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16/6/26

#ArchivoPIETRO: TAMARA una pasión porteña (1990)

 

Transcripción de texto con Gemini IA

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TAMARA una pasión porteña

Una mansión ubicada en el barrio de San Telmo es el escenario de un acontecimiento singular: allí se representa la historia de amor entre Tamara de Lempicka y Gabriel D'Annunzio. Ella (pintora de gran fama y talento, musa del art decó) fue una mujer de vida fogosa y belleza devastadora, que cobra insospechada vigencia. Su única nieta vive en Buenos Aires y contribuye a reconstruir la historia de la artista.

(Pie de foto): Cira Caggiano caracterizada como Tamara de Lempicka —a quien representa en la obra recientemente estrenada en Buenos Aires— junto a Victoria Foxhall de Doporto, nieta de Tamara, quien ayudó a reconstruir la historia de la artista.

Columna 1

Cuando quiso representarse a sí misma lo hizo a bordo de un rutilante Bugatti verde, ceñido el pelo rubio por un casco y más audaz que nunca la mirada de sus ojos también verdes. Ese claro símbolo de apelación a la libertad, la arrogancia y la audacia, sintetiza la parábola vital de Tamara de Lempicka, una pintora de los años veinte que se convirtió por entonces en el ídolo de París. Su vida fue rica, tumultuosa, transgresora. Nacida en Varsovia entre fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte, sus biógrafos nunca se pusieron del todo de acuerdo sobre su edad exacta (nació en 1898 o en 1902). "Siendo yo muy chica, Tamara se enojaba cada vez que le preguntaban cuántos años tenía", rememora ahora Victoria Foxhall de Doporto, nieta de la artista.

Pero más que la precisión cronológica importan los hechos puntuales. "Mi abuela fue una gran pintora, no una pintorcitas de moda", reivindica Victoria, quien vive en Buenos Aires.

El tiempo le ha dado la razón. Los cuadros de Tamara se encuentran representados en los más importantes museos del mundo —el Museo de Orleáns, el Petit Palais de Génova, el Museo Pompidou de París, entre otros— y una de sus obras acaba de alcanzar precios récords en Sotheby's de Nueva York, en cotizaciones que ya rozan el millón de dólares. Una vista de la reproducción de algunas de sus piezas permite vislumbrar los valores esenciales: los ricos volúmenes, la influencia cubista convenientemente decantada, el manierismo que cultivó durante sus largas estadas en Italia. Son notables los contrastes entre las actitudes de sus modelos (que parecen esculturas) y los accesorios exteriores que confirman el clima de lujo y voluptuosidad de la época. "Los hombres muestran trajes bien cortados, elegantes esmoquin, brillantes uniformes —señala el crítico Giancarlo Marmori—, mientras que las mujeres exhiben enormes escotes, guantes de gala, románticos sombreros." Tamara llega todavía más lejos e incluye toques geométricos que son la inevitable concesión al art decó, que habría de reconocerla como su máxima sacerdotisa. Pero además de una obra que fue trascendente, la muchacha nacida en Varsovia construyó otro personaje fundamental: ella misma. No dejó que nada la apartara de sus proyectos. A los quince años conoció a un aristócrata ruso: Tadeusz Lempicki, de quien se enamoró a primera vista. "Creo que fue el único hombre que realmente amó en su vida", asegura su nieta. El romance de Tamara Gorska (su apellido de soltera) y el capitán del ejército del zar terminó en boda. Se casaron en 1916 en plena guerra mundial y en 1917, al estallar la revolución rusa, Tadeusz cayó prisionero. Tras peripecias de todo tipo, su mujer consiguió su liberación. "Ella ayudó a ponerlo en libertad", comenta Victoria. "Después fueron parte de la gran comunidad de emigrados rusos y polacos que vivían en París, pero mi abuelo nunca se adaptó al medio ni consiguió insertarse en la sociedad de aquel tiempo."

El ruso nostálgico y derrotado poco tenía que ver con la personalidad enérgica de Tamara, que decidió seguir adelante con su propia vida. Estimulada por su hermana Adrianne, brillante arquitecta, empezó sus estudios de pintura con André Lothe y Maurice Denis. Representante número uno del art decó, que realizó su obra en la primera mitad del siglo, Tamara "se coloca fuera del tiempo a través de su arte", según considera Germain Bazin, ex curador de la Sección Pintura del Museo del Louvre (París). Pero esa obra "fuera del tiempo" incluye inmediatas referencias a los gustos de la época que explican su éxito. La gran trascendencia de Tamara abarca un período relativamente breve: la década que va entre los años 1925 y 1935, la de los años locos, la del furor del art decó que reemplaza con su geometría a los blandos diseños florales que fueran las características del art nouveau, su inmediato antecesor.

