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13/5/26

Archivos Incompletos: Maria Elena Walsh, soy gatera

En esta nueva sección compartiré nada mas que eso ARCHIVOS INCOMPLETOS. 
Cuando compro lotes, colecciones, etc, muchas veces me encuentro con que el dueño eligió recortar y guardar no es lo que yo hubiera elegido, y quiza, justo en una carilla del recorte aparece eso que yo si hubiera guardado. 
Notas incompletas, archivos fragmentados. Algo dicen. 


Transcripción realizada con IA Gemini

—¿De modo que usted no acepta que “todo es igual, nada es mejor...”, “que el mundo fue y será una porquería”?

—No, no creo en eso. A propósito, me llamó mucho la atención algo que vi el otro día en el programa donde Horangel entrevista a Tita Merello. Allí se planteó eso de si “el mundo fue y será una porquería”. Todos coincidieron en que sí, que la frase es cierta. Yo no creo, desde luego, que todo sea rosado, maravilloso, pero me pregunto: ¿por qué necesariamente el mundo tiene que seguir siendo una porquería? Detrás de ese verso hay algo que me indigna...

—Específicamente, ¿qué la indigna?

—Que Discépolo parece decir: “todo es una porquería... menos yo”, que los malos son los otros, los demás.

—¿Usted piensa que Discépolo se engolosinó con el desastre o directamente lo vio así y se niega a endulzarlo mentirosamente?

—Creo que en Discépolo hay una especie de regodeo en lo negativo. No creo que todo tenga que ser rosa, no, pero yo me niego a entrar en el club de Discépolo, en la ins-ti-tu-cio-na-li-za-ción de la mufa... Qué palabra terrible es ins-ti-tu-tu-cio-na-li-za-ción. Lo que le habrá costado decirla a Lanusse, lo compadezco...

¿Y la gata qué se habrá hecho? Ah, sí, por ahí anda. Todavía indecisa, temerosa de los visitantes que hablan “intelectualmente” de ella. Como ahora:

—En verdad, María Elena, usted ha enumerado nada más que virtudes de los gatos. Dijo que no era “racista”. ¿Por qué no trata de decir ahora cuáles son las virtudes de los perros?

—Las virtudes de los perros... ¿Las virtudes de los perros?

—Eso, las virtudes de los perros.

—Y... yo no puedo saberlo... ¡Yo no tengo perro!

—No se escape, haga un esfuerzo y trate de reconocer alguna virtud a los perros.

—Yo no tengo nada contra los perros ni los perreros, no hagamos confusión... Lo que sí tengo bien claro es que los gateros no somos antiperros, pero los perros sí son antigatos.

La gata ahora se queda, pero quieta. Es como si no estuviera. Por eso recuperamos, por tercera o cuarta vez, el otro hilo de la conversación:

—¿Cuando usted está en el escenario, siente, digamos, las ondas de esa mufa colectiva?

—La mufa no es colectiva, es individual... Si la colectivizamos la vamos a ir perdiendo, sería una lástima.

—Bueno, le reitero la pregunta y en vez de “colectiva” le digo “generalizada”.

—Sí, generalizada es un término más justo.

—Volviendo a la pregunta: ¿cuando usted está sobre el escenario siente las ondas de esa mufa generalizada?

—No, lo que el público me transmite es alegría, afecto, afecto palpable. Es que el público del teatro es..., tiene una raíz antimufa. Donde suele emerger la mufa es en el público de café-concert; allí la actitud, el ánimo que se traduce, es otro.

—¿Se anima a definir al café-concert?

—Un café-concert es un lugar chico... donde se bebe y se paga muy caro.

—Algunos piensan que el café-concert es una propuesta a la vagancia del espectador, una forma de incentivar el menor esfuerzo, la superficialidad. ¿Qué piensa usted sobre eso?

—Pienso que el teatro es más cálido, que mucha gente va al café-concert para tomar una copa y no seguir conversando. Creo que ésa no es una buena forma de estar con los amigos. A mí me pasó una vez...

—¿Qué le pasó?

—Que fui a parar con unos amigos a un café-concert... Prefiero mil veces volver a casa con los amigos y ponernos a charlar hasta las cinco de la mañana, tratando de arreglar el mundo. La verdad es que con esas charlas lo dejamos al mundo perfectamente refaccionado, perfectamente pintado.

—¿Cree, en definitiva, que la proliferación de los café-concert se debe a una especie de plaga?

—Si son una especie de plaga bastante particular con la que se pretende culturizar y hacer la revolución desde la plataforma de lo snob, con un público duro pintado, que traduce su mufa.

—¿Y a qué se debe la plaga?

—No sé.

—Dejemos los café-concert de lado. ¿Cómo anda su “stock” de miedos?

