Casi como una religión
Por Federico Klemm (*)
Buenos Aires, aunque no suene bien decirlo, es un gran receptáculo del espectáculo. Esta ciudad absorbe los grandes movimientos de arte, las obras líricas, la danza, el cine, el teatro de otros países. Existen casos aislados de un movimiento inverso, pero de ninguna manera dan lugar a pensar que el nuestro sea un país de exportación de cultura.
Así como a la Argentina se la podría catalogar de país gauchesco, Estados Unidos es un país de cowboys, con una emigración que lo ha transformado y ha convertido a Nueva York en una ciudad cosmopolita con mayor o menor suerte. Evidentemente, el centro del arte no fue ganado por inteligencia, sino por el mercado. La economía americana ha derrumbado todos los mercados posibles gracias a su eficiencia como centro financiero y comercial. Y el circuito mundial del arte se dio cuenta de que está trabajando para Christie's y Sotheby's de Nueva York, y las galerías de esa ciudad. Y por más que otros piensen lo contrario, Nueva York es la capital del arte mundial, mucho más que Los Angeles, Chicago, Tokio, Singapur o Londres. Es cierto que París es un centro con mayor peso cultural desde el punto de vista de la historia y de la tradición, aunque ahora haya sido desplazada. Pero Nueva York es el núcleo.
Para justificarse, muchos artistas argentinos tratan de convencernos de que si les va mal es porque la gente no entiende nada
Estados Unidos tiene la cultura de lo nuevo, pero absorbió gran parte de la antigua cultura universal. Es cierto que tiene varios museos que no son de los más afortunados, pero están ahí, y ahí está el poder. Y es entonces que artistas argentinos como Tomás Clusellas, Guillermo Kuitca, Liliana Porter o Guillermo Conte, entre otros, se han abierto un mercado porque desde acá es imposible exportar. No somos muy creíbles para el mundo, y el mundo nos ignora. La Argentina tiene una cultura propia: todo el mundo conoce y estudia a Jorge Luis Borges, a Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo o a Julio Cortázar, pero la pintura es más elitista que la literatura. Y lo cierto es que para poseer cuadros se necesita mucho más dinero que para poseer libros.
Aquí hay talentos aislados, que tienen que ir a luchar a los grandes centros de arte, tienen que hacerse el nombre en esos lugares y pertenecer a ellos. Es difícil mantener la identidad y hacer lo que a uno le gusta. Uno se va adaptando a otras ideas, más globalizantes, a otras culturas, y también a contar con los beneficios y las desventajas de la contaminación. Para colmo, los argentinos tenemos gran capacidad de mimesis con el lugar al que vamos.
Las plantas del trópico se adaptan o se mueren, decía un escritor. Hay miles de artistas que se han ido de acá con mucho talento y han sido totalmente ablandados por el gusto francés. Los franceses todo lo quieren adaptar a una cierta elegancia, tradición y belleza, y en definitiva, arruinan esa cosa fuerte y tremenda que es la carga primitiva, casi carnavalesca, del continente americano. Muchos artistas argentinos, para justificar su falta de éxito, se escudan en el hecho de que no tienen suficientes libros publicados, o de que no se les ha hecho una amplia publicidad y han tenido que trabajar en forma bohemia. Y tratan de convencernos de que si les va mal es por un castigo de la sociedad o de la gente que no entiende nada. Lo más fácil es decir que el otro no entiende nada. De esa manera no se conforma un país cultural.
A veces, de una manera aislada, los artistas y los promotores del circuito de arte han conseguido algunos récords. Pero esos récords son arbitrarios y azarosos. Son datos que conforman una estadística muy poco consistente, detrás de la cual hay una gran estrategia de mercado que favorece a los grandes imperios del arte.
