¿Qué son los ARCHIVOS INCOMPLETOS?
Cuando compro lotes, colecciones, etc, muchas veces me encuentro con que lo el dueño eligió recortar y guardar no es lo que yo hubiera elegido, y quiza, justo en una carilla del recorte aparece eso que yo si hubiera guardado.
Notas incompletas, archivos fragmentados. Algo dicen.
Dominique Lapierre y el relato de la lucha contra el SIDA en manos de los más importantes investigadores, científicos, luchadores sociales, y hasta víctimas del mal.
El SIDA –la enfermedad del terror o la cólera de Dios entre otros nombres recibidos– se ha convertido en uno de los más dramáticos azotes sufridos por el hombre en su historia. La lucha contra esa plaga adquiere hoy la forma de una epopeya. Fragilidad y fortaleza, solidaridad y prejuicio, sabiduría y oscurantismo: muchas de las caras de la condición humana se concentran en esta batalla.
El escritor francés Dominique Lapierre –autor de Arde París, El quinto jinete, Oh, Jerusalén y La ciudad de la alegría, entre otros libros– investigó entre 1985 y 1990 cada uno de los pasos de esta decisiva aventura humana. Estuvo en la India, en Jerusalén, en París, en Nueva York, recogió más de un centenar de testimonios que incluyen a los principales científicos investigadores, a víctimas, a luchadores sociales. Y, entre todos, se recorta la figura de la Madre Teresa de Calcuta. Ella tuvo participación decisiva para abrir en Nueva York –al pie de los rascacielos– un refugio para víctimas de la enfermedad. El testimonio de ello está –entre otros– en Más grande que el amor, el libro de Lapierre que la editorial Planeta da a conocer en estos días en la Argentina. A esta obra, de lectura apasionante y conmovedora, pertenecen los fragmentos que aquí se incluyen.
Nueva York, USA – Verano de 1985. Un “moridero” al pie de los rascacielos
Desde su amplio despacho de la zona baja de Manhattan, el alcalde de Nueva York contemplaba su ciudad con ternura y melancolía. En ocho años de mandato, Edward I. Koch había logrado una gran hazaña. Había frenado la carrera hacia el abismo de las finanzas municipales, hecho disminuir el éxodo masivo de las grandes empresas, restaurado la confianza de los inversores, mejorado las condiciones de vida y de limpieza, aumentado la seguridad de las personas y de los bienes y reducido la criminalidad. Pero aquel audaz soltero de cráneo calvo no se hacía grandes ilusiones. Su orgullosa ciudad abrigaba todavía horribles islotes de miseria y de violencia. Cada día se veía obligado a buscar solución a alguna desgracia o a alguna flagrante injusticia. Más de un millón de parados y de menesterosos dependían de la única ayuda de los servicios sociales. En algunos barrios, centenares de miles de negros y de portorriqueños se amontonaban en alucinantes guetos sin agua ni electricidad, donde se tenía apenas una posibilidad de entre veinte de morir de muerte natural. Las calles más “calientes” de Nueva York albergaban a la mitad de los drogados de los Estados Unidos. Las comisarías de policía registraban una llamada urgente cada segundo, un robo cada tres minutos, un atraco a mano armada cada cuarto de hora, dos violaciones y un asesinato cada cinco horas, un suicidio o un fallecimiento por sobredosis cada siete horas.