—He superado una punta de miedos. No en vano tengo seis años de análisis. Me queda un miedo bastante original, original de origen quiero decir: es el miedo a dejar de expresarme correctamente, a no poder escribir. Este es un miedo crónico. Precisamente Françoise Sagan —para seguir con los franceses— cuenta en su último libro sobre las vueltas infinitas, los pretextos que se inventa para no sentarse a escribir, precisando alguien que la encierre. También dice otra cosa muy hermosa, que no viene al caso pero que la digo lo mismo: “Y no me olvido —escribe— de la poesía: es lo que me importa más en la vida y lo único que nunca supe hacer”.

—¿Y cómo es su forma de trabajo, de creación?

—A mí me pasa igual. Me invento mil estratagemas para no trabajar; creo que trabajo cuando ya no puedo evitarlo. Entonces recién escribo.

—¿Le preocupa mucho el juicio de los demás?

—Cada vez menos. Además no leo revistas.

—Hace bien. A los gustos hay que dárselos en vida.

La gata vuelve a los brazos de su dueña. No hay caso, no ha entrado en confianza. Muy simpáticos no le hemos caído.

EL “PRIMER” DEBUT

Dos días después, el lunes a las once de la noche, acompañamos a María Elena Walsh al Maipo, a su primera actuación sin público.

Una especie de ansiedad, de nerviosismo, mezclados a la alegría, se le ven en la cara.

Le advierten de entrada que lo más difícil del Maipo es bajar al foso sin golpearse la cabeza. María Elena Walsh baja. Y se pega en la cabeza. Ya ha debutado. A continuación, en el foso, en ese rectángulo lleno de cierta imprescindible historia, empieza el primer ensayo con un pianista y un baterista.

El pianista dice: “¡Un, dos, tres, cual!” Y arrancan. María Elena canta una canción sobre el viejo varieté que dice: “...PASARON GUERRAS Y REVOLUCIONES. PERDIMOS UNAS CUANTAS REVOLUCIONES... TUVIMOS PADRES QUE NOS CASTIGARON, TUVIMOS HIJOS QUE NOS CRITICARON”.

Los músicos se entusiasman. María Elena les pide que no “corran tanto”. Varias veces vuelven sobre lo mismo. Varias veces el pianista dice: “Un, dos, tres, cual” Y la canción se redondea: ENCIENDANSE LAS NUEVAS LUCES DEL VIEJO VARIETE... NO SE SUSPENDE LA FUNCION. ¡A ESCENA LOS ARTISTAS MIENTRAS EL MUNDO EXISTA!”

El Maipo, sin gente, tiene en la penumbra varios rostros que atienden. Está por ahí Luis César Amadori. En la fila siete, mordiéndose las uñas, muy sola, escucha Susana Brunetti. En la fila uno María Herminia Avellaneda pide una y otra vez la “canción de la murga”, una canción que no puede faltar y dice, entre otras cosas: “...LINDA ES LA VIDA CON USTEDES, MIS COMPAÑERAS Y AMIGOS... EN ESTA MURGA SE LAS DIGO APROVECHANDO LA OCASION... NO AMARRETEEN LA ALEGRIA, ABRAN Y ABRANSE CAMINOS SIN SER LOS CANES DEL VECINO NI LOS FORZADOS DEL MANDON... PROHIBIDO PROHIBIR. ¡DEJEN VIVIR! ¡MA SI!”

Aunque no lo diga, cuando termina la noche se nota algo bastante parecido a la felicidad en la cara de María Elena Walsh. Dice:

—Una cosa que quiero es hacer cantar a la gente en el Maipo; lo voy a intentar sin ordenárselo. Puede suceder o no, pero creo que sí, que va a suceder.

Sin que nada lo haga prever, ya en la vereda ahora mojada por la lluvia que quedó pendiente desde el sábado, agrega como si continuara una conversación no suspendida:

—Además, hay algo más en favor de los gatos. Prevert lo dijo: No hay gatos policías, y perros sí, advierto.

—Muchos afirman que los gatos son calculadores, falsos, hipócritas.

—Prejuicios, ¡puros prejuicios! Ese es uno de los tantos prejuicios que los gatos deben soportar. No sé a qué se deberá, pero los pobres son víctimas de la opinión de que son desleales, coquetos. Pero eso forma parte del folklore, del repertorio de prejuicios que padecemos también las mujeres... Y sí, somos todas esas cosas las mujeres, ¡pero los hombres también!

Podemos seguir la discusión hasta el fin del siglo. Pero ésa no es la cuestión: la cuestión es que María Elena Walsh canta en el Maipo.

¿Y por qué no?

Quien tenga algún reparo que recapacite y, como diría María Elena, que no sea prejuicioso, que aprenda de los gatos.

RODOLFO E. BRACELI Fotos: JUAN J. PEREZ y JUAN MESTICHELLI


Texto del epígrafe de la foto: “SI, SOY GATERA. Los gateros no le tienen miedo al misterio...”.

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