Mar del Plata rinde culto al sexo ambiguo con Moria Casan
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Moria Casan "Disfruto el sexo y no me siento una pecadora"
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JUAN FILLOY, GRAN PREMIO DE HONOR DE LA SADE, UNO DE LOS MÁS GRANDES ESCRITORES DEL PAÍS, VIVE EN RÍO CUARTO, CÓRDOBA.
LO CONFIESA FILLOY CON SU HABITUAL Y SONRIENTE DESPARPAJO. FUE JUEZ, VIAJÓ, SE INTERESÓ —SE INTERESA— POR TODO LO QUE CAE BAJO SUS OJOS. HA ESCRITO CUARENTA LIBROS EN LOS QUE ABUNDAN LA GRACIA, LA IRONÍA, LA OBSERVACIÓN CERTERA Y PROFUNDA. UN HOMBRE DE GRAN TALENTO.
Yo escribo cuando me viene bien —afirma este ex magistrado cordobés a quien la ardua tarea de enriquecer con palabras la realidad no parece costarle demasiado. Sus cuarenta libros escritos en 61 años de ininterrumpida batalla lo prueban con creces. Sin embargo, a pesar de tan frondosa obra, hasta hace unos años el nombre de Juan Filloy apenas trascendía de un ínfimo círculo de exquisitos. La reedición de "Op Oloop" y "¡Estafen!" lo arrojó a una voraz popularidad de la que afortunadamente salió indemne. Filloy sigue escribiendo duro y parejo desde su antigua casa de San Martín 176, Río Cuarto.
Tiene 77 años, pero nadie le daría más de sesenta, tal la vitalidad y bonhomía con que se lo ve caminar por las calles de su ciudad adoptiva rumbo a su cotidiano café. Tiene muchos amigos y es un fervoroso conversador. Se interesa por todo: deportes, política, arqueología y, por supuesto, literatura. Acaba de serle otorgado el Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), un significativo y mejusticiero reconocimiento a su obra. De eso queremos hablar.
—Claro, cómo no voy a estar contento —sonríe sentado en un confortable sillón de un cálido escritorio desbordante de libros—, pero yo les pediría a mis amigos que no me compliquen con agasajos y cenas. Este premio está quebrando mi rutina. Fíjese que hasta caminar por las calles de Río Cuarto, una de mis grandes pasiones, ya es un problema. Todo el mundo me para y me felicita. Por supuesto que es agradable, pero yo no soy para eso. Todos me hablan del premio y para mí el único premio es poder seguir escribiendo.
No parece conforme con sus casi cuarenta títulos. Escribir es su razón de vida y, premios o no, Filloy seguirá escribiendo. Rodeado de su familia, claro.
—Es la Liga de las Naciones. Yo soy argentino, hijo de español y de francesa; mi esposa, Paulina, es inglesa, hija de rumano y de ruso. Tengo dos hijos, Hernán y Monique, que son bien argentinos.
—¿Está por publicar algo?
—Sí, "La potra", una novela estuario.
—¿Estuario?
—Claro. La novela avanza como los grandes ríos: en múltiples corrientes simultáneas. Además, se va a meeditar "Caterva", uno de mis primeros libros.
Todas las obras de Filloy tienen títulos de siete letras: "Es un hábito, no busqué nada raro. Mis primeras novelas tenían siete letras y no quise romper la costumbre. Me gustan los nombres cortos", explica. "Otra rareza mía es la creación de palíndromos, es decir frases capicúas. He inventado miles". Filloy gusta del juego, de la literatura sin acartonamientos, con aire.
—¿Qué le disgusta, Filloy?
—Perder el tiempo. Si hay una sabiduría en el escritor ella consiste en aprovechar los intersticios. Si usted o cualquiera analizara la cantidad de tiempo que pierde en banalidades... El tiempo es el material más elástico y más desaprovechado que existe y el más irrecuperable. Eso es lo tremendo: el tiempo que huye es tiempo perdido. De ahí, quizá, que le preocupe tanto esta intrusión en su tiempo que le ha significado el premio recibido. Filloy está impaciente: no
EDDA DÍAZ no es una bebita, es una señora actriz cómica que interpreta a una niña en uno de los sketches de “Orgullosamente humilde”, una pieza de café-concert ideada por Peter Gilbert, su marido. Un pequeño sótano someramente decorado acoge a los afortunados visitantes. En “La Gallina Embarazada” Edda clama a los cuatro vientos sus bien pensadas frases que hacen reír y pensar al público que, intencionalmente o no, participa activamente de la obra. “Aquí todos los días ocurren cosas lindas que me me alegran y me sorprenden tanto como a los que vienen a verme. Los otros días estuvo un crítico de un periódico que se edita en francés en la Argentina y hablamos antes de empezar y se mostraba muy escéptico por lo que le habían dicho del show. Al llegar al tercer sketch no sólo había perdido todo escepticismo sino que participaba como cualquier otro. Y lindos momentos como éstos se viven todos los días”, declaró Edda humildemente.
Ejemplares digitalizados.
Revista ADVOCATE MEN
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“MOSAICO”
Es un “mosaico” de cortos publicitarios con una endeble anécdota circulando entre ellos para dar la idea de que se trata de “un” mosaico y no de 38. Pero al final, después de tanta imprecisión, arabesco y pedrería, el tema aparece con claridad: la publicidad es un asco, un subproducto principalísimo del “establishment” que devora tiernas modelos que jamás debieron dejar el rincón apacible donde comenzó su existencia como maestra bien relacionada con los niños. Néstor Paternostro se parece mucho a un escorpión suicida después de haber convocado a su alrededor el fuego que lo vuelve loco: los incontables cortos publicitarios que atraparon entre sus garfios de celuloide a maestritas, modistillas, estudiantes y niñas bien que jamás debieron abandonar sus apacibles existencias. Se podría discutir el atrabiliario mensaje que supone que un espíritu de verdad puede ser triturado por esa maquinaria o cualquier otra, pero dejando de lado la importancia temática del film, hay que reconocer que Paternostro es un exquisito del cine, un gran director de intérpretes y un sensitivo lleno de ideas que, no bien encuentre un tema que cale hondo en el alma de la gente, pondrá una piedra grandota para marcar su paso por el cine.
Hay momentos de apabullante belleza en su cinta (la originalísima idea, tomas y composición
(Epígrafe de la foto)
Entierro de un hippie: alucinante poesía visual.
del cuadro en el entierro del estrambótico personaje que hace Owe Monk; el sarcasmo brutal de las fulgurantes modelos entre las casitas y los niños pobres de San Luis; las tomas de la modelo a caballo en la playa; la lluvia en la habitación; el juego de luces de faros y focos en la noche), pero es sobre todo el trabajo de montaje el que muestra a Paternostro como un sensible que sabe combinar un concepto moderno del cine con un buen gusto deslumbrante. También, ya lo dije, su tarea como director de intérpretes. Están todos bien, Luppi, Monk y cuarenta más, pero Perla Caron, con su carucha dúctil y sus muecas y morisquetas, se planta ahí, desde la primera toma en que aparece, como la actriz más importante que haya desfilado por el cine nacional. Superficial de tema, con ese repetido jueguito de ataque al “establishment”, hippies funambulescos incluidos, esta película es terriblemente importante por la revelación de un director que sabe un montón y de una actriz que con esta actuación inicia lo que será una gran carrera. Su ternura no puede ser un invento.
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