Y en aquel verano de 1985, se agregaba al sombrío cuadro una nueva y terrible plaga. El boletín del CDC de Atlanta revelaba que en Nueva York vivía la cuarta parte de las víctimas norteamericanas del SIDA. La epidemia afectaba a 2.140 personas, es decir, dos veces más que el año anterior. A pesar de su formidable infraestructura hospitalaria, que contaba con un centenar de hospitales y con cinco centros de investigación médica, la ciudad no podía hacer frente a aquella situación. Un buen número de esos establecimientos se negaban aún a acoger a los enfermos. Cuando se resignaban a hacerlo, era para aislarlos como a apestados o, lo que era peor, para diseminarlos por diferentes servicios, lo que les exponía a una gran cantidad de infecciones suplementarias. Solamente algunos, como el viejo hospital Saint-Clare, disponían de unidades especializadas en las que el SIDA no era considerado como un mal vergonzoso. Pero tales servicios tenían muy pocas camas y no podían satisfacer las crecientes necesidades. El ostracismo suscitado por esa enfermedad, su rápida propagación entre los toxicómanos negros o hispánicos sin recursos creaban, por otra parte, unas situaciones sin salida. Al carecer de una familia o de una estructura de asilo, numerosos enfermos cuyo estado no justificaba la hospitalización se veían condenados a la calle. Ante la urgencia de esta situación, Ed Koch decidió dar la batalla y buscar un lugar apto para albergar a algunos de aquellos desventurados. En el barrio de Queens descubrió el ala desocupada de un asilo municipal para ancianos, pero su proyecto desencadenó en los alrededores tal ola de protestas que tuvo que renunciar a él. Desanimado, recurrió al único que él creía que podía ayudarle. Un prelado católico quizá podría, mejor que él mismo, un político judío, llegar al corazón de sus electores.
El cardenal arzobispo John O’Connor reinaba sobre los cuatro millones de feligreses de la archidiócesis de Nueva York. Aquel quincuagenario de contextura atlética era tan sensible como el alcalde a las injusticias y a las desgracias de la Big Apple, su querida “gran manzana” como la habían apodado sus habitantes. Fue este antiguo capellán almirante de la marina norteamericana el que había creado la unidad especial para el tratamiento del SIDA en el hospital Saint-Clare; y su divisa, grabada en la entrada de su despacho, en el último piso de su cuartel general de la Primera Avenida, proclamaba: “No puede haber amor sin justicia”. Es cierto que sus actitudes intransigentes sobre el aborto y sobre los derechos cívicos de los homosexuales le habían hecho perder a veces apoyos a su cruzada en favor de los pobres y de los sin hogar. Pero todos los neoyorquinos rendían homenaje a su compromiso con la caridad. Su organización le convertía en uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Estaba al frente de numerosos hospitales, de una escuela de medicina, de guarderías infantiles, de hogares para jóvenes y para ancianos, de establecimientos de enseñanza superior y de decenas de escuelas primarias y secundarias, a veces implantadas, como la escuela Saint-Simon, en pleno centro de las peores selvas urbanas. Un presupuesto de varios centenares de millones de dólares, alimentado por los donativos de los fieles y por las subvenciones municipales, cubría las necesidades de aquella formidable red de asistencia médica, social y educativa.
El SOS del alcalde movilizó en el acto al prelado. Su estado mayor no tardó mucho en descubrir en lo alto de Manhattan un viejo edificio abandonado perteneciente al convento del Santo Nombre de Jesús. Su situación, en los confines de Harlem, parecía ideal. El arzobispo ordenó enseguida las obras de acondicionamiento. Pero al igual que había sucedido en Queens, el proyecto desató la ira de los habitantes del barrio. Alborotaron los periódicos, organizaron mitines, enviaron peticiones, amenazaron con impedir por la fuerza la entrada de los enfermos e inundaron al prelado con un diluvio de peticiones y de protestas. Ni las reuniones de información, ni las octavillas, ni las proclamas por la radio, ni sus intervenciones personales pudieron acallar el descontento popular. Con la rabia en el alma, monseñor O’Connor tuvo que capitular.
Pero lejos de hacerle renunciar, este fracaso lo espoleó. Después de unas semanas de prospección, su equipo le comunicó la existencia de un presbiterio de cinco pisos cerca de la iglesia de Santa Verónica, una parroquia antaño floreciente, pero hoy casi sin fieles. Sólo vivían allí dos ancianos sacerdotes. Sería fácil alojarlos en otra parte y adaptar su residencia para acoger a una veintena de enfermos afectados por el SIDA. Con el fin de celebrar dignamente el feliz descubrimiento, el alcalde invitó al arzobispo y a sus colaboradores al Peking Duck, su restaurante preferido
Obsesión por la vida
El profesor Sam Broder, nombrado en 1989 director del Instituto Nacional Americano del Cáncer por el presidente de los Estados Unidos, coordina hoy el esfuerzo más vasto realizado hasta ahora a escala mundial para prevenir y curar the dread disease (la enfermedad terror). Esta responsabilidad no lo ha
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