Omar Carrasco: a veinte años del crimen del joven conscripto por Pietro Salemme

Una de las torturas a la que me sometió mi padre desde muy pequeño contaba en su enunciado con la profecía del Servicio Militar Obligatorio. Donde "ya vas a ver cuando te toque". Donde me haría hombre. Mi viejo fue un tano bruto, violento, machista, y probablemente con atisbo de locura. Conoció gran parte del mundo gracias a su trabajo, y entre sus anécdotas aparecía el haber sido espectador en un espectáculo de Marilyn Monroe. En aquel entonces, mi niño pensaba en el servicio militar como el lugar donde sería torturado. Si unos miserables nenes de jardín de infantes tenían la capacidad de flagelarme con insultos donde destacaban que yo no era igual a ellos, ¡con más énfasis lo harían los militares! No. Yo no quería que me tocara. No quería que la varita de una Hada me convirtiera en princesa, pero tampoco quería que una bolilla me mandara a la guerra. "La colimba no es guerra". La guerra había pasado. Malvinas fue el momento donde a la amenaza paterna se le sumo la de los medios de comunicación: mandaban chicos de catorce, quince años. Con menos de diez años había decretado que debía vivir lo mas que pudiera, porque si a los dieciocho me tocaba, debería suicidarme. Buena parte de las noches de mi adolescencia me las pasé pensando técnicas de suicidio, la otra leyendo, escribiendo o masturbándome, que en ocasiones puede ser lo mismo. 
La colimba no es la guerra. No. Y eso resultaba más desolador. En la guerra hay dos bandos, el enemigo está enfrente, es diferente a uno aunque sea por el idioma, a mas no ser por el acento. En mi colimba profética, el enemigo estaría a mi lado, compartiría las duchas, los catres, los ejercicios. Allí estaba lo siniestro. Como mi padre, el enemigo estaba en casa. Con él me batí a duelo durante casi veinticinco años, hasta que murió. En la síntesis, sus buenos gestos y bondades no logran equiparar el mal. 
El día en que se sorteaba la clase 75, mi clase era un barullo. La profesora nos había permitido poner la radio para escuchar el sorteo. Éramos una docena de varones exaltados. Y el doble de mujeres, algunas, buenas amigas mías, me rodeaban sin comprender demasiado lo que estaba sucediendo. Cada vez que a uno de mis compañeros le tocaba número bajo, se fundían en abrazos y aplausos, había quedado exento. Uno a uno fue vivado. Yo no podía siquiera imaginar que al único puto (al menos declarado) de la división le fuese a tocar. Y me tocó.  Me tocó número alto. Y luego del anuncio no recuerdo que fue lo que sucedió. 
Estaba en cuarto año. Me faltaba quinto. Entonces apareció la palabra prórroga. El personaje que era mi papá de pronto comenzó a pensar en diversos tipos de cadáveres animales para sobornar a los milicos y que me exceptuaran. Otros me sugerían romperme la pierna. Y hasta ir disfrazado de mujer. Pedí prórroga. Junto a mi mamá fuimos a los cuarteles de Ciudadela. Justo donde hoy hay un hipermercado. Hicimos una fila larguísima. Creo que era el único que había sido acompañado por su mamá. Al pabellón entré solo. Una especie de hangar con inmensas mesas de madera y bancos sin respaldo. Nos dieron planillas para completar. En la fila le había echado el ojo a un chico. Me gustaba. Me gustaba mucho. Tenía cara de bueno. Me las ingenié para sentarme frente a él. Lo miraba. Si. Ya me había enamorado. No recuerdo si cruzamos alguna palabra pero de alguna manera alcancé a ver su nombre, su apellido y la dirección postal que ponía en el formulario. Me la anoté. Y a los pocos días despaché en el correo una carta de amor. O más bien de deseo, con esa lujuria juvenil maquillada con palabras amorosas. Ni siquiera la posibilidad de compartir el Servicio Militar Obligatorio con ese carita de ángel me había hecho cambiar de opinión respecto a la remota posibilidad de hacerlo. El suicidio, para ese entonces, tenía mucha más razones y no solo la de la colimba, pero actuaba como fantasma, una fatídica sombra que años después desaparecería.
Ya vas a ver cuando te toque, me decía mi papá. Vas a hacerte hombre. Fui hombre mucho antes. Desde la emoción de la partera y  la parturienta. Me hice hombre yo mismo. Jugándome la vida ante mi peor enemigo. Ya vas a ver, ya vas a ver... Siempre supuse que lo que vería, tenía que ver con el sexo, sobre todo con el sexo. El sexo entre hombres que en esos contextos se sobreentiende, se hace pero no se habla, se ejerce transitoriamente como una función más, casi como una necesidad. Ese sexo lamentable y cobarde. Su mundo laboral era un mundo de hombres. Seguramente sabía de qué hablaba. 
Semanas después de mi pedido de prórroga el cartero trajo una carta a mi nombre. Venía de la dirección del chico cara de ángel, pero la firmaba una mujer. Aún la conservo. Me decía que ella solo le había prestado la dirección para poder hacer el trámite, no recuerdo si tenían algún parentesco o  amistad con sus padres, pero el chico no era de Buenos Aires. Al año debí volver al mismo lugar para renovar la prórroga. Mi mamá volvió a acompañarme. Carita de ángel no estaba. 
En los primeros meses de 1994 un apellido se me metería en el cuerpo para siempre. Omar Carrasco, había sido asesinado a los tres días de ingresar en la unidad militar de Zapala, provincia de Neuquén. Al comienzo se habló de deserción. Pero luego se comprobó que había sido torturado y asesinado por sus superiores. Y todo un entramado de encubrimientos fue saliendo a la luz. Para agosto de ese año, el presidente Carlos Saul Menem firmaba cómo única salida un decreto que suprimía la obligatoriedad en el Servicio Militar que a partir de entonces, sería voluntario y remunerado. Raúl Alfonsín lo había intentado durante su mandato, sin éxito. La pesadilla más espantosa, profecía paterna y de raigambre argentina se había cumplido. El chico estaba muerto. ¿Habría sido el primero? No. Seguro que no. 
Doce años después, el comandante en jefe partícipe del crimen que había sido juzgado, era destinado como embajador en argentino en Colombia.
Años antes, en 1991, el escritor Guillermo Saccomanno había publicado "Bajo Bandera", una historia de abuso de poder militar y tortura a un conscripto ubicada en el año 1969. Luego del crimen de Omar Carrasco, en 1997, el cineasta Juan José Jusid la lleva al cine. Todos pensábamos en Carrasco. 
Su muerte significó quizá la vida de otros. Es lo que suele decirse que se espera de un soldado. En este caso pareciera literal y concreta. 

Yo me salvé gracias a Carrasco. 
A veinte años de su asesinato, lo recuerdo. 
Pietro Salemme


*Esta y todas las entradas se actualizaran a medida que encontremos nuevo material.
*Para consultar ejemplares escribinos a bibliotecalgttb@gmail.com 
*Si querés donar algun ejemplar faltante, no dejes de escribirnos o ingresa en: 
 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Federico Klemm y Carlos Robledo Puch

Cris Miró: Los 90 en un cuerpo andrógino

El riesgo de ser homosexual en la Argentina, Carlos Jauregui en Siete Dias de 1984