Amor en vivo y en directo

La residencia Bullrich, una mansión finisecular del barrio de San Telmo, fue el lugar elegido para reconstruir Il Vittoriale degli Italiani, que fuera el lujoso lugar de confinamiento del poeta D'Annunzio. La ambientación, a cargo del arquitecto Eduardo Morea, reconstruye el lujo barroco, a tono con la obra del escritor y pobló el lugar con preciosos muebles de maderas frutales y metros de telas suntuosas como rasos, brocados y terciopelos. En ese escenario rutilante tuvo lugar el galanteo de D'Annunzio hacia la bella artista que ella alternativamente estimuló y rechazó, aunque en cartas posteriores al poeta le hablaba de su amor y de la pasión que la hacía "arder" al recordarlo. En la obra de teatro, una aproximada reconstrucción, se desarrolla el episodio del encuentro entre D'Annunzio y Tamara de Lempicka con el trasfondo de otros hombres y otras mujeres enlazadas al mundo erótico-sentimental de D'Annunzio.

La obra, que se dio por primera vez en un Festival de Teatro en Canadá, no se sujeta al ritmo tradicional. La acción se va desarrollando en distintos cuartos de la casa y el público va siguiendo a su personaje o personajes preferidos en los distintos ambientes, lo que presupone distintas lecturas. O sea que cada persona tiene una visión distinta, según sea el protagonista elegido.

FIN Y PRINCIPIO

La relación con su marido está definitivamente rota y Tadeusz la dejará finalmente por otra mujer. Durante el intervalo, que duró hasta su segundo matrimonio con el barón Kuffner, la artista anudó infinitos amores. "Sin embargo —opone su nieta— pienso que esas historias de amor deben haber sido bastante insignificantes. Para ella el trabajo era la meta principal de su vida, pienso que debe de haber cerrado un poco la puerta al amor."

Fue su magnífico retrato del doctor Boucard (inventor del lacteol, una suerte de leche en polvo) el que la eleva definitivamente a la fama. El "Tout París" quiere ser retratado por Tamara, comienzan a desfilar por su estudio los personajes más prominentes de la época. La belleza y la elegancia de la artista pasan a ser proverbiales, alrededor de ella las personalidades "evolucionan como planetas alrededor del sol", según describió un crítico de la época. Sus vestidos, sus ojos, sus joyas, sus largas manos terminadas en larguísimas uñas rojas, impactan por igual a hombres y mujeres.

En plena gloria viaja a Italia. Quería vincularse con el conde Emmanuel Castelbarco, dueño de la Galería Bottegia di Poesía de Milán. Empieza a exponer, la sociedad italiana sucumbe ante su encanto, los aristócratas piden ser retratados por ella. Cuando la conoce el famoso escritor Gabriel D'Annunzio, el flechazo es instantáneo. Compra todos sus cuadros y le pide se traslade al Palacio del Vittoriale, un suntuoso refugio al que lo confinara Benito Mussolini, para ser también pintado por ella.

LA HISTORIA DE UN AMOR

Allí empieza una historia de amor, de atracciones y rechazos, que sirve de base a la pieza Tamara, que ahora se está presentando en Buenos Aires.

"La obra —dicen Carlos Furnaro y Pablo Sodor, productores de la puesta argentina— se dio por primera vez en Canadá. Fue escrita por John Krizanc, que tomó la visita que Tamara hizo a D'Annunzio en su palacio Vittoriale para urdir una atractiva trama.

Las contingencias de la relación entre la pintora y el escritor, ya decadente, admiten varias lecturas. La actriz Cira Caggiano, que encarna a Tamara, se atreve a conjeturar que aquella pudo haber sido una historia de encuentros y desencuentros. "Claro que para Tamara debe haber sido importante sentirse cortejada por D'Annunzio,



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era un escritor famoso, amado por las mujeres más importantes de la época. Pero también hubo un rechazo, ella era una mujer fuerte y no quería ser destruida por él como le había sucedido a tantas otras.” Tamara quiere demostrar que es capaz de resistirse a un hombre como D’Annunzio. Y huye del Vittoriale sin pintar su retrato. Pero el sentimiento persiste. Desde París le escribe cartas apasionadas. “Usted dice: yo sé que pensar en mí la hace arder. En efecto, ardo, ardo, ardo.” Pero agrega también. “Por el momento no pienso ir al Vittoriale.” El amor no lle-ga a consumarse y Tamara admite muchos años más tarde: “No debía haberme negado”.

