En esta nueva sección compartiré nada mas que eso ARCHIVOS INCOMPLETOS.
Cuando compro lotes, colecciones, etc, muchas veces me encuentro con que el dueño eligió recortar y guardar no es lo que yo hubiera elegido, y quiza, justo en una carilla del recorte aparece eso que yo si hubiera guardado.
Notas incompletas, archivos fragmentados. Algo dicen.
EL MUNDO DE NORMA ALEANDRO (circa 1971/1972)
UNA HERMOSA MANERA DE VIVIR
TIENE UNOS OJOS YA CELEBRES. ADEMAS, ES UNA TREMENDA ACTRIZ. COMO SI ESTO FUERA POCO, NORMA SABE BASTANTE DE LA VIDA Y SUS RECOVECOS. DIALOGAR CON ELLA ES IRRUMPIR EN UN TIEMPO MAGICO, EN EL QUE LOS RELOJES PIERDEN UTILIDAD Y TODO PARECE POSIBLE. A PESAR DE QUE TODAVIA NO ESTA DEL TODO REPUESTA DE SU ENFERMEDAD, NORMA ALEANDRO DESBORDA VITALIDAD. UNA ESPLENDIDA MUJER.
Norma Aleandro no puede ni hablar; está muy enferma”. “Hizo la macrobiótica y se quedó sin yodo”; “Está tirada en una cama, no se puede mover”; “Casi se muere”. Así las cosas, aparece doña Norma Aleandro caminando despacito, elegantemente ataviada con un vestido tipo gitano a lunares y con cara de haber hecho diez horas de pesas. “Algo de verdad en lo que dicen debe haber” —pienso—, porque Norma Aleandro no hace pesas y ese desmejorado aspecto general alguna raíz debe tener. Para averiguar hay que preguntar. Yo pregunto.
—¿Qué te pasa? —Hipertiroidismo.
—¿Y eso qué quiere decir? —Quiere decir que la tiroides, esa glándula que está por acá —y se toca el cuello—, anda mal.
—¿En qué se manifiesta el mal funcionamiento de la tiroides? —Taquicardia. Y hambre. Se me dio por comer como una refugiada. Y no asimilaba nada. Adelgacé mucho y me sentía débil.
—¿Te sentías? —Sí, ya estoy casi bien. Todavía me canso, pero ya puedo hacer cosas. Hoy estuve ensayando, por ejemplo, “Las dos”, el ciclo del 7 que escribe Juan Carlos Gené y dirige Bonnet. Ahora estoy un poco palmada, pero ya ando mejor.
—Tu malestar, ¿no tendrá algo que ver con el régimen macrobiótico que vos hacés? —No, nada que ver. Esto quiero que quede bien aclarado. Hubo versiones que atribuyeron mi enfermedad a la macrobiótica, pero te puedo asegurar que no hay nada de cierto en eso. Primero, yo no hago macrobiótica ortodoxa, hago una especie de macrobiótica gallega de mi invención. Y aunque la hiciera, esto no tiene nada que ver. De cualquier modo ya estoy casi curada: me dan de alta alrededor de fin de mes. Lo terrible de este asunto es que no me duele nada, pero me siento como una vieja de 80 años.
Y no tiene 80 años. Apenas 35 y una fuerza vital arrasadora concentrada en unos ojos enormes y oscuros que ahora me están mirando con exhaustiva curiosidad. Resisto la tentación de mirar para cualquier lado —está tan lindo afuera, hay un sol y un aire que reconfortan— y acepto el desafío. Alzo los ojos y busco sus pupilas negras. Ella me sonríe con alguna remota e indescifrable intención. Me está por preguntar algo.
—¿De qué vamos a hablar? —pregunta, dando por terminado el asunto enfermedad.
—No sé —le digo, sabiendo que le estoy diciendo la pura verdad. No tengo la menor idea, aunque sé, me consta, que de algún modo vamos a salir a flote. Bioy Casares me hablaba, no hace mucho, acerca de la tenacidad del periodismo en preguntar siempre las mismas cosas. En este caso he resuelto preguntar lo menos posible, tratar de dialogar y que sea lo que Dios quiera. Desde “Cosa juzgada” sé que Norma Aleandro no es una mujer del montón. Y cuando una mujer no es “del montón” las cosas salen solas, los climas se arman mágicamente y de pronto uno se encuentra en el centro de algo diferente, en una nueva dimensión que llamaría de ruptura con el tiempo de los relojes, dimensión donde cinco minutos de pronto son dos años y seis horas se transforman en un instante.
Me libero de sus ojos y, por primera vez, tomo conciencia del espléndido equilibrio que domina el amplio living. Hay espacio, un gran espacio libre en el medio que insinúa que los objetos no son necesarios sino cuando exaltan el aire. Que en general uno se aferra a ellos como a un salvavidas para soslayar un atávico terror al vacío. En este caso los objetos (un sillón, una estufa antigua, algunos almohadones) son pocos y están contra la pared, de manera tal que no hay obstáculos que impidan a la vista volar y dibujar caminos en el aire, caminos que conducen a ninguna —a cualquier— parte.
—¿Te gusta? —Claro. ¿Lo decoraste vos?
—Alfredo y yo. Les tengo cierta desconfianza a los decoradores. Ponen la casa como les gusta a ellos, arreglan las cosas para que viva otro. Preferimos, con Alfredo, hacer el lugar habitable para nosotros, sólo para nosotros...
—¿No te gusta la gente? —No es que no me guste, pero cuanta menos gente haya, mejor. Yo veo tan poca que nunca me entero de nada.
Tiene algo de diva antigua, tirada como está sobre almohadones, con un aire como lánguido y una especie de fiaca metafísica bien porteña. No hay más que oír su voz grave y firme recorrer todos los matices de la expresión, y ver sus brazos finos moverse en apoyo de sus palabras, mientras el aire de la tarde se sacude con cada una de sus palabras. El lenguaje de Norma es contemporáneo, se mezclan el lunfardo, términos sociológicos, psicoanalíticos, una que otra palabra de esas que los chicos no pueden oír ni decir, y demás. Habla con precisión y, cuando la ocasión lo requiere, con apasionamiento. De cualquier manera da la impresión de que no se le escapa una.
—Haceme un balance del año, Norma. —Un buen año, en general. Con las limitaciones del medio, estoy haciendo lo que quiero. Lo que quiero dentro de lo que se puede.
—Si no hubiera limitaciones, ¿qué te gustaría hacer? —Teatro, pocas veces. Y cine, alguna vez, con el director que me gustara. Joseph Losey, por ejemplo.
—No te gusta mucho trabajar, ¿no? —Mucho no. Me gusta mi trabajo para hacerlo cuando tengo ganas. Es mentira, por lo menos en mi caso, eso que dicen acerca de las ganas feroces de trabajar que nos acometen a los actores todos los días alrededor de las diez de la noche. Trabajar, tengo que trabajar, si no no como. No soy el Aga Khan, ¿sabés?
—Sí, se nota. Mucho no te parecés. Físicamente, digo.
—Y económicamente mucho menos. Por eso tengo que trabajar. No es que no me guste, pero no trabajar no me da insomnio.
—¿Qué hacés cuando no trabajás? —Hago otras cosas: leo, cuido
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