El Varón en Papel
Archivos curados por Pietro Salemme Silvert
En algunos casos cuento con los archivos fisicos completos, disponibles para su venta o fotos sin marca de agua. Info: bibliotecalgttb@gmail.com
Mira las actualizaciones de esta sección en https://bibliotecalgttb.blogspot.com/search/label/El%20Var%C3%B3n%20en%20Papel
Una sección dedicada a rastrear cómo la prensa gráfica construyó, exhibió y transformó la imagen masculina a través de las décadas. Fotografías de famosos, desconocidos, ídolos populares, figuras mediáticas y hombres anónimos conviven en este archivo visual donde el cuerpo, la pose, la moda, el gesto y la mirada revelan los modelos de masculinidad de cada época.
Entre revistas, diarios, policiales, espectáculos, deporte y cultura popular, El Varón en Papel propone leer la historia de los hombres no solo como fueron, sino como fueron mostrados.
Metodología: Las Fotos son tomadas de diversos archivos con los que trabajo. Algunos completos, otros incompletos. De alguno tengo fechas de otros no. El registro en digital puede ser a traves de scan o camara. En algunos casos uso IA para mejorar la calidad.
En esta entrega: El Malevo Muñoz y Roberto Tálice
La relación entre ambos se caracterizó por lo siguiente:
Camaradería y corresponsalía: Compartieron redacción con grandes figuras como Roberto Arlt y los hermanos González Tuñón. En los Estados Unidos formaron una dupla periodística muy recordada, realizando crónicas y reportajes memorables para el público argentino.
Vidas sentimentales públicas: Ambos tuvieron parejas mujeres y matrimonios heterosexuales conocidos en sus respectivas biografías. El "Malevo" Muñoz se casó en Nueva York con una argentina llamada Fanny (como se menciona en el recorte que compartiste antes), y sus crónicas solían centrarse en la clásica mitología tanguera, la noche, el lunfardo y los cafetines.
Homenaje y memoria: Roberto Tálice, quien vivió muchos años más (falleció a los 97 años), sentía una enorme admiración por Muñoz. De hecho, escribió y publicó un libro biográfico titulado precisamente "El Malevo Muñoz (mi amistad con el poeta de la crencha engrasada)", donde relata con nostalgia y afecto aquellas andanzas, la bohemia porteña y el enorme talento del poeta, dejando en claro que lo que los unía era una entrañable amistad de toda la vida. No existen registros de su vida sentimental ni que se haya casado.
HABLA CARLOS QUIROZ
“EL MALEVO” EN NUEVA YORK
Hay potiches, sillitas incunables, relojes que dan campanadas medievales. Y un silencio refinado, sutil. Un silencio de Esmirna, como quien dice. Las palabras pausadas, teñidas de algún remoto acento inglés, de don Carlos Quiroz, dueño de esta Vishnu Gallery de la Avenida Alvear, se encuentran —inesperadamente, aquí— para entresacar de la memoria, como un óleo antiguo pero terraja, el semblante de “El Malevo” Muño.
—Sí. Yo era cónsul argentino en Nueva York cuando el “Gordo” Muñoz fue por primera vez, en 1927, a los Estados Unidos. Lo llevó Botana. ¿Cómo era? Le diría que allá él tenía el tipo de un gangster próspero. Andaba siempre contento, tenía naturaleza de hu-
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morista y una enorme risa, bien sonora, risa de barítono. No, no hablaba bien inglés: hablaba un inglés “de telegrama”: nada de artículos o de preposiciones... Yo lo veía con frecuencia. Solía caerse a menudo por el Consulado. En Nueva York conoció a la argentina con la cual se casó después. Ella se llamaba Fanny y era, por cierto, muy simpática.
—¿Cómo fue el negocio de la exportación de vinos?
—Fue una idea de Muñoz, cuando en los Estados Unidos, al asumir Roosevelt su primera presidencia, se levantó la prohibición alcohólica. “El Malevo” compraba vinos y champagnes en Buenos Aires y los mandaba a Nueva York. Le fue muy bien con eso. ¿Qué ironía, no? Jus-
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to a la hora en que se le dio la buena, murió.
—¿De qué murió?
—Supongo que de comer. Comía que era un desastre. Era una draga comiendo. No se le contagió, realmente, el refinamiento de su mentor, Natalio Botana, que para mí, junto con Villanueva, es el hombre que se ha dado mejor vida en este país.
Carlitos Quiroz, que vivió treinta y ocho años en los Estados Unidos pero nació en Buenos Aires (“hace un rato largo, como que tengo la cédula 77.022 y nadie me cree”), vuelve al silencio de su galería, sobre el que flamea el aroma de un buen tabaco para pipa. Es de tardecita, y hora de cerrar la casa y los recuerdos. Pero aún queda una hendija abierta para completar el retrato.
—El “Gordo” Muñoz era un tipo verdaderamente original.
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