No vuelven a verse. En 1933 Tamara de Lempicka contrae matrimonio con el barón Raoul de Kauffner, dueño de ricas posesiones en Austria y Hungría. En uno de sus rasgos de carácter y audacia, persuade a su esposo que venda sus bienes y deposite el dinero en Suiza y en los Estados Unidos. La decisión es sabia: cuando el nazismo empieza a levantarse en Alemania, los Kauffner ya están instalados en los Estados Unidos, a salvo de los 

zarpazos del terror. Viven un tiempo en Hollywood, donde compran una casa que había pertenecido al director King Vidor, se relacionan con las estrellas de la época como Dolores del Río, Tyrone Power, Greta Garbo. A pesar de su conocida frivolidad, en los años cuarenta Tamara ofrece uno de sus cuadros a la Asociación Freedom Speak, de luchadores por la libertad. El mismo año organiza una fiesta de beneficencia para la British American Ambulance Corps. Pero el drama no era su estilo. Prefería más las fiestas fastuosas y extravagantes, los vestidos firmados por los grandes de la época y disfrutar de todo lo que ofrecía la vida.


PALIDO FINAL

El art decó dejó de interesar y la gloria de pintora de Tamara empalideció. Siguió siendo audaz, extravagante, todavía bella. Cuando su marido murió, en 1962, el golpe fue muy rudo para ella. En busca de afecto visitó a su hija Kizette, perpetuada en tantos cuadros. Entabló una buena relación con su nieta Victoria. “Lo nuestro iba más allá del vínculo familiar. Para mí, una chica que vivía en Texas, un lugar casi provinciano, la abuela era una imagen llegada de otro mundo. Me llevó a Europa, me hizo conocer los museos.”

Los años transcurren, implacables. Tamara intenta volver a pintar los viejos temas, pero ya no le responden la vista ni las manos, que inician un leve temblor. Siempre maquillada y enjoyada, conoció al escultor mexicano Víctor Manuel Contreras, cuarenta años más joven que ella, quien se convirtió en su última compañía. Él asegura que siguió tomando champaña hasta casi el último minuto de su vida, cuando era ya casi una caricatura de sí misma. Pidió que sus cenizas fueran esparcidas sobre el volcán Popocatepetl como en un misterioso rito azteca. Fue Contreras el encargado de cumplir su última voluntad.

En la obra teatral que la evoca, Tamara de Lempicka vuelve a estar misteriosamente viva. Queda para siempre en el misterio, el juego de atracciones y rechazos que la unió y la separó de D’Annunzio. Mientras las sombras caen sobre el luminoso piso de Belgrano donde entre recortes y fotografías Victoria Foxhall de Doporto acaba de evocar al querible fantasma de su abuela, dice casi para sí misma: “Él la llamó la ‘Donna d’oro’; creo que es un misterio el sentimiento que D’Annunzio despertó en ella. Pero sé que la prenda de amor que él le regaló –un anillo pesado de plata y topacio para ser usado por una mujer fuerte–, permaneció en la mano de Tamara hasta el mismo día de su muerte. Ella tenía muchas joyas, pero me atrevería a decir que fue la alhaja que más quiso. Siempre elogiaba el gesto más romántico de él: cuando al mando de una pequeña escuadrilla que había montado voló sobre el Fiume y la Venecia Giulia arrojando volantes en los que reclamaba que esas regiones volvieran a anexarse a Italia”.

Durante largos años, las sombras envolvieron la figura de Tamara de Lempicka. Había que llegar a 1972 para que la Galería de Luxemburgo organizara en París una retrospectiva de la obra de la artista para que la atención del mundo se volcara otra vez sobre ella. Empezaron a revalorizarla libros y piezas de teatro y el mundo supo, otra vez, que Tamara de Lempicka existía. Hoy vive en Buenos Aires. $\square$

Diana Castelar

Fotos: Alejandro Cherniavsky



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