MIRNA DELMA
UNA SEÑORITA CURSI
—¡Progenitor, progenitor! —llamó Mirna Delma, en tanto descendía del ómnibus que los había conducido hasta el hipódromo—. Ya ves que no me han atemorizado las iras celestes ni la posibilidad de una precipitación pluvial y que, en cambio, opté por acompañarte al circo hípico.
—¡Callate la boca, tilinga! —chilló el padre—. ¡Y entrá de una vez, que está por largarse la tercera!
—¡Ah, qué atracción ejerce sobre las multitudes la arena palermitana! —reflexionó la cursi—. También yo, por qué negarlo, me siento contagiada por el vértigo del deporte de los reyes. Oye, responsable de mis días, ¿a qué rocín confiaremos nuestros capitales? Tal vez aquél, de pelaje entrecano.
—¡Qué entrecano ni chinchulines en conserva! ¡Ese es un tordillo! —gritó el padre perdiendo la paciencia—. ¡Y dejame leer tranquilo "La Fija", que quiero ver si hoy acierto una por lo menos!
—¡Tate! ¡Conque ese órgano periodístico te indica a qué noble bruto debes apostar tus peculios! —se asombró Mirna Delma—. ¡Y yo que suponía que todo dependía del capricho de la diosa Fortuna! ¡Mira, progenitor! ¡Contempla al jinete de ese corcel que ya se aproxima a la pista! ¿No se trata del famoso caballero que ejerce el magisterio?
—¿Qué es lo que dice esta tilinga? —preguntó, desconcertado, el padre de la cursi a un vendedor de café.
—Está hablando del "Maestro" —explicó el cafetero.
—Sí, sí; de esa manera se lo conoce en la jerga turfística —aprobó entusiasmada Mirna Delma, mientras se ponía unas gotas de perfume dulzón detrás del lóbulo de la oreja—. Y si no me equivoco, también se lo denomina el cuadrumano.
—El "Mono" —aclaró el cafetero.
—Aunque otros suelen llamarlo el cefalópodo tentaculado —prosiguió la cursi ante el estupor de su padre.
—El "Pulpo" —dijo el vendedor de café.
—Y no falta quien...
—¡Finishila! —gritó el padre enfurecido—. ¡Acabala, que me tenés podrido! ¿Por
Columna 2
qué no te vas a jugar cien boletos a algún burro y me dejás de escorchar?
—¡Qué ordinario eres! —protestó Mirna Delma, con temblores en todo el cuerpo—. Haría gustosa lo que me propones, pero temo que aproveches mi ausencia para concurrir al despacho de bebidas anexo a estas instalaciones para ingerir algún licor espirituoso. Y eso podría perturbar tu sistema digestivo, pues antes de abandonar el hogar común manducaste varias raciones de cucurbitácea en sazón.
—¡Lo único que yo hice fue morfar media sandía! —chilló el padre, frenético—. ¡Vení, tilinga; vamos a sacar los boletos! ¡Le voy a jugar quinientos ganadores a Legui! ¡Dame tu guita si querés que te saque algún boleto.
—Toma. Juégale mis haberes al equino de pelaje entrecano.
—¿Al tordillo? —gritó el padre retorciéndose de risa—. ¿A ese matungo querés jugarle? ¡Me alegro, porque va a entrar cola como un perro, y así puede ser que te rajes y me dejes tranquilo!
—¡Qué chabacano eres, responsable de mis días! —murmuró malhumorada la cursi—. Tal parece que en vez de recibir una educación acorde con nuestra alcurnia hubieses crecido en medio del desamparo y la incuria que caracterizan al infradotado.
De más está decir que el tordillo se impuso por cuatro cuerpos y pagó una fortuna a ganador. Luego, Mirna Delma acertó la apuesta triple y dos carreras más.
—¡Progenitora, progenitora! —gritó la cursi al regresar a su casa, extrayendo puñados de billetes de su bolso—. ¡Mira: he obtenido un beneficio monetario asaz importante en las competencias ecuestres! ¡A la sazón podríamos cristalizar el acariciado sueño de viajar al Viejo Mundo para conocer la península ibérica, cuna de nuestros mayores!
—¡Repodrido! ¡Absolutamente repodrido! —mascullaba el padre de Mirna Delma, hurgándose los bolsillos para ver si le habían quedado cien pesos con qué comprarse un toscano—. ¡Lo que se dice repodridísimo!
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