COMUNIDAD
«A la aldea la llevamos con nosotros»
Luego de siete años de haber elegido ese lugar -un terreno del campo universitario de Núñez- y construido la Aldea Gay, recibieron los primeros amagos de desalojo. Las fuerzas municipales y policiales necesitaban ese espacio para hacer un monumento, y ellos molestaban. Ellos -el grupo gay primitivo- no aceptaron ni los hoteles por unos días, ni los pasajes para su lugar de origen, ni otra marginalidad. Gente de la CHA -Angela Vanni, César Cigliutti, Roberto González, Norberto D'Amico, junto a estudiantes de la UBA- trabajaron para que se atendiera un reclamo humano por sobre una alegoría de hormigón. Se fueron a vivir bajo un puente cercano, peleando por un nuevo lugar que les permita seguir juntos, y seguir trabajando.
Luciano es tímido, pero habla con convicción. Transmite -como todos- una gran seguridad, lo que permite corregir la sensación de desasosiego que nos provoca a nosotros -que venimos de la seguridad y la protección- ese puente que les sirve de improvisado hogar, por unos días. "La Aldea fue fundada por una pareja gay que se asentó en el lugar. Empezaron a traer a amigos gays, y así se empezó a formar la comunidad. Llegamos a ser 36 personas. Después empezaron a entrar familias heterosexuales, mujeres solas, otras con sus parejas. Esta gente se querían integrar porque no tenían a dónde ir. Les dimos una mano y se fueron quedando. Nosotros somos una comunidad, y si bien yo no conozco otra villa, sé que la Aldea era distinta. La diferencia es que ante cualquier problema, nosotros nos unimos siempre. Yo vivía con mi familia, y no hacía nada. Hasta que me fui a vivir con mi pareja, que vivía en la Aldea. Y no me fui más de ahí. Ellos son mi segunda familia, porque hace dos años y medio que no voy a mi casa".
Luciano es un portavoz que habla de su experiencia pero no de las recientes decisiones municipales de darles otro lugar para reconstruir la aldea: respeta a quien es el encargado de hablar de eso. El tiene afectos hacia quienes ayudaron desde un primer momento. "Una vez estábamos sentados con "la Chilena" y la Alexis en mi rancho, y apareció el pastor Roberto González. Se comprometió con nosotros, y desde ese día no nos abandonó nunca. Si no hubiera sido por él, tal vez nadie se hubiera enterado de esto y nos hubieran echado".
Alexis es chiquito, pero empieza a hablar y se transforma en una locomotora. Es exultante. "Yo agradezco a Dios el haber conocido a esta gente. La adversidad te hace cambiar mucho. Yo tenía un montón de prejuicios, era egoísta, envidioso, criticón. En este grupo no existen esas cosas. Hoy compartimos un pedazo de pan, y eso en la sociedad no existe. Nos ayudamos mutuamente. Aprendimos a amar esta circunstancia, y eso le cuesta a la sociedad". Ellos lograron que la discriminación y los prejuicios quedaran afuera de la aldea, sobrevolando las
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