Ay de mi, Jonathan de Carlos Arcidiacono
Cuando se produce una fractura —y toda literatura lo es— la naturaleza se apresura con la sangre de la primera certidumbre. Lo importante será, en todo caso, restañar la herida, reconstruir la unidad primogénita, la divinidad primordial. Pero siempre (es decir, nunca) las providencias disponen del tiempo necesario: queda, entonces, el acto de improvisar, porque la vida es siempre más rápida, y se hace inexcusable reparar la totalidad inefable del alma con la precariedad de los primeros auxilios: prótesis grotesca, mascaradas inevitables, piadoso oficio de escribir, o descarnado delirio espiritual en el que termina generalmente el destino humano, si una confesión se convierte en un texto, en una obra de arte que sobreviene a manera de terapia, de duelo feroz o hilarante. Desde su primer libro, LA GALLINA LOCA (1967), Carlos Arcidiácono frecuentó esas zonas a las que sólo se puede acceder con humor e ironía. En AY DE MI, JONATHAN, con un sentido paradojal más hondo, traza una pintura nerviosa y exaltada donde lo trágico y lo ridículo intercambian continuamente sus roles hasta confundirse en una sola imagen: el rostro de lo patético. Mundo de criaturas errátiles, solitarias y vergonzantes, AY DE MI, JONATHAN —como novela— alude a una investigación sobre la carne viva de los estados límites donde la desesperación es una forma de misticismo, y la angustia una dolorosa nostalgia de Dios.
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