“Por si sirve a los que roban y copian, o a quienes dudan:
uno sólo se lleva lo que deja a los demás”.
Cada comarca en la Tierra tiene un rasgo prominente; las grandes urbes suelen ostentar varios. El Obelisco, el Colón, el Kavanagh son arquitecturas representativas de una ciudad que también ostenta -en carne y espíritu- emblemas humanos tan ostensibles como Eduardo Bergara Leumann, al que Rafael Squirru llamó El Gran Gordo y Marechal La fantasía de Buenos Aires. El Gordo Fantástico es visible sin esfuerzo en casi todos lados. Menos, últimamente, en la televisión que supimos conseguir.
“Ahora -dice- sólo pienso en revivir la Botica del Angel y en dejar un Museo Vivo del Tango, con idea de que perduren juntos. Aquí nunca fue difícil llegar, sino poder seguir.” ¿Habrá sido siempre así o acaso Bergara Leumann es una obra que necesitó construirse piso por piso? Al menos la Botica, arrasada y renaciente, es metáfora de ciclos de creación ecléctica.
“Mi sangre -cuenta- es un fizz raro: gallegos, suizos, alemanes, algo de italianos y esa herencia árabe, mazorquera y caudillesca de los Alén. Mis padres se separaron cuando yo tenía un año y medio. Papá fue gerente del Hipotecario; mamá, funcionaria de Aduana, donde tuvo compañeros como Schoo y Viñas. Yo soy un poco hechura de mi abuela materna, una Vieyra.”
La céltica señora guió a su nieto hacia la pintura, pero sin imaginar que, de paso, formaba un escenógrafo para Sartre y O'Neill, y un discípulo de Hedy Crilla, que Madanes llevaría a la TV. Y al mayor vestuarista de ese medio y de grandes películas nacionales. Y al creador cuyas milongas con textos de Borges estrenaría Piazzolla. Y, por supuesto, al revolucionario régisseur de la Botica, a la que Romero Brest -tan ligado al Di Tella- calificó como una de las dos ventanas de Buenos Aires.
“Quizá lo fue -admite B. L.-, y así lo creyeron también los plásticos que colaboraron, como Soldi, Berni, Seoane, Cañás, Kemble, Testa, Carlos Alonso y tantos más. También escritores, como Borges, Silvina Ocampo, Bioy, Denevi y visitantes como Lee Strassberg. Allí se iniciaron la Susana Rinaldi cancionista y el Favio cantautor, se lanzaron Marikena Monti, Nacha y Favero, los Zupay y Buenos Aires 8. Dieron sus primeros pasos Edda Díaz, Pinti, Gasalla, Perciavalle... De aquellos siete años de ángeles gordos, lo mejor no quedó debajo de la 9 de Julio...”
En 1973, un desalentado Bergara Leumann viajó a Roma, y Fellini lo invitó a actuar en Casanova. Filmó en España con Fernando Rey, en Francia con Louis de Funes, Belmondo y Raquel Welch. Se vinculó con Maille y Pierre Cardin, con María Casares y Helene Rochas, creó y proyectó programas de TV. En 1979 viajó a Nueva York para exponer sus pinturas y, cuando regresó por fin a la Argentina... diseñó porcelanas para Hartford.
“Mis viajes -cuenta- me convencieron del enorme campo internacional del tango, sobre todo como baile, y me volqué a él. De 1982 a 1988 hicimos 370 programas de La Botica del Tango, que ganó todos los premios y murió a manos de Martillo Hammer, una serie que -según los expertos- mejoraría el rating.” Otra vez con la decepción a Europa: Madrid, Sevilla, Londres, Atenas. En 1992, de vuelta el hombre en Ezeiza, con todos sus ángeles.
Ahora -sonríe- soy académico del tango y creo más que nunca en él. La tristeza y la soledad de la gente necesitan su hermoso pretexto para el abrazo. En noviembre, el Fondo de las Artes me entregó, junto a grandes figuras, un premio por mi trayectoria. Por supuesto que me hizo feliz, pero creo que aún falta para terminar: aspiro a prolijar lo hecho en un ámbito que contenga las colecciones originales, lo que recibí y lo que pude crear.”
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