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El general tiene quien le escriba

Hace unos años, Edgardo Javier Orsino imaginó las historias de un General muy sanmartiniano y se animó a editar una historia de amor en los origines de la Patria, donde dos hombres son signados por lalibertad, el deseo y la hombría.

En conmemoración de la muerte de San Martín, esta entrada muy especial, para recordar el libro, leer un fragmento y ver algunas de las fotos de la producción de difusión del miso.














“El secreto del general”


 “…el general y yo habíamos cruzado una línea de la que no se podía volver atrás. El cruce de la cordillera fue una verdadera epopeya, digna de ser recordada con orgullo y bizarría, pero para nosotros dos no fue el único cruce…”

 

   El secreto del general es una de las primeras novelas que se atreve a narrar el romance de dos hombres en el siglo XIX. Está inspirada en célebres hechos que construyeron la historia argentina y cautivará al lector a través de sencillos y vibrantes versos, desde los cuales el soldado Marcos Montenegro cobra vida bajo la afilada visión de Edgardo Orsino. Los protagonistas mantendrán un amorío que despertará polémica, pero que al mismo tiempo, pone en relieve un tópico social cuestionado desde la época colonial hasta la actualidad. El secreto del general, una historia de amor, lucha y decisión.





Fotos

IG: @denise.giorgio
Tapa: Editorial Dunken
 






“El secreto del general” 

 “…el general y yo habíamos cruzado una línea de la que no se podía volver atrás. El cruce de la cordillera fue una verdadera epopeya, digna de ser recordada con orgullo y bizarría, pero para nosotros dos no fue el único cruce…”

 

   El secreto del general es una de las primeras novelas que se atreve a narrar el romance de dos hombres en el siglo XIX. Está inspirada en célebres hechos que construyeron la historia argentina y cautivará al lector a través de sencillos y vibrantes versos, desde los cuales el soldado Marcos Montenegro cobra vida bajo la afilada visión de Edgardo Orsino. Los protagonistas mantendrán un amorío que despertará polémica, pero que al mismo tiempo, pone en relieve un tópico social cuestionado desde la época colonial hasta la actualidad. El secreto del general, una historia de amor, lucha y decisión.





Fotos

IG: @denise.giorgio

Tapa: Editorial Dunken





Texto contratapa:

Situados en su mayor parte en las Provincias Unidas del Sur durante el siglo xix, sus personajes viven el encuentro y el desencuentro, la amistad, la camaradería y los romances en medio de guerras.

En esta novela el lector conocerá el secreto que marcó para siempre la historia de un general y su secretario, quienes vivieron ocultando su injustificada vergüenza y, por momentos, huyendo de lo que puede significar atreverse a ser. El bien y el mal se resignifican; ambos soldados buscan, a su manera, desafiar esos preceptos.



Contacto escritor: orsino.escritor@hotmail.com

Ventas y redes:

Editorial dunken: Ayacucho 357 – CABA

Facebook: @elsecretodelgeneral

Instagram: elsecretodelgral






Fragmento del capitulo 26: Cruzando la línea

“…Al día siguiente partí con mis cosas hacia Buenos Aires; debía enfrentar mi destino. Seis largos días demoré viajando, hasta llegar al viejo cuartel de Caballería. Antes de presentarme ante mi nuevo jefe, pasé una noche en el albergue donde me había alojado alguna vez.  Alquilé una pieza para pasar la noche y descansar. A la mañana siguiente, me presenté. Fui a ver al coronel Martínez de Álzaga. Me recibió amablemente; me explicó su forma de trabajar. Me preguntó sobre el cruce y le conté brevemente acerca de esa gesta. Cuando intenté darle el sobre que llevaba, lo tomó y leyó el remitente.
—Oficial Montenegro, si usted trabajó con el general y viene de parte de él, no necesito ninguna referencia suya —repuso devolviéndome el sobre.
Todavía no había llegado la misiva que había enviado él desde Mendoza.
Comencé a trabajar en mi viejo despacho. Pasaron varios meses; solo recibí una carta del general donde me saludaba por mi cumpleaños, nada más. No volví a tener noticias de él. No había ido a ver a María y su hija Mercedes, más allá de que me había invitado la última vez que la había visto. Incluso el mismo general me había encargado pasar a verlas cada tanto, pero no lo hice.
Repentinamente recibí un ascenso, por el cual comencé a ostentar la jerarquía de subteniente segundo; durante el otoño siguiente, en 1818, fui reasignado al Ejército del Norte como secretario del general Bragado, a quien había conocido junto a mi general cuando había comandado ese ejército hacía cuatro años.
Muchos años transcurrieron, y poco supe del general. Perdí su rastro por completo. Mi alma no encontraba consuelo por su ausencia y hasta las manos me dolían de tanto extrañarlo. Desde que se fue a Perú, no volví a saber nada más de él. Fui derivado varias veces a distintas unidades, así que supongo que él tampoco volvió a saber de mí.
En 1825 conocí a Isabella. Ambos éramos jóvenes: teníamos treinta años cuando nos conocimos. Ella curó las heridas de mi alma con amor, ternura y paciencia. Devolvió luz a mis oscuros y tristes días. El recuerdo del general había pasado a ser como una cicatriz vieja; no dolía, pero estaba presente.
En el verano de 1826 nos casamos y un año más tarde nació nuestro primogénito, José. Durante la primavera de 1831, fuimos bendecidos una vez más. Una mañana lluviosa de septiembre, nació nuestra segunda hija, María Soledad. Pude entender lo que me decía mi general al ver a mis hijos crecer sanos y hermosos, jugar y sonreír; al sentir que cada noche mi esposa me esperaba al llegar del regimiento. Mi hermosa familia me recibía con abrazos y cariño; comprendí la diferencia entre tener una casa y tener un hogar.  
Esa obscura y calurosa noche de agosto de 1850, estuve esperando que el sueño me venciera, pero solo llegó una húmeda y nublada mañana. Febo parecía no querer salir. Me planteé desde entonces una y mil veces por qué no había esperado, por qué me había rendido, por qué está latente en la naturaleza del hombre valorar lo que alguna vez tuvo cuando lo pierde para siempre. Lo imaginé cada otoño, al ver las calles cubiertas con hojas secas como alfombras que crujen al pisarlas, caminando por las alamedas mendocinas, mirando la caída del sol y el cálido reflejo de los árboles que alguna vez habíamos observado juntos mientras fantaseábamos con recibir ahí mismo la vejez, viéndonos envejecer el uno al otro recordando los paseos de nuestra juventud. Allí lo imaginaba, solo, con su sobretodo azul, un sombrero, el cigarrillo entre sus dedos y el humo del tabaco saliéndole por la nariz; ensimismado en aquel hermoso paisaje, sabiendo que en su mente estaba yo.
El general estuvo solo desde 1823, cuando falleció María. Si lo hubiera esperado, quizás podríamos haber ido juntos a Francia, donde nadie nos conocía. La historia hubiese sido diferente. Era tarde para ese tipo de planteos: el general ya no volvería a estar a mi lado nunca más. Y solo podría vivir recordando aquellos vívidos e intensos momentos de cuando alguna vez había sido feliz junto al gran general.”            
 


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