Actualmente, en Buenos Aires, proliferan los nuevos museos y centros culturales, pero creo que ese fenómeno fue posible a partir de la Fundación Klemm. En su momento, el noventa por ciento de la gente del mundo del arte me desaconsejó que la hiciera, por ser demasiado complicado. Una vez hecha parece todo muy sencillo, admirable y copiable y han surgido fundaciones y proyectos de museos. Gracias a Dios, hemos dado un ejemplo de que no es tan complicado hacer una fundación con condiciones museológicas y con una colección permanente que valga la pena ser visitada.
Hay quienes siguen pintando flores para decorar el living. Me parece bárbaro tener un lindo living. Pero el arte corre por otro lado
Empezamos con la galería que estaba al lado de la actual, también sobre Marcelo T. de Alvear, pero no cumplía con las necesidades culturales que nosotros queríamos plantear. Había espacio nada más que para una muestra o dos, así que abrimos la nueva y decidimos traer a pintores consagrados como Botero, Matta, Andy Warhol, Jeff Koons o Christo. Al mismo tiempo, hicimos exposiciones de arte argentino. La idea era más que nada apoyar a los jóvenes de última generación, que son los que están más al tanto de todo.
Las generaciones pasadas se ataron demasiado a un modernismo que cayó con sus valores éticos-estéticos. La nueva generación de artistas, en cambio, supo aprovechar e incorporar la tecnología ya casi por génesis. Pero se planteaba un gran problema: cómo incorporar a los jóvenes después de Andy Warhol. Exponer a alguien desconocido era como rebajar el nivel de las muestras. La fundación dio paso a los artistas emergentes. Ahora podemos darnos el lujo de mostrar gente de 25 años con el único riesgo y con el único cuidado a tomar de que sean de calidad. Si uno descubre eso, realmente es un placer. Por otro lado, este papel de traer muestras fabulosas lo han tomado el Museo Nacional de Bellas Artes, la Fundación Proa y el Centro Cultural Recoleta, entre otros. No tiene sentido que continuemos un sistema de importación -aunque sea temporario- cuando se puede rescatar artistas a los que se les puede formar una carrera. De ese modo, más adelante, pueden tener un lugar destacado dentro del panorama artístico, de acuerdo con sus condiciones. Es el caso de Luis Lindner, cuya propuesta, aunque discutible, era interesante. Ya el hecho de que resultara discutible era interesante. Pero volviendo al tema central de estas líneas, no me atrevo a decir que, por el momento, la Argentina se pueda transformar de importador en exportador de arte. Sí se puede decir en cambio, que el arte argentino ya está dando cambios muy bruscos que se manifiestan mediante artistas que interpretan plenamente la contemporaneidad y que están a la par de cualquier país del mundo. Pero ocurre que al hablar de cualquier país del mundo parece que uno se refiriera sólo a Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania, y el mundo es bastante más grande.
Creo que hay bastante optimismo sobre el arte en general. Esto se manifiesta en el hecho de volver a creer en algo. Hasta hace poco, lo usual entre los artistas era decir: "Yo no miro TV", como un rechazo a los logros tecnológicos, a la globalización. Los nuevos artistas están en una situación de privilegio por el hecho de haberse compenetrado con nuestra época. Los del pasado o los de edad media todavía no creen en los críticos ni en los compradores, sino sólo en sí mismos. Y sin embargo, el circuito del arte lo forman la teoría, el mercado, y el artista. Los galeristas, las fundaciones, los museos, son parte de la rueda. La obra sola, sin teoría o sin crítica, se vuelve medio renacentista. Hoy más que nunca, el arte es una cosa mental. A partir del arte conceptual, todas son como formas de expresión de la inteligencia. Hay quienes siguen pintando flores, o esas cositas para decorar un living. A mí me parece perfecto tener un living decorado, pero puedo comprar flores naturales. No hace falta tenerlas pintadas. El arte corre por otro lado: busca representar al hombre como expresión de ese esfuerzo de vivir y de experimentar. Quiere darle una razón en contra de sí mismo para poder expresar eso que, en definitiva, es la creación. Porque la creatividad dentro de lo artístico se da como un fenómeno superior de la existencia. Es casi como una religión.
(*) Destacado marchand porteño, preside la Fundación Klemm.
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