NOSTALGIAS
Adiós, Punks, adiós (Clarin Revista, Julio, 1990)
Aparecieron en la década de los 70, ferozmente enfrentados a la sociedad contemporánea. Su protesta sin esperanza se metió en la música, en la moda, en las costumbres, en el lenguaje. Amenazaban con destruir todo. Pasaron algo menos de veinte años. ¿Qué son hoy los punks: curiosidad, vigencia, nostalgia?
Estaremos viviendo una ola de nostalgia por el movimiento punk? –se pregunta el periodista norteamericano J. D. Considine, de The Baltimore Sun–; en principio, la idea suena a una contradicción en sí misma: ¿cómo puede ser evocado con nostalgia el movimiento más inconformista, más destructor del pasado que produjo el rock? Sin embargo algunos hechos parecen irrefutables.”
Los “hechos” a que se refiere el comentarista musical norteamericano son el resurgimiento, el año pasado, del conjunto Buzzococks; el renacimiento de los Damned (la banda que realizó, en la década del '70, el primer registro punk), y la reaparición de los Sex Pistols. Además –subraya Considine–, por todas las disquerías están apareciendo reediciones de viejos álbumes de los Killing Joke, de los Stiff Little Fingers, y de Richard Hell and the Voidoids. Sin hablar de ediciones retrospectivas de los Ramones, The Clash y Wire. “Y más –agrega el crítico–: la nueva industria del video está lanzando viejas filmaciones de todas esas polémicas bandas.”
EMPEZAR DE NUEVO
Ante el hecho indiscutible, solo cabe preguntarse: ¿por qué este resurgimiento de una corriente que, más allá de sus teatrales “poses” revolucionarias, no parece haber aportado demasiado a la música popular de la nueva juventud cosmopolita? ¿En qué se basa su irresistible y recurrente atracción que, como la del viejo anarquismo, seduce periódicamente a importantes fracciones de la juventud rebelde?
“¡Nada de Elvis, los Beatles o los Rolling Stones! –exclama el hombre joven que ya ronda los 30 y exhibe todos los distintivos exteriores del movimiento punk–; lo nuestro ha sido siempre la revalorización de lo más puro que produjo el rock. Nos interesa el movimiento, no sus estrellas”, y subraya despectivamente la última palabra.
En una de las disquerías del Village, el barrio intelectual y rebelde de Nueva York, algunos adolescentes que evidentemente no conocieron de cerca el movimiento punk se mezclan con estos jóvenes mayores, que mantienen vivo el espíritu de rebeldía de los '70. “El movimiento punk jamás abandonó sus ideales de revolución –sigue diciendo quien parece ser el jefe del grupo–; incluso algunas famosas bandas aceptaron nuestro desafío y resultaron beneficiadas en el proceso revulsivo provocado por nosotros: tal el caso de Who, en 'Who are you'; o de los Rolling Stones, con 'Some girls'.”
Con su camiseta andrajosa, sus pelos parados y sus zapatillas llenas de flecos, Tony (se niega a declarar apellido) parece resumir todo el orgullo altivo de una generación que rechazó los éxitos comerciales en nombre de sus principios de pureza; esto, en una sociedad (la norteamericana) donde todo empuja al individuo hacia el logro de los bienes materiales.
“Durante un momento nuestro movimiento funcionó –masculla Tony con cierto dejo de amargura–; parecía que nuestros valores: más fuerte, más rápido, más simple, iban a lograr imponerse sobre el virtuosismo de los conjuntos más sofisticados. Pensábamos que el entusiasmo y la sinceridad de nuestra juventud rebelde –subraya– iban a poner de rodillas a todo el establishment del rock. Sin embargo, el punk no cambió nada en definitiva. No importa. Siempre estamos listos para empezar de nuevo”.
LA NOSTALGIA DE LO NO VIVIDO
Algunos de los adolescentes, casi niños, que rodean a Tony prácticamente no habían nacido cuando estalló en el mundo el movimiento punk. Sin embargo, parecen haberlo incorporado ya a sus vivencias más íntimas.
“El punk no es solo formas exteriores –interviene David, un rubiecito desteñido a quien apenas le está apuntando el bozo–; no es solamente borceguíes, símbolos y pelos teñidos. Como dice Tony, lo nuestro es, en definitiva, la reinvención del mundo. Y aunque estemos aprendiendo mucho de ustedes, tu generación no significa nada para nosotros –dice mirando muy seriamente a su maestro–; somos nosotros los que ahora ocupamos el centro del mundo”.
A pesar de la insistencia en querer diferenciarse, hay una evidente búsqueda de modelos en la actitud de estos niños que añoran con todas sus fuerzas lo que jamás conocieron. Parecería ser la recuperación de la fuerza primordial de la vida, sincera actitud vital que estos adolescentes de los '90 solo reconocen en algunas pocas generaciones que los precedieron, como el movimiento punk de los '70 o –mucho antes– la generación beat del escritor Jack Kerouac.
Al menos, este parece ser el enfoque que le da al problema el crítico Considine.
Resulta contradictorio, para el crítico norteamericano, el hecho de que una música tan llena de esperanzas en las posibilidades de cada aficionado sea, al mismo tiempo, un movimiento tan definitivamente desesperanzado en todos los valores hasta ahora aceptados por la humanidad. “No future, no future for you: Para ti no hay futuro alguno”, repite como una cantilena el eslogan acuñado por los Sex Pistols. “Esto coincide con la insistencia de Richard Hell al hablar de una Blank generation, una 'generación vacía' –agrega–; es como si la destrucción de todos los valores consagrados y aceptados hasta ahora fuera el prerrequisito necesario para que finalmente aflorara la verdad. Es –subraya– como si el movimiento punk hubiera hecho suya la apocalíptica consigna de Malatesta, el célebre pensador anarquista: 'Destruyamos, destruyamos, hasta que quede lo indestructible'.”
Para Considine, sin embargo, aun cuando la ideología transmitida por el movimiento punk expresa un tremendo descreimiento en los valores habitualmente aceptados por Occidente (recuerda, por ejemplo, el 'I'm so bored with the USA: Estoy tan aburrido de los Estados Unidos', por The Clash, y la famosa burla de los Sex Pistols al himno 'God save the Queen' de la monarquía inglesa), el movimiento renovador de los años '70 transmitía, al mismo tiempo, una inmensa fe en la fuerza galvanizadora y transformadora de la música y, particularmente, del primitivo rock'n roll.
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