Transcripción de texto por Gemini IA
El éxito es continuar
por Ricky Pashkus (*)
Via Libre de La Nacion, circa 1997
Me dedico a coreografiar y dar clases de danza desde hace muchos años; tengo la gran suerte de poder hacer aquello que amo. Siempre me interesó la templanza con la que los artistas enfrentan la adversidad y el éxito. Aún me llama la atención cómo transitan ese camino plagado de obstáculos, muchos de los cuales están en nuestra propia naturaleza.
También es cierto que conocí gente para la que un primer éxito resonante fue tan paralizante como para otros lo fue un fracaso; no podían continuar.
En contacto con los artistas que tuve y tengo la oportunidad de trabajar y con mis alumnos, fui aprendiendo a reconocer los mecanismos que hacen a la comunicación y a la resistencia que ofrecemos a los cambios (yo mismo tardé varios años en darme cuenta de que mi carrera de actor no era un medio por el cual yo podía expresarme, hasta que recordé que de chico me gustaba bailar y ahí empezó otra historia). Dejar que unas cosas se fueran y aparecieran otras no era sencillo. La generosidad de los grandes artistas, que se exponían vulnerablemente frente a su público, me producía admiración. Veía imágenes de artistas de rock que se zambullían frente a un estadio lleno de gente que los trasladaba en andas. Estaban totalmente expuestos. Sin embargo, al salir, rodeados de guardaespaldas, temían el acoso de algún maniático. Había un tiempo para exponerse y un tiempo para protegerse.
Las preguntas de mis alumnos me obsesionaban: ¿Sirvo para esto? ¿Tendré éxito? ¿Podré vivir de mi profesión? Pocos eran los que podían disfrutar del camino como un fin en sí mismo, había excesiva expectativa por un resultado que, incluso cuando asomaba, ya no alcanzaba.
Continuar: ése era el gran problema. Veía que trabajar sólo en función del éxito era vivir en zona de terremoto, si no iba acompañado este proceso de una verdadera necesidad de crecimiento y aprendizaje.
En algún momento comencé a dirigir y fue mediante los artistas y los alumnos que conocí la valentía de animarse a no saber, a exponer la duda, a gozar y a sufrir en público.
Todo esto me llevó a revisar mi historia: cómo había llegado, aunque a los tumbos, a tener una tolerancia a la exposición y una continuidad en la tarea.
Cuando era chico quería ser famoso. El tiempo fue pasando y las cosas fueron cambiando. Empecé a dudar de mi saber por tener la convicción de que lo que había transitado no alcanzaba para conformar ninguna certeza. Todo era relativo. Simultáneamente, sentía una profunda necesidad de expresarme.
Al tiempo deduje que muchas de las angustias que padecía, sin orden ni dirección, eran sensaciones que llegaban a mi corazón antes de que mi cabeza pudiese elaborarlas. Veía en mí contradictorias necesidades: Quería estudiar y no estudiar. Quería trascender, pero no de cualquier manera, o sí de cualquier manera. Temía no poder vivir de mi vocación.
Fue entonces cuando una voz inteligente me explicó que la vocación no era exactamente el deseo de hacer algo, sino la imposibilidad de dejar de hacerlo. Era un privilegio, pero también un límite. No sería otra cosa que lo que debía ser, aquello para lo que había nacido y tenía una sola obligación, la de crecer.
No podía ocuparme tanto del don, si es que alguno tenía, sino que debía entrenarme para conducir ese don, lo que con el tiempo comprendí era el verdadero talento. Tolerar, ser paciente, fracasar mil veces y triunfar de modo y de maneras no previstos. Era cuestión de despojarse, ser más frágil, hasta el límite de lo posible. Era cuestión de no saber.
Mientras trabajaba en forma casi adictiva creando coreografías, vi en otros cosas que impactaron. Un gran amigo, actor, recibió la noticia de que su padre había fallecido en el entreacto de una obra; él continuó interpretándola hasta el final. El trabajo, el estar en el lugar elegido, lo salvaba de la más profunda desesperación. Era el acto amoroso más bello.
Comprendí que la pregunta no era, finalmente, si servía para eso que había elegido, sino si estaba dispuesto a servirlo hasta las últimas consecuencias.
Me explicaron que ejercer mi vocación era lo que hacía de mí un profesional, cosa que por supuesto no implica que no debiéramos estar todos bien pagos por nuestro oficio y no tener que sufrir las terribles penurias que actualmente se viven.
En nuestro país, específicamente en la danza, la gran mayoría de los artistas no está bien remunerada. Sin embargo, algunos continúan y otros no. Hay obras bellísimas, fruto de la perseverancia y obsesión de coreógrafos que contra todo sacan a flote sus proyectos. Por el propio bien y el ajeno, creo que el éxito es trabajar y que trabajar sólo para el éxito es una manera de no querer enterarnos de que somos mortales. Sin duda, el éxito es trabajar y es mejor verlo así para no sufrir por pavadas y sufrir por lo que nos toca. El éxito es trabajar, porque el gran éxito es continuar.
Este es el momento en el que encuentro sentido a aquellas cosas que parecían no tenerlo, y puedo mirar hacia adelante sin saber claramente lo que se viene con algo menos de angustia. El riesgo me asusta y me excita. El alivio es, paradójicamente, saber que no tengo opción. Es el camino. Y creo que cada vez sé menos. Pero al fin y al cabo, quién me quita lo bailado. ■
(*) Coreógrafo
Imagen mejorada con ChatGPT
No hay comentarios:
Publicar un comentario