Buscar este blog

14/5/26

Archivos Incompletos: Charles Aznavour, rozarse con la gente que arde

En esta nueva sección compartiré nada mas que eso ARCHIVOS INCOMPLETOS. 

Cuando compro lotes, colecciones, etc, muchas veces me encuentro con que el dueño eligió recortar y guardar no es lo que yo hubiera elegido, y quiza, justo en una carilla del recorte aparece eso que yo si hubiera guardado. 
Notas incompletas, archivos fragmentados. Algo dicen. 



Transcripción de texto con IA

Horacio Ferrer-Charles Aznavour: una charla íntima, una confesión. "El talento lo da la gente". Y un recuerdo para sus antepasados muertos en Buenos Aires.

El estudio queda en avenida Hoche, en París. Charles Aznavour canta con su voz de "trovador endeble". Después dirá que tango es como un teatro pequeño.

aniversario", hace su capo lavoro de interpretación, con la garganta al pelo, la voz plena en cada nota, dialogando, monologando, una risotada aquí, un sollozo irónico ocho compases después. Se pasa el dibujito de tinta china cantando; la verdad ¡es que se pasa!

—¿Salió bien? Mejor así. Si hubiera salido mal, amo la perfección, habría persistido diez horas de ser eso necesario. A mí el trabajo me gusta. Estar en el estudio me calienta, es mi vida, es lo que quiero, aquí, entre cuatro paredes, en esta penumbra sorda pulsa parte de mi mundo.

Ya estamos sentados en un rincón, todo el mundo se ha ido, y este arbolito en invierno, con sus brazos como ramas locas (que dirigen sin parar a la invisible orquesta del playback mientras graba), entra en una contada de hora larga, creciente por el entusiasmo, de alta temperatura por la concisión y la matemática casi balística de sus opiniones.

—¿Cómo elige su repertorio?
—A mi ver, en lo popular, hay dos tipos de música. Una que está destinada a los pies. Otra, que se consagra al corazón y a la cabeza. Las dos, sí, las dos deben existir, existen, están. Pero únicamente la segunda perdura. Yo elijo esta última clase de cantos. Como los de George Brassens, que es mi autor más predilecto. Y no porque sepa, de antemano que Aznavour es el autor preferido de Brassens. Aparte de eso, sin camelo, nos queremos mucho.  

—¿Su propio éxito prueba que la canción que perdura, que la canción de clase, que la canción que dice algo, ha ganado terreno?
—No sé qué decirle. Por de pronto, en mi caso, el hombre de escenario, el actor, digamos así, ha hecho mucho por el hombre de la canción. Porque, pienso, la canción debe ser como una pequeña obra teatral. Exactamente como los temas que escribe usted con Piazzolla. Así siento yo.  

—Gracias...
—Nada. Esto es muy importante (sube el tono, arriba la presión de la charla): la canción popular es la sangre de un país. Viene de la tierra misma, en el sentido de que jamás se sabe bien de dónde ha salido. Yo mismo he emergido de mi tierra junto con mi canción. Me parece imposible que viniendo uno de arriba, de una clase elegida, pueda forjar una canción. ¿Estamos? Se cantan los dolores, se cantan las reacciones, se cantan las felicidades de un pueblo. El día que demos la espalda al pueblo, mejor, muchacho, nos dedicamos a otra cosa. ¿No es la verdad?  

—Y toda la verdad.
—Rozarse con la gente que arde y anda por las calles. Sea cual sea, fíjese bien si es cierto o no es cierto, sea cual sea, digo, la talla que un artista puede tener, el día que pierda este contacto magnético con su pueblo, perderá, de paso, todo su talento. Porque a nosotros el talento nos lo da la gente. No, claro que no existe un talento individual: nosotros los que hacemos canciones o las cantamos, somos —apenas— una sutil especie de radar. Decimos las cosas que todos piensan o sienten, las atrapamos, las filtramos y las volvemos a soltar. ¿No le pasó nunca que alguien, oyendo su canción le haya dicho: "¡Pero si eso es justamente lo que yo quería decir!" ¿Es así? Es así. Por eso yo ni escribo ni canto la llamada "canción intelectual" o la supuesta canción "con mensaje". No quiero. Rotundamente: no quiero. Y, aunque lo quisiera, ¡no podría! Yo pienso lo que la gente piensa. La canción es la sangre de un país o no es nada. Por eso amo el Tango. Acaso, también, porque en mi corazón, Buenos Aires es la París de América. Mis músicos han llorado de emoción escuchando a Piazzolla y a sus músicos. Y el Caño 14, qué maravilla. ¡Ah, Goyeneche! Cómo canta el Goyeneche. Y cómo me gusta cuando viene el final con toda la polenta y entra a taconear en el piso. Y los tangos, ¡qué poesía! (Más y más potencia aznavouriana) ¿Por qué no la buena poesía para el pueblo? La mejor poesía. ¿O es que hace setenta años y más, Verlaine y Rimbaud no eran poetas que todo París recitaba? ¿Y por qué no la buena música para toda la gente? Beethoven escribía sus obras para circulación popular. En esto, ¡ay! hemos ido para atrás.

París, Avenue Hoche: las ocho han dado y sereno. Las ocho y hay novedad: qué gustazo ha sido este mano a mano con el dibujito de tinta china. Con el arbolito en invierno que, de repente, al levantarnos para salir, se ha enjaretado un larguísimo abrigo negro y un sombrero, también enlutado y también de terciopelo, aludo a más no poder. Da la sensación, hermano, que a las ramas altas del arbolito invernal se ha trepado un brujo.

Horacio Ferrer
Fotos: José Pons


No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Los Mas Visitados