Aguirre ya no estaba con él, a quien había dejado para seguir a un editor argentino.

Los últimos años de ese anfitrión refinado, amante empedernido y agnóstico ferviente, los iba a ocupar en escribir. De ésa época es El recuerdo y las cárceles, editado en 1967, un libro de memorias donde la casa y Villa del Totoral respiran entre sus páginas.

Fue el postrero homenaje de Rodolfo Aráoz Alfaro, quien como última voluntad pidió ser enterrado en el pueblo. Allí yace todavía, bajo una lápida sin cruces, en el pequeño cementerio del lugar.

Su espíritu libertario, su rara impronta de bon vivant militante, en cambio, no caben en ninguna tumba.}

Material disponible en Biblioteca LGTBI de Rodolfo Araoz Alfaro:
Libros:

El recuerdo y las cárceles
(Memorias amables)
Prologo de Pablo Neruda
Ediciones de la Flor - Argentina - 1967





Esta y todas las entradas se actualizaran a medida que encontremos nuevo material.
*Si querés donar algun ejemplar faltante, no dejes de escribirnos.
*Si un link no funciona, por favor avisanos.
*Para consultar ejemplares escribinos a bibliotecalgttb@gmail.com 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Federico Klemm y Carlos Robledo Puch

Cris Miró: Los 90 en un cuerpo andrógino

El riesgo de ser homosexual en la Argentina, Carlos Jauregui en Siete Dias de 1984