Que los niños huyan de mi de José María Borghello
Contratapa:
Que los niños huyan de mí es una novela sólidamente construida. El lector debe entrar en ella preparado para afrontarse a sí mismo, quizás, a través de escenas escalofriantes en las que se mezclan los actos de refinada crueldad con los de un abominable erotismo.
LA NACION
Un innegable talento literario lo conduce airosamente a través de los riesgos. En cada uno de los pasajes revela su maestría para convertir en proceso literario a los elementos de la patología.
María Angélica Bosco, LA PRENSA
Borghello denuncia miserias y acusa a cadáveres que no sólo subsisten sino que también merodean por la vida. Detecta los territorios prohibidos para el pensamiento de los hombres e incursiona en ellos, al saqueo, violentamente. El autor encarna al Anticristo y se inserta en la tradición "maldita" de la literatura.
LA OPINION
Una novela o, mejor dicho, una narración deliberadamente morosa, de perfiles crueles, hasta sádicos. Gustavo es la antítesis del "dejad que los niños vengan a mí", pues en su psiquis, profundamente enferma, los niños y los monstruos se confunden en un solo ser… un Gustavo que evoca en parte al marqués de Sade, en parte a esas torturadas criaturas de Julien Green, en parte también a la melancólica decadencia que flota en tantas páginas de Montherlant. La obra vale como una extraña y, en momentos, hasta apasionadamente indagación interior, por su empeñarse en echar luz allí donde reinan las sombras, y también por cierta impalpable, secreta y segura compasión sin la cual no hay creador que tenga, legítimamente, derecho a ocuparse de sus criaturas.
César Magrini, EL CRONISTA COMERCIAL
Que los niños huyan de mí, señala la aparición de un tremendo y dostoiesquiano analista y mistagogo de lo sexual, y espiritualmente fuera de lo común.
Abelardo Arias, CLARIN
EDICIONES ORION
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