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Cris Miró: Los 90 en un cuerpo andrógino


"Cuerpos demasiados ceñidos, demasiado perfectos. El suyo era imponente: alta, 1,85, y esa cintura de mujer incrustada en un estructura de hombre"
(Carlos Sanzol, "Hembra, Cris Miró, Vivir y morir en un país de machos")



Para muchos de nosotros los años 90 fueron los años del recorrido iniciático. El salir a un mundo, o mas bien, a una Argentina ofrecía al igual que hoy, variantes dispares dependiendo de donde uno se parara. Las noches alternativas como las de Ave Porco, ese suerte de pista carnavalesca, nada tenían que ver con las noches del conurbano donde la Movida Tropical creaba sin saberlo a santos, martires y futuros desposeídos por la fama. El tiempo parecía no detenerse. Los días eran noches, pero noches festivas. El país alucinaba bajo los efectos que provocaban el acento campechano de un presidente que parecía haber salido de Plaza Sésamo, la tinta de las revista Caras que chorreaba de ostentación y "buen vivir"  en producciones de artistas en casas prestadas. En los algunos y solo algunos quioscos la NX también chorreaba. Chorreaba semen. La NEXO, periodismo gay para todos venía a nombrarnos y a mostrarnos. Y para ello, había también que mostrar carne, cuerpos desnudos que invitaran a abrir la billetera para encontrarse con algo mas que porno. En un contexto agitado por el éxtasis, donde las individualidades comenzaban a cuajarse con otras individualidades y a formar equipos, verdaderas agrupaciones de gays, lesbianas y finalmente travestis y transexuales (porque los que nos une, nos dividía) se instala casi sin querer la figura de Cris Miro. Una morocha argentina que rapidamente perforó las fantasía de los machos apareciendo incluso como nota de tapa en la unica revista porno heterosexual del momento: la revista Eroticón. El titular decía: Cris Miró nos muestra el culo. 
Pero Cris Miró fue mucho mas. Y quizá sin pretenderlo. El libro de Carlos Sanzol, "Hembra, Cris Miró, Vivir y morir en un país de machos" da cuenta de la vida familiar, social y artística de la hembra que se parió a sí misma en mas de una oportunidad. Su figura sirve para contar una década donde comenzaron a vislumbrarse logros posteriores en el camino de los derechos LGBT. Y ese camino comenzó por la visibilización. Y si bien lo que se visibilizaba no siempre era lo pretendido por la comunidad LGTB, siempre se lo eligió a no estar visibles. Porque mostrarse era el primer paso. Era una manera de ganar terreno.
Este libro da cuenta de un puñado de años que no están tan lejos. Y que sin embargo, a la luz de las nuevas leyes, parecen inexistentes, sobretodo para las nuevas generaciones. La lucha previa siempre es un punto de referencia. Y quiza, Cris lo hizo desde ese individualismo que proponían los 90, a pesar de la fiesta continua. Porque se puede estar solo, incluso estando rodeado de personas. Ella lo hizo sin proponérselo. Se metió en las casas a través de los medios. Y la gente la siguió a los teatros. Eso no haría que las travestis fueran integradas a una sociedad que aun hoy las tiene como el chivo expiatorio, pero sin duda, algo generaría. Cris dejó una huella. Y este libro desanda esos pasos para devolver un espejo de un tiempo que siempre puede ser presente. 

Pietro Salemme Silvert


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Carlos Sanzol

CARLOS SANZOL

(1978, Bragado) es licenciado en

Comunicación Social en la

Universidad Nacional de Cuyo y

magíster en Periodismo en la

Universidad Torcuato Di Tella.

Actualmente, es subeditor en la

sección Sociedad del diario La

Nación, donde también fue

redactor especializado en Espectáculos. Trabajó como editor en

lanacion.com y como cronista en

los diarios Perfil y El Sol

(Mendoza).


Material Disponible en Biblioteca LGTBI de Carlos Sanzol:
Libros:


-Hembra
Cris Miró
Vivir y morir en un país de machos
Milena Caserola - Buenos Aires - 2016
Ejemplar donado por el autor
Ejemplar dedicado y firmado por el autor


Acá hay sexo.
Acá hay drogas.
Acá hay muerte.
Acá hay una vida.
Este libro trata sobre una vida, la de Cris Miró, la primera travesti que se hizo famosa como vedette en un espectáculo de revistas, un rol que, antes de su aparición, era patrimonio exclusivo de la mujer. En el acto de llevar la diversidad sexual al escenario y a la escena pública, y casi sin proponérselo conscientemente, contribuyó a dar cierta visibilidad a las personas trans que, por entonces, no tenían más destino que la prostitución.
Pero eso sería un conjunto de verdades a medias.
Miró fue también un símbolo de la Argentina de los noventa del milenio pasado. Su irrupción en el espacio público se entiende sólo si se tienen en cuenta los cambios políticos, económicos, sociales, sexuales y morales de un país en los abismos del fin de siglo.
La Argentina era una nación que, como Cris, trataba de buscar su identidad en un espejo que distorsionaba. Se creía en la ficción de estar en el Primer Mundo, mientras, en los márgenes, una hueste de compatriotas se asfixiaba en la miseria como consecuencia de la impunidad y la obscenidad que iban sembrando, con fruición, los machos; esos hombres que se definían por doblegar la ley y acumular dinero rápido y mal habido.
El cuerpo de Miró, paradójicamente, se convirtió en una suerte de signo que explicitó la doble moral que subyacía –subyace– en los argentinos: los espectadores pagaban una entrada para verla en el teatro, mientras el Estado, con sus leyes, condenaba a la cárcel a las otras travestis por el sólo hecho de vestir ropas que no correspondían con su género (el moralizante edicto policial de “Escándalo”).  
Al mismo tiempo que se reafirmaba este tipo de valores patriarcales en la sociedad, avanzaba tímidamente un conjunto de prácticas discursivas y políticas que ponían el acento en exigir derechos civiles para las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans. La lucha titánica de las organizaciones que las aglutinaban logró abrir una pequeña hendija, desde la que la diversidad sexual se pudo filtrar en el espacio público. Y que puede explicar uno de los motivos que hizo que Miró irrumpiera en esa esfera.
Sin embargo, nunca hubo una aceptación social plena de su figura. Los medios de comunicación y la ciudadanía expusieron los prejuicios propios de la intolerancia sexual. No en vano, cuando ella murió como consecuencia del virus del sida, el 1º de junio de 1999, la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) sostuvo: “Cris Miró tuvo la valentía de ser una persona travesti que se enfrentó públicamente a la intolerancia desde su trabajo y desde su arte. Sufrió la peor de las enfermedades: la discriminación”.
Pero todo lo anterior, también es un conjunto de verdades a medias.
Hay mucho más.
En las páginas que siguen encontrarán la historia de una persona que para construirse luchó contra sus propios fantasmas, pero sobre todo contra los deseos y los prejuicios de los otros.
Su vida, como la de muchos, fue contradictoria, dubitativa, esplendorosa, nocturna, autodestructiva, trágica y repleta de un conjunto de verdades a medias.




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